domingo, 6 de septiembre de 2015

Al rico café de Colombia, en familia

En realidad no me gusta escribir así, con tanta distancia desde que vivimos los momentos que voy a contar. Prefiero escribir sobre lo que vivimos y sentimos en este momento, pero no puedo echar marcha atrás físicamente, así que lo haré mentalmente para recordar los días que no quiero olvidar, aunque se diluyan los detalles. Siento que ya estamos en el último tramo del viaje y que vamos con el tiempo justo. Ya no hay tiempo para rezagarnos y quedarnos más días en un destino si nos apetece, al menos si no queremos perder el vuelo de vuelta  a España. El tiempo apremia y las historias se acumulan en la cabeza con ganas de transformarse en letras, dejémoslas pues que ocupen su espacio en esta maleta de viajes.



Dejamos Medellín con el corazón dividido: Felices por conocer a gente tan maravillosa, y tristes por despedirnos sin saber si algún día les volveremos a ver. A estas alturas aún no he aprendido a desprenderme de la gente que aprecio y dejar un hueco para los que vengan. Simplemente todos van ocupando su hueco dentro de mi corazoncito.

Disfrutando del café en el eje cafetero

Llegamos a Salento, un pueblo muy turístico y bonito en el eje cafetero. Era fin de semana y pensábamos que ya no encontraríamos un alojamiento ni tranquilo ni barato. Pero otra vez la paciencia nos enseña que si le damos cabida, todo llega. Nos alojamos en una tranquila cabañita, al otro lado del puente. Teníamos cocina y lavadero, lo que le hacía aún más atractivo. El segundo día llegó una pareja  de jóvenes israelitas. Sinceramente, los únicos israelís que me parecieron un poco más educados, comparando con todos los demás con los que hemos coincidido en el viaje. No sé si es porque salen totalmente descontrolados después de tres años de servicio militar obligatorio (21 meses para las chicas) pero hasta ahora todos los israelitas con los que nos ha tocado convivir han sido los más conflictivos. Sólo Or (que significa Luz en hebreo) y su novio fueron un poco más agradables. Quizás porque estaban más relajados después de desfogarse. Ella fue quien me contó lo del servicio militar y sus planes de viajar por América Latina durante unos meses.
Salento está llena de centanas y puertas de colores.



Calle principal de Salento.

Fueron días tranquilos donde por fin nosotros, amantes del buen café, pudimos degustar un exquisito café; servido por un buen barista que nos contó la peculiar situación que se da en Colombia, donde se exporta la mayor parte del buen café y se queda en el país el de baja calidad. La gente no está acostumbrada a tomar un buen café. Lo mismo nos contaron en la finca cafetera que visitamos, aunque con perspectivas de que la situación cambie.

Café servido en la finca cafetera.
Granos de café en la finca cafetera.


Explicándonos el proceso del café.


Diferencia de calidad entre el grano de café que se exporta y el que se queda para el consumo nacional.

Una de las excursiones que más nos gustó de Colombia fue la del valle del Cocora. Desde el principio coincidimos con Alejandro, un madrileño que ha recorrido gran parte de Sudamérica y con el que parábamos cada pocos metros a contemplar el paisaje y hacer fotos. Él se dedicaba  a la fotografía semi profesionalmente. Él me enseñó a valorar las fotos que solo fuese por un pedacito que mereciese la pena y capturar los pequeños detalles de la vida cotidiana que son  especiales a ojos de un espectador de otra parte del planeta.


Colibrís.



Vista del valle del Cocora.



Alejandro y Alex charlando.
Reencuentro con Checho

Alex conoció a Checho hace cinco años cuando entró a trabajar en la misma empresa en la que Checho ya llevaba unos años. Recuerdo que Alex me hablaba de él y de vez en cuando salpicaba las conversaciones con expresiones que yo no entendía “gonorrea”, “burrito changleteao”. Varias veces se fueron a comer juntos una bandeja paisa en un restaurante colombiano de Zaragoza, o su hermana les preparaba pollo sudado cuando iban a comer a su casa. Yo conocí a Checho en alguna visita en que fui a recoger a Alex al trabajo, y a su hermana y su sobrina en la meta de la carrera de la mujer de 2010. Para entonces Tracy era una niña pequeña con unos rizos preciosos.
Con Checho, Valentina, Alex y yo.

Checho con Alex y su willies.

A Checho le despidieron unos meses antes de que la empresa cerrara, y al menos pudo recibir toda la indemnización y volver a Colombia con mejores perspectivas laborales que las se ofrecían en España. Proféticamente, Alex le dijo a Checho que sería el primero que le visitaría en Colombia, cuando aún no teníamos en mente iniciar este viaje y mucho menos llegar hasta Colombia.

Checho vive en La Unión Valle, cerca del eje cafetero  y no perdimos la oportunidad de ir a visitarle. Unos días antes había llegado su hermana Lorena con su hija Tracy desde Zaragoza, donde sigue viviendo y trabajando. Aprovechamos a preguntarle cómo estaban las cosas por nuestra ciudad, después de 8 meses desde que partimos de allí.
Vistas desde la casa de Checho.



En familia

Checho nos recibió con los brazos abiertos y él junto con toda su familia se desvivieron por nosotros. Bromeando por el camino Checho nos acercó hasta su casa en lo alto de una montaña desde donde se divisaba la ciudad y donde se respiraba un aire más puro y los amaneceres eran más bonitos. Allí conocimos a casi todos sus hermanos y sus sobrinos que vivían en las casas de al lado. Nos sentimos felices de ver que Checho también lo estaba; le escuchamos hablar sobre su actual vida, con su familia, su novia Valentina, sus tierras, sus proyectos, con su jeep willies que era su medio de trabajo para transportar pasajeros hasta la ciudad o alrededores. Se le veía realmente contento y satisfecho por su situación actual.

Juliana, Sanaya y Mikael.

Mikael con la camiseta de la Federación de peñas del Real Zaragoza.

Por la casa iban apareciendo niños, que como buenos colombianos no les faltaba alegría y salero. Todos venían curiosos y con ganas de conocernos. Sin un ápice de vergüenza. Pero Sanaya y Juliana me robaron el corazón. La primera, con su hablar gracioso, tan cariñosa, pidiéndome que le tocara el pelo y abrazándose a mí en busca de mimos. Y Juliana, esa niña tan linda y educada, que estaba todo el rato dispuesta a ayudar y aprender de todo. Y a Alex le encandiló Michael, al que le regaló la camiseta de la Federación del Real Zaragoza que él agradeció supercontento dándole un tierno abrazo a Alex.
Alex con su equipo preparando tortillas de patatas.
 El último día celebramos una gran cena con todos los familiares reuniéndonos unas 25 personas. Claudia, la madre de Juliana y Nubia - las tres encantadoras -  me enseñó a preparar un adobo riquísimo y después entre Alex y yo nos dividimos a los pequeños para cocinar en dos grupos tortillas de patata y troncos de san silvestre. Disfrutamos como niños entre niños.
Juliana, Nubia y Tracy, mi equipo de cocina para preparar troncos de San Silvestre.

El otro equipo que se encargó del pollo.

Sanaya rodeada de tortillas.

Esos pequeños bichos tan encantadores!

Con Lorena, la hermana de Checho y los peques.
Y después del buen rato que pasamos sintiéndonos parte de la familia de Checho, continuamos nuestro viaje hacia la frontera con Ecuador. Con las últimas paradas en Popayán, la ciudad blanca, e Ipiales, donde visitamos el precioso Santuario de las Lajas, en medio de un cañón.

Popayán.



Vista del Santuario de las Lajas en medio del cañón.





Y desde allí cruzamos la frontera terrestre con Ecuador, otra vez con la agradable sensación de conocer un país nuevo.

Frontera Colombia-Ecuador.

1 comentario:

  1. Perfecta descripcion de los momentos. Asi nuestro Plan Shi.... Sera mas facil.

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