sábado, 14 de marzo de 2015

Retiro en Filipinas

Estamos en Port Barton, un lugar donde no hay cajeros automáticos, ni Mc Donalds, donde la electricidad funciona solo determinadas horas (aunque tenemos wifi) y nuestra rutina es muy sencilla. Un lugar donde me he podido relajar y reconciliar con Filipinas.

Llegamos a Manila en avión, de madrugada. Esperamos unas horas en el aeropuerto hasta que amaneciese y cogimos el metro ligero y después un bus para llegar al centro de la ciudad. Tengo que admitir que, como si fuese la primera vez que viajase, iba totalmente condicionada y con prejuicios sobre la ciudad, así que yo misma me estaba creando una idea equivocada.

La primera impresión fue suciedad, ruido, contaminación, calor, prostitución, pobreza….trato de familiarizarme con el lugar, pero el ambiente no es como el de los otros países del sudeste asiático que hemos visitado. Manila está plagada de Mc Donalds, Dunking Donuts, Jollibee y Chowking entre otros, al más puro estilo americano. Con razón lleva la fama de ser la ciudad de las franquicias. Las canciones románticas y moñas asiáticas han sido sustituidas por canciones americanas y la gente aquí lleva otro ritmo; quizás herencia latina, pero se ven más lentos, más perezosos y menos ágiles. No hacen tanto deporte como sus vecinos asiáticos, ni se sientan en cuclillas y también con más sobrepeso.

De vez en cuando oigo alguna conversación entre filipinos y me parece español. El tagalo tiene bastante palabras en español o similares: uno, dos, tres, pesos, trabaho, basuraran,...o el nombre de  ciudades como Diversion, Belleza, El Nido, etc. Aunque aquí prácticamente todo el mundo habla inglés y no hay problema para entenderse.



Paseamos por la ciudad hasta Intramuros, zona colonial donde Legazpi fundó la ciudad. .Son las 3 de la tarde y el calor es sofocante. Hay seguratas en las entradas de todas las tiendas y policías con su traje ajustado portando una escopeta o pistola. Veo mucha gente pobre por la calle con mirada perdida, físicamente muy maltratados; Nos vamos hasta el barrio chino y por el camino cruzamos un puente donde niños de entre 8 y 10 años están esnifando pegamento, colocados. Me siento intranquila, incómoda e insegura y le pido a Alex que volvamos a nuestro hotel antes de que sea de noche. Otra vez todas estas sensaciones se amontonan en mi cabeza y al igual que me pasó en Calcuta, inexplicablemente empiezo a llorar. Parece increíble que después de todo lo que hemos visto durante nuestro viaje, especialmente en India, siga tan sensible a estas cosas; quizás el escudo que me he creado para tratar de no ver lo que hay a mi alrededor no ha sido suficiente y de nuevo la realidad me supera. 





La comida tampoco me fascina. Carne, carne y carne. Muchos filipinos ya se desayunan con un plato de arroz, huevo frito y tocino que se llama tosilog (lonsilog si es con longaniza). Tratamos de comer en alguna “eatery”, lugares donde se disponen en el mostrador una serie de cazuelas con distintos guisos para acompañar al arroz. Casi todo también de carne, pero al menos es más casero.
Bizcocho de ube, muy rico.

Fotos en honor a Jorge ;)

Desayuno filipino, también comida.
Abandonamos Manila para visitar Legazpi, una ciudad a 340 km de Manila. Llegamos a las seis de la mañana y desde el cristal del bus nos recibe el Monte Mayón, con el cono natural más perfecto del mundo. Se trata de un volcán bastante activo, con 50 erupciones los últimos 400 años. A nosotros nos sorprende una mañana con un pequeño temblor de suelo, que hace que Alex me despierte pensando que es un terremoto.
Nuevo país y nuevos medios de transporte. Aquí lo que abundan son los triciclos y los jeepees.

Triciclo que también sirve para transportar de todo.
 
Jeepee en Manila.

Cogemos un jeepee para ir Cagsawa , para ver las ruinas de un pueblo cercano al volcán. Nos metemos entre los arrozales y caminamos en dirección al volcán. El paisaje es fabuloso; el verde de los arrozales, las palmeras, la tranquilidad del lugar, vacas descansando y algún filipino trabajando la tierra. Las nubes tapan la cumbre del Monte Mayón, esperamos sin prisa y cuando por fin se descubre entero ante nuestros ojos nos quedamos un buen rato contemplándolo. No sé si es de verdad de lo perfecto que me parece.









Volvemos en bus nocturno a Manila, con el tiempo justo para coger un avión hasta la isla de Palawan. Esta es la isla que nuestra amiga Montse nos recomendó a través de un amigo, con playas increíbles.

Aterrizamos en Puerto Princesa. Aquí es famosa la excursión a través de un río subterráneo, pero Alex ha leído bastantes opiniones en las que está sobrevalorada. Así que alquilamos una moto y nos vamos a visitar Nagtabon, una playa desierta a 35km. El camino para llegar allí es complicado. Nos cruzamos con un extranjero que nos recomienda dejar aparcada la moto en el camino y bajar andando. Hasta los todoterrenos se quedan atascados. La caminata merece la pena. Al llegar allí sólo encontramos una docena de filipinos que viven allí, en pequeñas casas de madera y dos parejas de rusos. Acampamos debajo de unas palmeras y nos dejamos atrapar por la belleza de esa playa. En mi vida he visto un agua tan cristalina.

 

Al volver nos sorprende un templo budista y entramos a verlo. En cualquier otro país de Asia sería normal, en Filipinas es anecdótico. El vigilante de la entrada nos lo enseña y nos dice que se llama “templo chino”. Claro, sólo hay uno, para que van a pensar otro nombre. 
Aquí la presencia del catolicismo y de Jesucristo es tan grande o más que los templos hindús en India o los budistas en Tailandia, Camboya o Vietnam. Por las tardes, y sobre todo el domingo, las iglesias están a tope. 


Por la tarde vamos a tomar un zumo de frutas al garito de Noel, que junto con un vegetarianos son nuestros lugares preferidos para tomar algo en Puerto Princesa. Un filipino muy parlanchín, que nos pregunta por nuestra excursión. Se sorprende cuando le hablamos sobre la playa que hemos visto porque no la conoce. El domingo irá a visitarla. Le decimos que al día siguiente iremos a El Nido, el lugar famoso de esta isla. Pero nos dice que es muy caro en relación a otros y nos recomienda Port Barton, un poco antes, menos conocido y más barato. 

En el garito de Noel.
 Así que le hacemos caso. Queremos pasar 9 días en un sitio tranquilo para preparar nuestro viaje a Nueva Zelanda, trabajar y relajarnos. 


Port Barton es el lugar perfecto. Nos alojamos en una casa que nos parece el paraíso. No por los lujos, que son escasos, sino por el ambiente de paz y tranquilidad que tenemos. La compartimos con una pareja de holandeses, Auke y Jane y con un francés, Florence. Los tres son muy agradables. Florence es de Bayona pero ha vivido en América del Sur y habla muy bien español. Lleva 10 meses en Filipinas y en la casa lleva una rutina de vida tan tranquila como nosotros. Charlamos en el porche, cocinamos (que ya lo echaba de menos), vamos a la playa, nos damos un baño, hacemos gimnasia pronto en la mañana y después vamos a la “casa blanca” (otra casa de alojamiento de los mismos dueños que los nuestros) donde tenemos wifi y aprovechamos para coger los vuelos de salida de Nueva Zelanda, sin ellos no podremos entrar al país. Allí la gente que se aloja también es muy maja, en especial una canadiense de Quebec que habla francés, y estudia inglés. También sabe español porque vivió en Perú, y cada vez que vamos a su casa charlamos un rato.  
Nuestra casita.

Atardecer en la playa de Port Barton.


La gente de aquí organiza pequeños tour en los que te llevan en su barca por las islas de alrededor. Ayer hicimos uno de ellos junto con Suzanne y Alexia dos chicas de Toulouse muy simpáticas. Todo el mundo parece tan majo aquí. Visitamos varias islas y practicamos snorkel. Era nuestra primera vez. Auke y Jane nos dijeron que nos encantaría y así fue. Yo me quedé alucinada viendo todo lo que se esconde en el fondo del mar y ahora entiendo a la gente que es tan aficionada al snorkel y al submarinismo porque es como estar en otro mundo. Tuvimos suerte porque además de ver muchos tipos de peces (al de nemo entre otros), vimos estrellas de mar, caballitos de mar y hasta una serpiente. Así que ya estamos deseando repetir.





Ensalada, arroz, pescado y bananas, esto sí que está rico,

Con Suzanne y Alexia, disfrutando de la comida que nos prepararon.











Y aquí seguiremos hasta el día 20 que volveremos a Puerto Princesa, llevando una vida lo más asilvestrada posible J

2 comentarios:

  1. ¡Qué maravilla! Después de tantos días de viaje una paradita así es fundamental. Y qué ilusión hacer poder volver a cocinar... Por cierto, ahora que ya conocéis el snorkel seguro que no tardaréis en aficionaros al submarinismo!!!

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    1. Sí Miriam, esa parada nos vino genial antes del cambio de país, de continente y de gente. Buff lo del submarinismo tiene que ser una pasada, pero nos da más respeto. Por el peligro y por la pasta,jeje. Me acordé que recomendábais llevar las gafas de snorke : ). Es verdad, es chulísimo.

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