domingo, 5 de julio de 2015

Crónica II de Japón, descubriendo Kotanbethu y reencuentro con nuestro queridoTokio

Después de coger cuatro aviones, llegamos a Colombia donde nos vinimos directamente a la playa, a dormir, a descansar, a disfrutar de un masaje, del ritmo costeño y de la amabilidad de la gente de aquí.  Estamos en Playa Blanca. Sin internet, con luz solo mitad del día y con una ducha a cubos, pero con el agua turquesa y la arena blanca enfrente de nuestra cabaña. Suficiente para relajarnos y recuperar energías. [en el momento en el que empecé a escribir esta crónica ].
Playa Blanca, Colombia.
Le pregunto a Alex la hora, después de estar dormitando todo el día. “Las 11:43h”, me contesta. Y le digo:” dentro de 17 minutos tocará la alarma en Kotanbethu para avisar de la hora de la comida”.
Kotanbethu, ese pueblo japonés que nos acogió, que lo hicimos nuestro y que tan buenos recuerdos me ha regalado. Un pueblo tranquilo, sólo alterado por las visitas ocasionales de algún oso que vive en las montañas y que en invierno se cubre con más de metro de nieve.

Llegada a Kotanbethu

Llegamos a Kotanbethu en autobús desde Sapporo. Aoki-san nos esperaba en la parada de autobús de Uehira. Apareció con su gorra y su chaqueta blanca y azul de Fred Perry. Saludándonos en un perfecto inglés. Ahora, cada vez que le recuerdo no puedo evitar emocionarme, porque echo mucho de menos todo lo que compartimos, y lo imagino siempre con su risa contagiosa, con su actitud positiva. Ha sido la convivencia más larga que hemos tenido en este viaje, y sin duda, la más nos ha marcado.

Estuvimos dos veces en Kotanbethu, la primera vez fueron los cuatro días más frenéticos que vivimos allí llenos de actividades; la segunda, fueron días tranquilos en los que pudimos conocer más a fondo al gran Aoki.

Antes de visitar su casa, nos habíamos intercambiado varios correos donde nos contó la cantidad de actividades que tenía programadas para nosotros, y nos avisó que dos días no iban a ser suficientes. Así que lo ampliamos a cuatro y así celebrábamos juntos mi cumpleaños.

Dejamos nuestras mochilas en una amplia habitación preparada con dos futones; comimos un delicioso ramen frío (uno de los platos preferidos de Aoki-san) y varios tipos de kani (cancrejos). Sobra decir que en un pueblo de pescadores el marisco está riquísimo, incluso nosotros que no somos de paladar fino y apenas comemos marisco, apreciamos el sabor..oishii! (delicioso, en japonés. Cuántas veces habremos dicho esa palabra, y de corazón).
Preparándonos para pescar.

Y de allí nos fuimos a pescar. Vino el “younger brother” (el hermano pequeño de Aoki-san) o también conocido como Camera man, porque se dedica a grabar vídeos para las noticias y otros temas.
Nunca habíamos pescado y la experiencia fue una de las que más nos gustó, a pesar de que el Younger brother se mareó y yo vomité. Me resultó relajante ver el inmenso mar mientras esperaba paciente con la caña de pescar, arriba y abajo. Y al final pescamos! Por la noche, probamos el pescado el sashimi.


Por la tarde, la casa de Aoki-san se llenó de gente. Vinieron amigos suyos para cenar con nosotros. Yoshie (la prima de su mujer) y la mujer de Ito san prepararon un montón de comida y nos enseñaron cómo hacer un maki sushi gigante.


Aoki-san había puesto unos papeles en la pared del salón con algunas palabras en japonés y español para aprenderlas y comunicarnos. Siempre pensando en todo. Aunque al final él hacía de intérprete con todos nosotros.

Pero lo mejor para mí, llegaba al final del día. Reunidos en el salón, Aoki-san descansando en su sillón reclinable y Alex y yo sentados a su derecha en nuestro hueco del sofá, charlábamos 15, 20 minutos, a veces una hora, otras más. Sobre la vida, sobre su historia, sobre la nuestra. Esos momentos, son los que recuerdo con más cariño y admiración por Aoki-san, los que más echo de menos y los que guardaré para siempre por todo lo que me enseñó.

Aoki-san, su historia

Con 18 años Aoki inició un viaje desde Japón alrededor del mundo que duró dos años. Más tarde nos contaría el por qué y aún me impresionaría más. Salió de casa con apenas dinero, por lo que se financiaba trabajando en diversos países y con la ayuda desinteresada de la gente que recibió por el camino. Todas esas experiencias influyeron en su modo de vida, en cómo valorar lo importante. Aoki tiene una mente abierta, y una filosofía de vida muy clara y sencilla. Me la resume en cuatro frases y estoy tan de acuerdo con él, que creo que esa fue la clave de nuestra convivencia tan agradable. Pero además destaca de su personalidad el esfuerzo y dedicación que pone en  aprender cosas nuevas: aprendió por su cuenta a hablar chino, inglés, tailandés y ruso, incluso escribió un libro de conversación ruso-japonés. Es una mente inquieta que no deja de aprender y plantearse nuevos retos diarios. Satisfecho con la vida, a pesar de las dificultades vividas y tratando siempre de ayudar a la gente. En todos los días que convivimos con él, no le oí quejarse una sola vez. Al contrario. Siempre positivo. Se quedó viudo hace 10 años pero no se pone triste al recordarlo. Nos cuenta que es maravilloso oírle hablar de su mujer.

“Up to you” (depende de ti), era su respuesta la mayoría de las veces que le preguntábamos cómo hacer algo. Para mí, una persona realmente admirable. El tiempo es dinero. Todo el mundo tiene 24 horas al día, ricos y pobres, y cada uno decide lo que hace con ese tiempo, me decía. Y como ya le dije, él tiene que estar muy orgulloso por utilizar tan bien su tiempo.

El plan de Aoki-san, Experiencias en Kotanbethu

El segundo día, ya decidimos que nos íbamos a quedar más tiempo. Aoki-san nos contó que tenía un plan para su pueblo. Aoki’s plan. Él quiere dar más vida a su pueblo, donde vive mucha gente mayor  pero pocos jóvenes, que emigran a las grandes ciudades. Y quiere atraer a gente de otros países para que vivan las experiencias que pueden ofrecerles, diferentes a las de Tokio, Kioto y Osaka, pero muy auténticas. Para ello quiere implicar a todo su pueblo, motivarles y quiere hacerlo primero a través de una ONG y luego con la ayuda del gobierno. Siempre con el fin de ayudar. Con nosotros, pudo comprobar qué nos gustaba y qué no. 
Clases de kendo.


Cometa gigante.
Preparando fideos soba.
Y nosotros disfrutar de tantísimas experiencias como: pintar una cometa y echarla a volar, volar una mega-cometa de 200 cometas, ver los ensayos de kendo, visitar el spa, la fábrica de pescado, cómo sembraban el arroz, conocer el trabajo de los granjeros, visitar una granja de fresas donde las coges directamente de la planta y te las comes, vestirme con una yukata y un kimono preciosos, ver cómo se preparan los fideos de soba desde cero, aprender baile japonés, pasar uno de los cumpleaños más especiales, conocer la historia de los primeros pobladores de la isla, los ainus… un sinfín de actividades que para nosotros, amantes de la cultura japonesa, fue el mayor regalo que nos podían dar. Y cocinar, cocinar miles de platos. Entrar en la cocina de Aoki era un espectáculo. Y lo que disfrutamos los tres preparando decenas de platos japoneses y alguno español.




Con un tako (pulpo).


Vestidos de ainus.

Casa ainu.

Sacando el juguetito.

Control remoto para los campos de arroz.

Siembra automática de arroz,



Lugar donde ocurrió un accidente con un oso.

Primera despedida de Kotanbethu

Nos despedimos de Kotanbethu con mucha, mucha pena. Con muchas ganas de volver a vernos. El último día falleció la hermana mayor de Itou-san e incluso pudimos ver parte de la ceremonia. Estuvimos a punto de quedarnos para ayudar a Aoki en el funeral, porque él y su grupo se encargan de organizar todas las actividades que conlleva. Pero teníamos el vuelo para Tokio. Aoki nos despidió con un “matané”, que significa hasta luego en japonés. Entonces no nos imaginábamos que íbamos a vernos tan pronto.
Celebrando mi cumpleaños.

Llegada a Tokio

Teníamos reservados cinco días para Tokio, la ciudad que tanto nos fascina.
Fue una sensación magnífica reconocer cada rincón que habíamos visitado hace tres años y recordar cada momento vivido. Esta vez nos lo tomamos con calma, queríamos disfrutar de su esencia poco a poco. 
Visitamos el barrio de Shimokitazawa elegido por la gente joven como los mejores barrios de Tokio para visitar; modernos, bohemios, gafapastas y con mucho encanto.

Como esta vez nuestro presupuesto era más bajo, nos empeñamos a fondo hasta encontrar un alojamiento barato. Tuvimos la suerte de pasar 3 noches en una habitación de tatami, cerca del barrio de Shinjuku, donde uno de los trabajadores era español y estuvimos compartiendo historias.
Fascinada por Tokio.
El tercer día vino a recogernos Popo Gunji, el señor japonés que conocimos en Mc Leod (India) que tanto nos impresionó. Más tarde nos juntamos con su simpatiquísima amiga Michiko Ito y nos llevaron a visitar lugares que no conocíamos en Tokio, como Kappabashi dori, donde hacen las réplicas de platos de comida que luego exponen en los restaurantes; el barrio de Jimbocho, con un montón de librerías antiguas;  o el teatro kabuki. Nos sorprendió cómo había mejorado su inglés Popo Gunji y todas las explicaciones que nos dio de cada lugar. Los cuatro disfrutamos mucho de ese día.














Al final de la tarde, cuando nos quedamos a solas con Popo Gunji le pedí que nos volviese a leer la mano. Habíamos cambiado mucho desde que nos encontramos hace seis meses y quería saber si podía verlo y si había afectado al rumbo de nuestra vida. Y de nuevo me sorprendió muchísimo con sus palabras, por cómo las dijo y por aquellas que no dijo.

Nuestra experiencia más friki en Tokio

Los dos últimos días en Tokio tuvimos que cambiar de alojamiento. Nos olvidamos de reservar las últimas noches y estaba ocupado nuestro tatami. Habíamos visto el letrero publicitario de una habitación más barata todavía y nos acercamos a preguntar. Nos adentramos en una calle siguiendo el cartel luminoso, y vimos muchos locales con imágenes de chicos muy sugerentes. Enseguida nos dimos cuenta que estábamos en un barrio gay, y nos gustó mucho la zona; lleno de locales para comer, tiendecitas y todo tan organizado! Y lo mejor a menos de cinco minutos del centro más centro de Tokio. El chico de recepción nos indicó con su traductor del móvil que se trataba de una pequeña habitación sin cama (era un colchón en el suelo), con una gran tele en la que podías elegir entre un gran número de “películas” y “dibujos animados” e internet. Fuera teníamos baño, ducha, lavadora e incluso una zona para calentar comida. Era más que suficiente para nosotros.

Antes de despedirnos por segunda vez de Japón, quise hacerme como regalo de cumpleaños dos tatuajes de los dos países donde he vivido las mejores experiencias de este viaje y que más me han marcado, India y Japón.

El día 5 de junio debíamos coger un avión con destino a Los Ángeles y otro a Cancún, pero como ya expliqué aquí,  no pudimos volar  y a pesar del mal momento que pasamos, se cumplió nuestro deseo de estar un mes en Japón.


Continuará en la tercera crónica de Japón.

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