domingo, 2 de noviembre de 2014

India, otro mundo



Tenía una entrada preparada hace unos días que no pude publicar por no disponer de wifi. Aunque sea antigua la comparto, sobre todo porque al releerla me resulta interesante el cambio de emociones e impresiones sufridas en India.

Despedida de Nepal

El último día en Nepal nos alojamos en un hotelito apartado del bullicio, que resulta ser el más limpio, cómodo y económico. Vamos a recoger el pasaporte con el visado de India, y por la tarde-noche quedamos a cenar con nuestras amigas italianas; me sorprendo hablando con Valentina en inglés con bastante fluidez. Son las ganas de contarle todo lo que nos ha pasado estos días. Nos invitan a la cena y nosotros al café, pero quedamos pendientes de su visita a Zaragoza.  A las 22:30h de la noche Kathmandú duerme y tenemos que guiarnos con un frontal por sus calles. Los cortes de luz son habituales y no me gusta la oscuridad. A pesar de la suciedad, de la contaminación y del ruido, le he cogido cariño a esta gente que resulta agradable y pacífica y a este país en el que he vivido experiencias tan gratificantes. Nos despedimos de Nepal con pena. 

Vuelo a Calcuta
Volamos a Calcuta con Air India. Se trata de un vuelo de una hora; nos quedamos sorprendidos cuando nos reparten la comida (Hay que pagarla? No, es gratis!!). Al final del vuelo un “sobrecargo” recorre el avión con un ambientador apuntando al techo  esparciendo el aroma hasta que se acaba. Cómo me gusta analizar las peculiaridades de cada compañía. Sin embargo, lo más curioso se produce antes de subir al avión. Pasamos tres controles de seguridad con el equipaje de mano y tres toqueteos de cuerpo. En cada control la persona que realiza el cacheo firma en nuestro boarding pass. Somos como un producto sometido a estrictos controles de calidad del que se comprueba que tetas y culo (porque es lo que más tocan) están en su sitio; todo correcto, pasajero de acuerdo a los estándares establecidos, nos estampan el sello de calidad y al avión. 

La llegada a India fue un poco problemática. No teníamos hotel reservado en Calcuta y llegábamos ya de noche, por lo que nos preocupaba empezar a buscar con la mochila y a oscuras en una ciudad que desconocíamos. El primer problema en el aeropuerto; no funciona el cajero para sacar dinero. Angustia. Tras varios intentos en varios cajeros por fin lo conseguimos. Cogemos un taxi de prepago para que nos lleve a la zona donde se concentran los hoteles baratos. En el trayecto en taxi me relajo porque hay luz, mucha luz. Acostumbrada a la oscuridad de Nepal, pensaba que no veríamos nada. Y hay semáforos, cruces, aceras y centros comerciales! Aquí hay de todo. Y hay gente, mucha gente en la calle y mucha vida. Me gusta. 

El difícil trabajo de encontrar alojamiento en Calcuta
Llegada a nuestro destino: Sundeer Street.  Comienza el peregrinaje con las dos mochilas en busca de hotel, como para pasar desapercibidos. Se acercan los primeros “comisionistas” a ofrecernos hotel, “no, no, thank you”. En ese momento aparece en nuestras vidas Fernandito. ¿Quién es Fernandito? Ese que dice el refrán “eres más pesado que Fernandito, que se comió un tocino a besos y aún lo seguía besando”. Se nos pega como una lapa y no se separa. Miramos siete o diez o doce, he perdido la cuenta. Y Fernandito al lado de Alex. Tratamos de darle esquinazo y Fernandito que se las sabe todas no nos pierde de vista. Cansada ya le digo que por favor queremos caminar solos, entonces se aleja un par de metros de distancia, pero sigue ahí. Al final, entramos en uno que para suerte de Fernandito también está en su cartera de clientes. No es una maravilla pero para una noche puede pasar. Mañana será otro día. Una ducha y una pequeña vuelta para ver la primera impresión de India.

Primera impresión de Calcuta 

Humedad y calor, y estamos en invierno! Gente, mucha gente en la calle. Notamos los primeros olores a pis procedentes de los urinarios públicos. En Nepal esto no pasaba. Había suciedad y polvo, pero no olores desagradables. Hay muchos puestos callejeros que son permanentes porque sus dueños literalmente viven allí, en la calle. Preparan la comida en la calle, tienden la ropa y se bañan en los surtidores de agua. En Nepal había pobreza, pero aquí vemos más miseria, que se hace más notoria en contraste con la clase media adinerada.  Es de noche y tampoco me impresiona. ¿Me estaré volviendo una insensible? Me fijo más en la ciudad que en su gente. Después tendré ocasión de profundizar más en las personas.
Al día siguiente, vuelta a buscar hotel. Muchos hoteles llenos, otros indescriptibles y aún así caros. Es fiesta en Calcuta y hay mucho turista indio, pocos occidentales. Entre todos, encontramos uno que está muy bien! Negociamos para quedarnos dos noches. Me doy cuenta de que a estos indios no les gusta hacer negocios con mujeres, y que siempre se dirigen a Alex. Así que a partir de ahora yo haré de apuntador y Alex a negociar. Es un pequeño lujo para nuestro presupuesto pero es lo mejor que encontramos relación calidad-precio. Me gusta el edificio pintado de rosa y tenemos un montacargas como el de la película Origen, que nos transporta a la tercera capa del sueño para descubrir lo que nos depara Calcuta. Ya sólo por eso merece la pena. Pareces retroceder en el tiempo con estos dos peculiares señores que viven allí. 

De día Calcuta tiene otro color. Me gustan los taxis de aquí y los tuc-tucs, le dan un encanto especial en todo esa jauría de vehículos desordenados que compiten entre pitidos a ir más rápido. Los policías con su traje blanco. Aún se puede adivinar la majestuosidad que Calcuta tuvo en otro tiempo, con edificios grandes y elegantes. Otros, son sombra de lo que fueron ennegrecidos y decadentes, casi destruidos y muchos invadidos por la propia suciedad y pobreza de la cuidad, fiel reflejo de sus habitantes.

Remansos de paz y festival de Calcuta
Visitamos la catedral de Saint Paul, donde una pareja india nos cuenta que quieren casarse allí y nos preguntan qué tienen que hacer; como si nosotros lo supiésemos.  Paseamos largo rato por los jardines del Reina Victoria, y descansamos en un banco a la sombra del calor y del ruido de la ciudad.  Hay muchos turistas indios y parejas de jóvenes que vienen a festejar tímidamente, algunos ocultos tras un paraguas. El escenario no puede ser más idílico. Alex se convierte en Forrest Gump pero sin su caja de bombones; a su lado en el banco se  sienta un indio para charlar con él, le dice que es guapo, al cabo de un rato otros tres. Fotos, fotos. Esta es la fama que nos habían contado Miriam y Fernán.  




 Los indios son muy curiosos, nos miran fijamente y no les importa girar el cuello 180º para no perderse detalle de nosotros; la mayoría nos sonríen si les miras o te preguntan (bueno, a Alex). Son bastante machistas con respecto a sus vecinos nepalís y algunos gastan un genio fino. Menudas discusiones y gritos. También seremos partícipes de esto más adelante.
Por la tarde oímos tambores. Un grupo de personas cruza la calle. La policía les da preferencia. Debe ser algo importante. Los hombres tocan un tamborcillo, las mujeres con sus mejores saris, bailan en un despliegue de color y brillos, me encantan; algunas llevan pintada la cabeza de naranja y cada poco tiempo se echan en el suelo bocabajo. El resto del grupo les toca como si tuviesen poderes. Incluso vemos a una que pasa por encima de los niños que han dispuesto en el suelo, a modo de bendición. Y vienen más grupos como estos, y también camiones con un montón de gente cantando, pintando. Y más, y más. Pero ¿de dónde ha salido tanta gente? Algunos nos llaman para que les saludemos, para que nos acerquemos a darle la mano. Nos indican hacia donde van y decidimos seguirles. 


 Nos acoplamos a una de esas peñas y les acompañamos un largo tramo disfrutando del espectáculo sin saber a dónde van. Todos nos miran curiosos, alegres, nos sonríen, nos hablan y nosotros tan contentos nos paramos de reírnos y disfrutar con ellos del pasacalles. Llegamos a una explanada donde aparcan los camiones y baja la gente. Si en Calcuta viven 14 millones de personas, aquí por lo menos hay 7. Llevan un montón de fardos con comida. Un hombre le cuenta a Alex que se celebra una fiesta en honor al dios del sol y que la gente va al río a ver amanecer. Así que decidimos volver porque pasar toda la noche allí sería demasiado para nuestro cuerpo. De vuelta seguimos viendo camiones que se dirigen allí.

Al día siguiente nos pegamos una buena caminata hasta un bonito templo hindú. Parece que no hay mucho turista occidental por Calcuta, no nos cruzamos con ninguno. Es temprano y muchos todavía siguen durmiendo en la calle, echados sobre una tabla que luego será el mostrador de su puesto. Pasamos por una zona donde hay pequeños monitos atados con cadenas a unos postes y un montón de niños gatean por el suelo entre la suciedad. Ahí se nos encoge el corazón. Unos metros más allá, un centro comercial con tiendas de Gucci y Burberry. El contraste es tan brutal que no te deja indiferente.


La humedad y calor nos agotan. Visitamos el cementerio que también es un lugar relajante, con grandes mausoleos donde descansan capitanes ingleses del siglo XVIII y XIX. Gracias a estos pequeños lugares en los que los oídos y el resto de sentidos pueden relajarse, descansamos y volvemos a la carga.

Por la tarde, queremos visitar un templo un poco alejado de Calcuta. Cogemos un bus hasta la estación de trenes. El bus vuela; aún destartalado, está en mejor estado que los de Nepal. El conductor pita insistentemente, de continuo. Hay que subir en marcha, no hay tiempo que perder. Llegamos a la estación de trenes y nos quedamos tan aturdidos que decidimos volvernos. Si ayer había 7 millones celebrando el festival, los otros 7 se concentran aquí. Todos corriendo, calor, filas. Nos ha venido bien echar un ojo porque mañana cogemos tren a Varanasi y tendremos que venir con tiempo. 

Puestos callejeros 

Volvemos un rato caminando para cruzar el puente a pie y fijarnos en su gente. Esto sí es pobreza. Hombres delgaduchos con fardos a la cabeza que les doblan en peso. 

Mercadillos, miles de puestos de cualquier cosa. El puesto de las fotocopias, de las llaves, de las pinzas, cualquier cosa que podamos imaginar se vende allí. Todos agrupados por temática. Los carniceros con toda la sangre y las vísceras a la vista al más puro estilo Tarantino; los de las ruedas, los de las bocinas (que aquí las queman en dos días), los de las gallinas muertas. Y basura, muchísima basura. Imagino el trabajo tan grande que habría que hacer en este país para solucionar el tema de la basura, empezando por la conciencia ambiental. Pero ¿qué le vas a contar a alguien que no tiene literalmente donde caerse muerto sobre el medio ambiente? No quiero imaginar cómo puede ser esto cuando llueva, o en verano superados los 40ºC. 

Calcuta es la ciudad de los cuervos. Miles de cuervos comen de la basura. Hay alguna vaca, pocas y alguna cabra. Y como en su vecina Nepal muchos perros tirados en la calle con muchas heridas. Por la mañana medio muertos, dormidos, y por la noche con sus peleas callejeras. Dan pena sí, pero es que hay humanos están incluso peor.

Comida
Olvidamos todas las precauciones y sucumbimos a la comida callejera. Huele tan bien y está tan rica que no puede sentarnos mal. También aquí hay puestecillos de todo: de mandarinas, plátanos, que pesan con balanzas de pesos, frutos secos que tuestan al momento, palomitas, rollos, samosas, hojaldres, de zumo de caña de azúcar con un exprimidor de hace un siglo. Y sobre todo de té. Aquí se bebe más té que agua, en unos cuenquitos de barro muy curiosos. El puesto de té y pastas es de mis preferidos con botes de cristal de diversos tipos de galletas y bizcochos que te entregan envuelto en un trozo de periódico.


2 comentarios:

  1. Jajaja, ya vemos que habéis experimentado lo de las fotos. Tranquila Rebeca, a mí me pasaba lo mismo con lo de negociar, a la hora de regatear o negociar cualquier cosa a mí ni me miraban. ¡Un abrazo!

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  2. Si,aquí el que importa el Sir.la Madame solo para comprar saris :))

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