Vuelta a casa
Parece mentira que hace unos
meses estuviéramos en España deseando volver a India, y ahora estamos de
vuelta, más felices que nunca de volver a casa. Está claro que la vida es un
constante cambio, una caja llena de sorpresas. Volvimos a India porque algo nos
llamaba, no sabíamos qué; volvimos buscando algo y nos sorprendió lo que
encontramos. Sin embargo, considero que como todas las experiencias que hemos
vivido, también esta nos ha ayudado mucho a valorar, más si cabe, todo lo que
tenemos. A sentirnos verdaderamente afortunados.
Escribo estas líneas porque
escribir me ayuda a poner en orden mis pensamientos, porque estoy feliz de
poder escribirlas y porque sabemos que hay personas que nos han seguido,
algunos conocidos, otros no, pero de igual modo queremos compartir con vosotros
qué ha ocurrido en esta etapa final del viaje y qué nos hizo volver a casa de
manera inesperada.
Desde Delhi a Benaulim (Goa)
Llegamos a Goa en avión desde
Delhi. No podíamos desplazarnos de otra manera porque seguíamos con diarrea y
un viaje en autobús sin baño hubiera sido terrorífico; en tren no había plazas.
Estábamos tan saturados de la
contaminación de Delhi y tan cansados de encontrarnos mal, que pensamos que
pasar unos días en la playa nos vendría bien.
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| Esperando a coger el avión a Goa, Alex con cara de malito. |
Justo el año anterior también
estuvimos en Goa para estas fechas. En aquella ocasión fuimos a la playa de
Palolem, donde había gente más joven. Esta vez elegimos Benaulim, porque leímos
que era una zona tranquila, familiar y eso era lo que necesitábamos.
Goa es un estado muy diferente al
norte de India. Tiene unas cuantas peculiaridades que hacen único al estado más
pequeño de India. Fue colonia portuguesa; es de mayoría católica, allí el
alcohol no tiene impuestos y es muy, muy barato, por lo que es habitual ver
licorerías en cada esquina y su gastronomía también contrasta en un país de
mayoría vegetariana, con platos típicos como la salchicha goana, o la ternera
al estilo de Goa, además de su exquisito arroz con curri y coco, gambas… Todo
delicioso cuando tienes el cuerpo en condiciones para saborearlo.
| Salchicha goana. |
Goa se sitúa en el sudoeste de India, exuberante en vegetación, con grandes casonas de varias plantas, pintadas de colores llamativos y totalmente adaptada para satisfacer las necesidades de los turistas; una gran oferta de alojamiento desde hoteles de lujo, apartamentos independientes con cocina, y guesthouse más modestas y muy económicas; supermercados en los que se vendía hasta fideos japoneses udon, pastelería alemana regentada por nepalíes, restaurantes de comida india, china y continental, y una serie de tiendas de regalos y de cualquier accesorio para la playa. Un lugar cómodo para el extranjero.
Sus habitantes en esas fechas,
eran en su mayoría familias de rusos y muchos, muchísimos ingleses retirados
que van a pasar allí los meses de invierno y han creado sus propios grupos,
algunos alemanes, algún que otro francés perdido y dos españoles, Alex y
Rebeca.
Este es el ambiente en el que nos
movimos durante los 16 días que pasamos allí.
Benaulim, paraíso hippie
Nos alojamos en una casa, donde
los dueños vivían en la planta baja y alquilaban las cuatro habitaciones de la
planta superior. Nos vino bien encontrar un lugar tan tranquilo, ya que fue en
esa habitación donde pasamos la mayor parte del tiempo, tumbados en la cama,
viendo moverse las aspas del ventilador.
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| En la terraza de la guesthouse. |
En la habitación de nuestra
izquierda vivía una pareja de ingleses. Nos contaron que se dedicaban a viajar
seis meses y el resto del año volvían a su país a trabajar. Habían viajado
durante dos años con una caravana por Europa desde Turquía. Eran unos
aventureros, llenos de energía, muy simpáticos, que cada día nos preguntaban
cómo nos encontrábamos y nos daban su apoyo. Eran realmente encantadores. Nos
contaban que ellos una vez solucionaron su problema de diarrea tomando un
chupito de vodka para matar todos los bichos. Quizás nos hubiese ido bien ese
remedio.
Íbamos a desayunar a un
restaurante que servían una gran variedad de desayunos. Allí todos se conocían
y se respiraba un ambiente de adolescentes, entre ligues, risas, vestidos con
ropas provocativas, muy modernos o muy hippies…. Estaba Mick Jagger, la mujer
de Curt Cobain, la profesora de yoga, los tres ingleses malotes, la rubia
animadora, y cada uno se tomaba su desayuno particular, porridge, dos huevos
cocidos, ensalada de frutas con yogur y muesli, tostadas. En fin, creo que eso era
lo más sano que tomaban en el día porque la mayoría eran fumadores (de lo que
fuese), bebedores, juerguistas. Bromeábamos porque Alex y yo parecíamos los
viejos, con nuestra vida monacal, y ellos los jóvenes. Estaba genial verles
disfrutar y pensábamos que sería una buena forma de pasar la jubilación.
Nuestra vida monacal
A pesar del buen ambiente, de la
playa y del calor, nuestra salud no mejoraba. Yo mejoré un poco pero Alex
estaba tan blanco que lo confundían con un ruso. Decidimos ir a un médico
homeópata del pueblo, el Dr. Pritesh. Le recetó una medicación y volver al cabo
de tres días. Le vino bien y parece que mejoró. Sin embargo, yo empecé a
empeorar y volvimos a su consulta. Me dio una medicación específica, pero no
noté mejoría. Intentábamos hacer un poco de vida. Madrugábamos para ir a la
playa y pasear por la orilla, escribiendo en la arena nuestros proyectos y
sueños. Un par de días alquilamos una moto para ver los alrededores. El solo
hecho de sentir el aire fresco en la cara desde la moto nos hacía sentir mejor.
Pero tampoco podíamos irnos muy lejos. A penas podíamos comer, a mí me sentaba
todo mal y Alex tampoco estaba bien del todo.
Empezamos a plantearnos qué
hacer. Habíamos pensado en visitar varios lugares turísticos en nuestra ruta
hacia el sur, pero no veíamos el día en el que nos sintiésemos bien para
reanudar la ruta. Teníamos pendiente bajar a Varkala y reencontrarnos con nuestro
amigo Ajin (que nos quería presentar a su novia y nos invitó a su boda), con
Abdul y con Vishak, que nos había seguido en nuestro viaje.
| Con Ajin el año pasado. |
No teníamos fuerzas para pensar
en negocios y sentía que estábamos perdiendo el tiempo. Nos frenaba mucho el vuelo que habíamos
comprado para visitar Sri Lanka en enero, nuestro eterno destino pendiente, que
al final tuvimos que cancelar.
Le decía a Alex que no quería que
este viaje no significase nada para vosotros. Si no encontrábamos ningún
negocio, al menos quería sentirme útil y trabajar como voluntarios en alguna
organización. Contactamos con varias personas en India, pero no recibíamos
respuesta. Nos avisaron para ayudar en la costa sur de Francia y en Nueva
Zelanda, pero estábamos muy lejos.
Un doctor de Bangalore que tenía
una ONG y ayudaba a gente de la calle en sus clínicas nos respondió,
pidiéndonos que le explicásemos qué fechas teníamos disponibles para ver cómo
podíamos organizarnos. Pero allí se quedo todo. A pesar de nuestra voluntad, yo
seguía encontrándome mal y decidimos ir a un hospital.
Nuestra experiencia en un hospital indio
Después de 18 días con diarrea
decidimos ir a un hospital de la ciudad cercana de Margao, por suerte a tan
solo 5 km de nuestra ubicación. Llamamos al seguro médico y nos dijeron que
fuésemos al hospital que quisiésemos porque allí no tenían ningún hospital
concertado y que después nos abonarían las facturas.
Al llegar a admisión, lo primero
que tuvimos que hacer fue pagar para que nos atendiera el Dr. Mahendra. Era un
gran hospital, donde numerosos turistas ingleses acudían con grandes expedientes
para su chequeo anual.
El doctor me recetó un
antibiótico, sin darle demasiada importancia a la diarrea. Si seguía mal, tenía
que volver a los tres días. Y seguía mal. Con el antibiótico comencé a tener
naúseas, picores en las manos, sin ganas de comer. Al volver, el médico comprobó
que seguía con inflamación y me dijo que era mejor que me ingresaran si yo
estaba de acuerdo. Le dijimos que sí. La primera que me ingresaban en un
hospital, y tenía que ser en India.
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| En el hospital de Margao (India). |
Otra vez, el primer trámite fue
pagar una cantidad estimada de los gastos, que después abonarían si resultaban
ser menos.
No me puedo quejar del trato que
allí recibimos. Llegó una enfermera con dos bolsas de papel llenas de botes y
colocó en la mesilla una gran cantidad de medicamentos. Pensé que metía en el
cajón productos de aseo personal como jabón, cepillo de dientes…pero en
realidad era un montón de jeringuillas. Continuamente
entraban enfermeras en la habitación para tomarme las constantes, vigilar el
suero, incluso me acariciaban la vena de la mano cada vez que introducían algún
medicamento porque me dolía. Alguna un poco más atrevida me preguntaba de dónde
era, si tenía hijos,…todas eran muy dulces, muy guapas, todas con un pequeño
bindi en su frente, su pelo recogido en un moño y su uniforme azul. Se me
ocurrió que entre sus normas de vestimenta tendrían como requisito que el bindi
en la frente no fuera superior a medio centímetro de diámetro. Tonterías que
piensas cuando tienes mucho tiempo sin nada que hacer.
Les sorprendía que para comer
solo quisiese arroz blanco (¿sin dahl?), casi no comía. Sólo veía la cantidad
de antibiótico que ponían y me preocupaba. Me hicieron una ecografía, un
análisis de sangre básico y un análisis de heces. Parece que los resultados
eran más o menos normales. Ya no tenía diarrea y preguntaban insistentemente si
vomitaba. A penas me movía ni me levantaba de la cama. Así que al día
siguiente, cuando vino el médico y me ofreció si quería seguir allí o salir, le
pedí salir. Me pidieron quedarme hasta por la tarde. Tenía unas décimas de
fiebre, pero parecía normal. Me recetaron más antibiótico y me pidieron volver
al cabo de una semana, pero ya teníamos decidido volvernos a España. A las 19h
salimos del hospital, y comprando la medicación en la farmacia del hospital
comencé a marearme y tuve un bajón de tensión. Me encontraba fatal. Volvimos a
nuestra casa en moto y el aire en la cara me reanimó. Por el camino, por la
carretera oscura, vi como un joven con el cuerpo deformado, iba sentado en una
tabla con ruedas que arrastraba su madre con la ayuda de una bici. Pensé, eso
es mucho peor, así que no te quejes Rebeca.
La decisión de volver
Antes incluso de llegar a la
guesthouse, fuimos directos a un cibercafé para comprar por internet los
billetes de avión para España. Alex ya había consultado previamente los
horarios. Si cogíamos el avión al día siguiente de madrugada, llegaríamos a
casa el día de Nochebuena por la tarde, menuda sorpresa para nuestra familia.
Yo no podía esperar a decírselo a mi madre y le avisé, pero Alex prefirió
darles un sorpresón y llegar a casa como el del anuncio de El Almendro. Esta
vez teníamos muchísimas ganas de volver a casa y estar con la familia.
Viéndolo en retrospectiva, después
de todo lo que ha pasado agradezco enormemente que que mi amiga Mª Eugenia le
diese importancia a lo que me pasaba y me aconsejase volver, las palabras de
apoyo de Gema y apoyo incondicional de Frédérique, su preocupación, su
reflexión de que valorase la opción de volver a casa y sobre todo, la
insistencia de Alex en que volviésemos a casa, sus explicaciones para
convencerme. Yo no quería volver, no quería rendirme, sentía que estaba
perdiendo la oportunidad de descubrir lo que quería, pero si no le hubiese
hecho caso, quizás no estaría escribiendo esto ahora.
Volábamos a las 3:40h de la
madrugada desde Goa hasta Qatar y de Qatar a Madrid. Dos vuelos de 3 horas y
media y 7 horas. Sobra decir que fueron los peores vuelos de mi vida. Solo
contaba las horas para llegar a casa.
Por fin llegamos a Madrid. Nos sorprendió
ver tantas personas que viajaban ese día para reencontrarse con sus familias. A
mí personalmente no me gustan las navidades, por el consumismo asociado; sin
embargo ese día me ilusionó estar allí, ver a familias, o gente sola con su
mochila, sus maletas, que volvían a casa, que se reencontraría con su familia,
se abrazarían contándose sus historias.
Por fin en casa, en familia
Nunca en mi vida agradecí tanto
la posibilidad de llegar a Zaragoza en 1h y cuarto en el AVE, en lugar de 4h en
el autobús. A nuestra llegada, nos recibió el tamborilero de Rafael y de fondo
mis padres, mi hermano, mi cuñada y mis sobrinas, por fin en casa!!
Intenté pasar lo mejor que pude
la cena de Nochebuena y la comida de Navidad. No tenía ganas de comer y me eché
un rato en la cama. Entonces vino mi sobrina de tres años a estar a mi lado y
acariciarme el pelo. Pensé, esto no tiene precio.
Alex se presentó por sorpresa en
casa de sus padres para darles primero un gran susto y luego una gran alegría.
Un largo día en urgencias
Al día siguiente, el 26 de
diciembre, Alex y yo fuimos a urgencias. Alex seguía con diarreas y yo
vomitaba.
En admisión, tuvimos que aguantar
el comentario impertinente de una trabajadora del hospital que al relatar
nuestro motivo para acudir a urgencias, nos dijo que era muy normal tener
diarreas en India. Y le contesté que 24 días de diarrea no era normal.
Enseguida nos atendieron, a cada
uno por un lado. Me hicieron una analítica completa. Esperando los resultados
comentábamos Alex y yo lo afortunados que éramos en este país por una
asistencia médica tan buena que a veces no sabemos valorar.
A Alex le detectaron más tarde que la causa de su diarrea era una bacteria y le recetaron un antibiótico específico.
En cuanto llegaron mis resultados, supe que algo no iba bien por la cara de la médica que me atendió.
Me llevó a hablar con otro médico todavía más preocupado. Me dijeron que tenía
el hígado muy dañado y tenían que ingresarme.
Me llevaron a la sala de observación hasta decidir dónde me ingresaban.
Allí estaba sola y Alex sólo podía visitarme en un horario determinado. De
nuevo el médico con cara de preocupación vino a decirme que tenía el hígado muy
dañado, que estaban estudiando qué hacer y le sorprendía verme tan tranquila y
lo estaba. Pensaba que todo se arreglaría. Yo siga diciendo a la familia que
estaba pendiente de los resultados.
Por la noche, justo en el horario
de visitas, vino una doctora y le pidió a Alex que saliese fuera porque quería
hablar conmigo. Ella aún estaba mucho más seria. Pensé, esta es la cara que
ponen cuando tienen que dar malas noticias. Me dijo que tenía el hígado tan
dañado que estaban fallando sus funciones y que temían que tuviese un fallo
hepático y necesitase un trasplante. Me iban a trasladar en ambulancia a la UCI
del Hospital Clínico porque hospital era allí donde se realizaban los
trasplantes de hígado de Aragón. Cuando oí la palabra trasplante sí que me
preocupé y lo primero que se me pasó por la cabeza fue “¿y si no hay un
donante?”. Esa reflexión me hizo después pensar mucho en el papel tan
importante de los donantes de órganos.
Tuve que explicarle
atropelladamente a Alex lo que ocurría y llamar a mis padres para avisarles que
me llevaban a la UCI del otro hospital, omitiendo el tema del trasplante.
Una atención médica excelente
Obviamente se me pasó por la
cabeza la posibilidad de morir, pero estaba tranquila. Quizás si no hubiese
cumplido el sueño de nuestro gran viaje habría estado más asustada. Pero pensé
que había disfrutado un montón este último año y había vivido como quería,
había disfrutado tanto de la vida. No moriría lamentándome por no haber hecho
lo que quería. Como dicen nuestros amigos Fernán y Miriam, que me quiten lo
viajao.
En la UCI me recibieron dos
doctoras y varias enfermeras muy profesionales y muy humanas, e hicieron todo
lo que pudieron para que me sintiera allí lo mejor posible. Dejaron que pasasen
a verme Alex y mis padres, y las doctoras le explicaron a mi familia con mucho
tacto lo que ocurría. Había riesgo, pero lo normal es que todo evolucionase hacia
una mejoría.
A pesar de la gran atención del
personal de la UCI, apenas pude dormir y me sentía incómoda. Al ver que lo
pasaba mal, que había mejorado y que también había mucha gente en la UCI, me
ofrecieron la posibilidad de bajar a planta, y fue una gran noticia. Estaba
mejorando y en planta también estarían pendientes de mí. Mi hígado estaba un poco mejor.
Compartí dos días habitación con
Emilia, una señora maja, tranquila que contribuyó a que tuviésemos un ambiente
relajado en la habitación. Vinieron a verme Alex, mis padres y los padres de
Alex. Estábamos más animados porque me trasladasen a planta, hasta que llegaron
cuatro doctoras al pie de mi cama, dirigidas por una doctora con cara de pocos
amigos, que después de pedirme que le contara de nuevo toda mi historia, me
dijo que no debería estar allí, que lo que menos le importaba en ese momento
era mi comodidad, que debía ser consciente del riesgo que corría de tener un
fallo hepático y que si no me trataban a tiempo el final era la muerte. Y
después de la muerte ya no se podía hacer nada. Así de tajante. Yo les escuché como
quien recibe la regañina de un padre y les dije que me subiesen a la UCI si lo
consideraban necesario. Al salir de la habitación Emilia se echó a llorar y me
dijo que era muy valiente. Después le tocó a mi familia recibir las crudas
palabras de esa doctora. Me acordé muchas veces de nuestro amigo argentino
Boti, que escribió un libro junto a su madre contando su experiencia entre
hospitales, y relataba de manera espléndida la importancia del lado humano y
de la sensibilidad de los médicos en el trato con el paciente.
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| Libro de nuestros queridos Boti y Soledad. |
Por suerte, salvo ese susto,
después todo fueron buenas noticias. Mi hígado se estaba recuperando bien. Yo
me encontraba mejor.
A Emilia le dieron de alta y
cambié de compañera. Entonces compartí habitación con Virginia, una chica de 31
años que le había pasado lo mismo que a mí. Sin embargo ella estuvo mucho peor
que yo y estuvo a punto de recibir un trasplante. Pero valoraron su juventud,
sus condiciones de vida y apostaron por su recuperación. Ahora estaba mucho
mejor, e incluso pudo celebrar Nochebuena en casa. Para mí fue una gran alegría
tenerla como compañera. Me ayudó muchísimo saber que había pasado por lo mismo
y me alegraba verle tan mejorada y tan optimista. Pero aparte de eso es una
chica tan dulce y tan cariñosa que aún me animó mucho más. Había pasado más de
un mes en el hospital, 15 días en la UCI y todas las enfermeras estaban
encantadas con ella. El día 30 de diciembre le dieron el alta y desde entonces
no ha faltado un día en el que me escriba preguntándome como estoy, alegrándose
conmigo y compartiendo cada buena
noticia. Ha sido una gran suerte conocerle y juntas celebraremos muy pronto que
estamos mucho mejor.
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| Celebrando Nochevieja con turrón en el hospital. |
Diagnóstico final
Al cabo de unos días, me dieron
la mejor noticia que podía esperar. La causa de mi estado era hepatitis E, una
hepatitis vírica, típica de países de Asia y en concreto India, causada por
beber agua o comida contaminada. Una hepatitis que no es crónica y que se cura
con reposo. Incluso hay personas que pueden pasarla sin tener ningún síntoma.
En mi caso, probablemente estaba bastante floja y me afectó tanto al hígado que
me produjo una insuficiencia hepática aguda.
Mi mayor temor era que no
encontrasen la causa y seguir con la incertidumbre, sin saber si me podría
poner mal otra vez.
Al final, tras diez días en el
hospital y una rápida mejoría me dieron el alta el día 4 de enero, el mejor
regalo de Reyes que podía recibir.
Ha sido una gran susto para la familia
y amigos, pero agradezco muchísimo todo el apoyo recibido, todas las palabras
bonitas, los rezos, cada uno a su dios, la energía positiva, los cuidados de mi
familia, la compañía de mi madre y Alex en las noches y la compañía de mis
familiares en horas largas en el hospital. Me he sentido muy querida por todos
y muy animada en todo momento.
Ahora no veo el momento para
seguir haciendo cosas, continuar con una vida nueva, con mucha ilusión con
Alex, seguir luchando por nuestros sueños y por supuesto, más adelante llenando
la maleta de viajes de Alex y Rebeca. Pero ahora es momento de recuperarse,
coger fuerzas, y disfrutar de nuestra familia y amigos. Vaciamos temporalmente
la maleta para limpiar los trapos viejos, pero sigue llena de todos los
recuerdos y experiencias acumulados en nuestros viajes.
Muchas gracias a todos por estar
ahí.







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