lunes, 3 de noviembre de 2014

Lecciones en India


Último día en Calcuta

Madrugamos por la mañana y podemos ver como muchos hombres, ataviados con una tela de cuadros a modo de faldín y una jarrita se dirigen a los surtidores colectivos para bañarse, lavarse los dientes y asearse en general. Otros se cortan el pelo en la calle. La inmensa mayoría son pobres, pero tienen su día a día con su pequeño puesto de venta de lo que sea para ganarse unas rupias que gastarán para comer. Alex y yo reflexionamos sobre el futuro de estas personas. Sin embargo, hay otros aún más pobres, lisiados, niños, muchos niños que viven y duermen en la calle. Con un presente y un futuro muy duros.
Visitamos la congregación de la Madre Teresa de Calcuta, en un edificio donde cada monja parece tener su función, todo limpio y preparado. Vemos la exposición sobre su vida y Alex y yo nos emocionamos. Si no conociésemos el escenario donde vivió y trabajó quizás no nos hubiese llegado tanto, pero viendo las personas que habitan Calcuta aún me parece más impresionante todo lo que hizo. 

Al medio día cogemos un bus para visitar un templo en Belur Math. Llegamos a las 12:30 y está cerrado hasta las 15:30. Parece que hoy no nos hemos levantado con buen pie. Nos volvemos, para ir a la estación con tiempo. En el trayecto de ida y de vuelta en bus vuelvo a ver más suciedad y miseria. Veo a un hombre doblado sacando la basura sólida estancada en una cloaca, hombres meando en cualquier sitio, tirando más y más basura al suelo, parecen resignados a convivir con la porquería. Esta vez me emocionan más esas imágenes de dejadez. Me recuerdan a los personajes de Ensayo sobre la ceguera.

Odisea en la estación de tren
El día anterior reservamos el billete de tren para Varanasi. Leemos que al menos hay que reservarlo con dos días de antelación para asegurarte plaza porque mucha se gente se mueve en tren por India y es temporada alta. Al momento de comprar los billetes sólo quedan unos llamados tatkal que son billetes que sacan para ampliar plazas un poco más caros. Al completar la compra nos indica que estamos en lista de espera 2 y 3. Seguro que conseguimos plaza. Llegamos a la estación a las 17:20h y preguntamos. Nos indican dónde ir. El funcionario de turno nos dice que esperemos un poco. Avanzamos un puesto en la lista, waiting list 1 y 2. Dos plazas de baja y entramos. Comprobamos cada poco en una máquina el estado de nuestros billetes. Pasa una hora y media y seguimos igual. Nos empezamos a poner nerviosos. La gente no para de mirarnos y preguntarse qué hacemos ahí tirados con las mochilas esperando. Un policía que nos observa desde hace un tiempo viene a hablar con nosotros. Nos pregunta qué vamos a hacer y le decimos que esperar. Nos dice que nuestros billetes ya no valen y tenemos que comprar otros. ¿Por qué? ¿No caben dos personas más? No tenemos plaza en el tren de las 20h y tendremos que esperar a ver si hay plaza en el siguiente de las 23:55h. No podemos creerlo. Yo sospecho del policía y le digo a Alex que igual trata de engañarnos para pedirnos dinero. Al final la desconfianza te lleva a dudar de todos. Pero este policía se parece a Andrés, sonríe y anda como él y hasta se parece en el nombre, Umesh. No puede ser mala persona.
Nos rellena el papel de reserva, nos acompaña al lugar donde tendremos que presentar el papel para comprar los billetes. Le pregunta al funcionario. No hay plazas para el segundo tren. Nos explica que esperemos hasta las 20h que se va el primer tren para pedir plaza en el de las 23:55h. Se asegura que le hemos entendido bien y se despide de nosotros con su sonrisa. Me arrepiento de haber desconfiado de él. Otros indios también tratan de ayudarnos en nuestra espera.

Lección 1: paciencia
Algo tenemos que hacer. Tenemos que entrar en el tren de las 20h. Preguntamos en la ventanilla que nos indicó Umesh. Hay cuatro ventanillas de la 69 a la 72. Preguntamos en una y nos manda a la otra, y así hasta pasar por las cuatro. Mientras tanto decenas de indios con prisas se me cuelan en la fila y me cabreo. Los funcionarios no me hacen ni caso y atienden a los otros indios hombres, porque ahí no hay ninguna mujer, por supuesto. Empiezo a quejarme en español y empujar como ellos para nada. Alex insiste en que seguro que si vamos al tren nos hacen hueco aunque sea en el suelo. Pero no tenemos billete y me da miedo tener luego problemas. Cientos de personas que hacen fila para subir al tren, allí no cabe ni un alfiler. Alex intenta hablar con algún encargado del tren y darle pena. Yo le espero sentada en el suelo. Viene a las 19:55h que coja mi mochila y vaya con él. Corremos. Hablamos con un guardia. Nos dice que vayamos a los vagones de sleeper y hablemos con el encargado, que corramos!!. Pero cuántos vagones tiene este tren!! Corremos y el tren empieza ponerse en marcha, con puntualidad inglesa. Entonces me entra el lloriqueo. No tenemos tren y si no tenemos plaza en el siguiente, mañana estaremos en las mismas, sin reserva. Yo quiero ir a Varanasi. Con los ojos llorosos acudo a la ventanilla donde nos indicó Umesh. Esta vez el funcionario se apida de mí y les dice a los que están delante que me dejen pasar. Ya lo dice el refrán, el que no llora no mama. Tenemos plaza en sleeper, tal y como nos había Umesh. Si le hubiésemos hecho caso desde el principio y esperado pacientemente a las 20h, hubiésemos conseguido lo mismo sin cabreos, tensiones y nervios. 

Lección 2: cura de humildad
Bieeen! Estamos contentos. Vamos a cenar.  Y entonces.. empiezo a llorar, esta vez de verdad. Todas las imágenes y emociones se agolpan en mi mente: el niño que me daba toquecitos en el pierna diciéndome “didi, didi” para que le comprase algo mientras su madre le preparaba un plástico en el suelo donde dormir con su hermano más pequeño; personas cubiertas por completo de suciedad con el pelo encrespado y anudado que deambulan por la calle con la mirada perdida, sin destino y con el único futuro de vivir un día más; la pareja de ancianos que pide limosna sujetando una tela verde donde recogen las monedas; gente que duerme en la calle acurrucada; lisiados sin piernas, sin brazos que te llaman con una campanita, ciegos que piden limosna cantando y lo indiferente que he permanecido ante ellos. Me doy cuenta que una cama es un bien que muchas de estas personas jamás conocerán (hasta los empleados del hotel duermen en el suelo), ni saben lo que es ropa limpia o alguien que se preocupe por ti. Y ante la mirada curiosa y asombrada de indios de clase media que cenan a nuestro lado, lloro por lo afortunada que soy y por las desgracias de este país. India me ha tocado muy hondo.
De todo esto no hay fotos.

Espera en la estación
La estación es como otra ciudad. No deja de pasar gente de un lado para otro, corriendo, cargados de paquetes.  La mayoría espera en el suelo tumbados, sobre periódicos o telas extendidas. Comen, duermen y hacen corros en grupos familiares. Nos entretenemos viendo a unos y otros.
Al subir al tren después de tantas horas todo me parece mejor de lo esperado. En nuestro vagón, filas de literas de tres alturas se disponen unas frente a otras de manera horizontal a la marcha del tren y una fila en la otra pared de manera vertical. Tenemos litera baja y media porque se la cambiamos a unos estudiantes para que estuviesenn todos juntos. Dormimos en las de abajo hasta que a las cinco de la mañana viene una familia y me muevo a mi sitio. De todos los trenes en los que he dormido (Tailandia, Malasia y Portugal), este es el que más cómodo me resulta. A las 8:30h nos despertamos. Bajamos mi litera que hace de respaldo y la litera de abajo de asiento. Nos sentamos. 

Lección tres: el valor de la familia
La familia que nos acompaña nos observa. Parecen ser tres hermanos (dos mujeres y un chico) con el padre y la madre más mayor. No paran de comer. Nos invitan a mandarinas y a un desayuno muy dulce y rico. Al rato, más fruta.  Al terminar me dicen que tire el platito por la ventana pero lo guardo en una blosa de plástico. Les hace gracia. Por mucha basura que haya en la calle no quiero contribuir a aumentarla, y como en Japón (en las antípodas de la limpieza con India), tenemos que guardarla en las manos durante mucho tiempo hasta que encontramos una papelera. Son muy amables con nosotros. La madre no para de dormir y comer, se sorprende de que nosotros no comamos. Todos cuidan de ella y se cuidan entre ellos. La familia aquí es muy importante y se mueven juntos como un bloque indivisible. Familia que viaja unida y permanece unida. Me acuerdo de la nuestra.
Tras catorce horas de trayecto, por fin llegamos a Varanasi.

10 comentarios:

  1. os escribo otra vez el anterior me parece q no ha salido intentar q no os afecte tanto

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  2. Sentid al maximo que en este mundo hemos perdido la capacidad de sentir..con las obligaciones y deberes laborales,familiares y sociales y el raciocinio no nos permitimos sentir, asi que sentid y tras la India intentad estar unos dias tranquilos, comodos para recuperaros..MENUDA EXPERIENCIA.GRACIAS POR COMPARTIRLA.Gema

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    1. Gracias Gemica, ya estamos mejor, al menos de mente. Y sintiendo mucho, sí.

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  3. Nos poneis el estómago en un puño... Esperamos la próxima crónica! :)

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    1. Bueno ya estamos mejor, y después de unos días ajetreados ahora descansamos en Delhi. Ya está la siguiente crónica.

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  4. Viajar te enseña a valorar y apreciar todo lo que tenemos. Viajar a países así nos ayuda a salir de nuestra burbuja, y a darnos cuenta de la cantidad de tonterías que nos preocupan... Nos quejamos de la crisis, de nuestros trabajos, cuando hay millones de personas que nunca sabrán lo que es tener una casa y luchan cada día por poder comer algo. ¡Ánimo!

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    1. Cierto.cuantas cosas de nuestro día a día e incluso de nuestra sociedad nos parecen ahora insignificantes.

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  5. Con tantas religiones, podriais crear la vuestra, Rebalexismo o Alerrebismo: vuestra Biblia son los mapas, siempre portais una mochila y una vez en la vida hay que dar la vuelta al mundo.
    EstrellaSao ;)

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    1. Jajaja, sí EstrellaSao no sería mala idea. Tampoco parece ser una religión muy exigente para ser un buen alerresbista :)

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