domingo, 15 de febrero de 2015

Xin chào, Vietnam!


Llegamos a Vietnam hace unos días. Cruzamos de nuevo la frontera terrestre con Camboya, en un bus desde Phnom Penh a Ho Chi Minh City. Me encanta cruzar fronteras por tierra. Esta vez además tuvimos que cruzar el río Mekong en un ferry dentro del autobús. Es mucho más interesante que hacerlo en avión en el que apenas te das cuenta de que cambias de país.

Saigón, la ciudad que nunca duerme
Nos alojamos en Phan Ngu Lao, el barrio mochilero de Saigón. Esta zona está llena de pubs con música a tope, chicas muy descocadas :) , lugares para cenar...con todos con las mesitas dispuestas mirando a la calle para ver el ambiente. Oímos unas trompetas y una especie de charanga, le digo a Alex “ahí tienen juerga, están celebrando algo”. Nos acercamos y se trata de un entierro. La gente sentada en las sillas, en la calle se reúne a despedir al difunto. Aquí la vida y muerte conviven de un modo menos dramático que en occidente, o eso me parece a mí.
 
Night market.
Salimos por la tarde a dar una vuelta hasta el night market, o mercado nocturno y en un cruce nos encontramos con Iring, una mujer de Malasia que tiene miedo a cruzar la avenida con semejante cantidad de motos. Ve a Alex tan resuelto que se agarra de su brazo para pasar. Después se agarra del mío y no me suelta. Juntos vemos los puestos de la calle, cómo en un restaurante cocinan viva a una langosta en las brasas (qué dolor! Pobre animal!!). Iring toca todo, pregunta todo y me hace gracia comprobar cómo es diferente el trato entre el vendedor y un turista asiático a uno occidental. Me río porque Iring me va haciendo comentarios “por lo bajini” (uuuy, eso es muy caro; uyy, eso no me interesa, sólo comida local, los souvenirs todos iguales; uuy, eso no es de aquí, es importado). A la mujer se le ve contenta de compartir un rato con nosotros y nos pregunta por nuestro viaje. Pero, por una vez desconfío. Justo al salir del hotel había leído un papel en el que advertían que a veces se acercaban personas que decían ser de algún país asiático como Malasia o Singapur para ganarse tu confianza y luego te intentaban timar. Me da pena cuando me dice que le gustaría ver el Taj Mahal y el Annapurna, pero no tiene a nadie con quien viajar; nos pregunta mucho sobre nuestro viaje y le respondo pero después de compartir el paseo por el mercado nos despedimos para ir a cenar y con el deseo de volver a vernos. Y es que después de todo lo que hemos leído sobre Vietnam,  sobre los timos, los robos y el trato de la gente, nos mantenemos alerta. No quiero crearme prejuicios, pero sí andar con cuidado. Hasta el momento tengo que decir que los vietnamitas nos han tratado muy bien y han sido amables. 
En Saigón visitamos varios lugares de interés, nos perdemos por el barrio chino...
 
El ayuntamiento.

Notre dame.

La oficina central de correos.

El bonito edificio de la ópera.

Interior de uno de los templos del barrio chino.
y nos entretenemos viendo cómo juegan al đá cầu, el deporte nacional con una especie de volante como en el badminton. Ves a grupos de personas de cualquier edad dándole unos golpes espectaculares. Me sorprende la agilibicdad que tienen, incluso personas mayores. También es un hábito que deberíamos exportar a nuestras vidas: vida saludable, ejercicio, bicicleta... y así consiguen sentarse como se sientan :)


Me encanta cómo se sientan en cuclillas, imposible imitarles.

La ciudad de las motos

Nunca habíamos visto tanta concentración de motos. Y eso que en el sudeste asiático abundan en todas las capitales. Pero aquí todo el mundo va en moto. Hemos visto abuelicas encorvadas enfundándose el casco y subiéndose a una con ligereza. Cruzar la calle puede ser una aventura a no ser que seas Alex y te desplaces con tanta naturalidad entre las motos que hasta los vietnamitas se asombran. Se estima que hay 7 millones de motos y 9,5 millones de personas. Si descontamos los niños que todavía no pueden conducir una moto, sale a más de una por cabeza. Además es todo un negocio para los comerciantes. Se aparcan en la acera (lo que dificulta el paseo por la ciudad) y el dueño que tiene el puesto ambulante de bocadillos, fideos o lo que sea al lado, se encarga a su vez de vigilarlas, aparcarlas ordenadamente y sacarlas para entregarlas al propietario cuando se marcha. Pensamos que se deben ganar más dinero de esto que del propio negocio en sí.
Aquí no se ven muchas pero me hace gracia la cara de la mujer con gafas blanca que posó para la foto.

Recuerdos de la guerra
Uno de los lugares que quería visitar sin falta era el museo de los vestigios de la guerra. Se lo debía a mi hermano, que es un apasionado de la historia y de la guerra de Vietnam en particular. Así que lo visitamos e hicimos un montón de fotos. En el exterior vimos los tanques, aviones; una exposición dedicada a las muestras de apoyo a Vietnam de los distintos países durante la guerra (donde echo en falta a España); pero especialmente sobrecogedora es la parte dedicada a las torturas  y a las fotografías de los efectos del gas naranja, entre otros. Durante la visita me hubiese gustado estar acompañada por mi hermano para hacerle preguntas que me surgen y explicaciones a hechos que no puedo entender.


  
Entrando en un túnel.
Al día siguiente visitamos los sorprendentes túneles de Cu Chi, un total de 250km de túneles construidos por los vietnamitas durante la guerra y es un ejemplo de su fuerza y tenacidad.
 


Preparando el Têt, el Año nuevo lunar
El día 19 de febrero se celebra el año nuevo del calendario vietnamita. Ya se nota en la ciudad el ambiente de fiesta y los preparativos de la que es la mayor fiesta del año. Me hace gracia ver las cestas con los aguinaldos como en España. El país se moviliza y ya nos advierte un camarero que esos días todo el mundo vuelve a casa y está todo lleno. A nosotros nos preocupa porque no sabemos si podremos seguir nuestra hoja de ruta o quedaremos atrapados en algún lugar. Por ello, estamos barajando otras posibilidades.





Mui Ne, pueblo de pescadores y belleza natural
Nuestra siguiente parada es Mui Ne, un pueblo costero de pescadores que nos resulta bastante atractivo por los lugares que se pueden visitar. Llegamos allí en un autobús intergaláctico. Se trata de un sleeper bus, de dos plantas donde vas recostado y a mí me parece bastante cómodo. Me acuerdo de mi padre que siempre me dice que copie alguna idea de los inventos que tienen por Asia. Este sería uno de ellos, aunque cada día me sorprende la creatividad de los asiáticos para buscar soluciones y los pequeños inconvenientes del día a día.

Si pensábamos que en Salou había llegado la invasión rusa, era porque no habíamos visto la cantidad de rusos que veranean aquí. Hay muchos resorts, hoteles y tiendas como en cualquier sitio de playa. Los restaurantes muestran al público en peceras expositoras el pescado vivo para que el cliente lo elija y se lo coma bien fresco. Vemos a las pobres ranitas, langostas y enormes gambas esperando su turno. Otros, como el cocodrilo se exponen despellejados :( y me cuenta Alex que incluso tienes la oportunidad de degustar cobra.

Nosotros probamos el pho, los rollitos vietnamitas y los bocadillos vietnamitas que están riquísimos. El pan es buenísimo y el café vietnamita exquisito. No tiene tanta cafeína y es más suave, pero cómo lo sirven es un arte.
Pho.

Delicioso café vietnamita.


Alquilamos una moto y visitamos los atractivos del lugar: las dunas de arena blanca, las dunas de arena roja, la zona de pescadores y las fairy stream, cuya traducción literal sería corriente de hadas y es como un pequeño cañón del Colorado. Nos entretenemos contemplando la belleza de la naturaleza y una vez más nos convencemos de que en los lugares pequeños es donde más nos relajamos y disfrutamos.
Paradón de Alex en las dunas blancas.

Dunas rojas.

Barquito redondo que parece una palangana gigante.

Ajetreo en el puerto.

Dónde está mi barco.

Alex enseñándome cómo se salta.



Tumbas al lado de la carretera.

Fairy streams.

Jugando con el sol, en las dunas rojas.




Dalat, la ciudad de los enamorados
La casualidad ha querido que el día de San Valentín llegásemos a Dalat, una ciudad de montaña donde vienen muchos vietnamitas a pasar la luna de miel. Es un destino romántico, que fue destino favorito de los colonos franceses, y recuerda un poco a Suiza, otro poco a Jaca, otro a Francia. Todo menos Vietnam. Hay un montón de cafés, pastelerías y tiendas muy bonitas; hasta los vietnamitas parecen aquí más occidentales. 
 
Estación de tren.


Vista del lago.

Hacemos una parada en un precioso café y parezco estar viendo una escena de una película, que le dedico a Carlota por su cumpleaños. Pienso en Frédérique, desde luego que le gustará Vietnam. 

Al día siguiente alquilamos una moto y hacemos 150km para ver los alrededores. Visitamos una cascada, que me recuerda al Monasterio de Piedra, un buda sonriente, varias pagodas, la antigua estación de tren,  la catedral, una casa inspirada en Gaudí y el lago que se extiende alrededor de la cuidad. Durante el recorrido hemos visto muchísimos campos de cultivo, de gladiolos rojos, tulipanes, rosas y margaritas amarillas, todo en los colores nacionales. Se acerca el año nuevo y es un trasiego de flores y plantas por todos los lados. También me entretengo viendo qué transportan los vietnamitas en su moto. Hsta ahora hemos visto de todo lo imaginable: colchones, un compresor, una mujer sujetando una bici en brazos, un gallo, un techo de panel de sandwich....pero lo que más gracia nos ha hecho es ver a dos chicos transportando una rueda de tractor! la visión resultaba cómica.



Y mañana subiremos hacia al norte. Hemos tenido problemas para encontrar billetes de bus porque está todo lleno por el año nuevo, así que tendremos que pensar alguna otra alternativa para movernos...

domingo, 8 de febrero de 2015

Camboya, las maravillas ocultas de Angkor



CRUCE DE FRONTERAS RUMBO A CAMBOYA

Nos despedimos de Tailandia no sin antes darnos un buen masaje. Alex se dio uno de pies y espalda y el mío un masaje tailandés. Como la vez anterior llevaba el cuerpo molido y me dolía cada músculo que me estiraba, pero la mujer hacía los movimientos con tanta delicadeza que hasta ella misma decía de vez en cuando “beautiful”. La verdad es todo un arte ver cómo ejercen la fuerza necesaria a través de sus pies, brazos, manos, tan elegante y a la vez tan doloroso para el que lo recibe.
El cruce de la frontera entre Tailandia y Camboya fue muy cómodo, comparado con el de Myanmar-Tailandia. 

El autobús parecía una delegación de las Naciones Unidas. Salvo tres o cuatro tailandeses, el resto éramos todos extranjeros. Las chicas de delante eran americanas; la pareja de al lado, chinos; los de detrás, un portugués y un malayo; y las de detrás de la derecha una pareja de japonesas que estaban aprendiendo español para trabajar de guías.

Al llegar a la frontera nos dieron una acreditación para controlar a los pasajeros del bus y bajamos a hacer el papeleo. Ya en el lado de Camboya vimos muestras de la corrupción que suele acompañar a estas zonas. Gente que pasaba directamente sin hacer fila previo pago; para algunos debía ser el camino diario de ir al casino y volver; pedir dinero de más porque sí, etc. Ya habíamos leído sobre ello y sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, así que poco podíamos hacer.

Lado de Tailandia

Lado de Camboya.
Cruzamos la frontera sin problemas y el bus nos llevó hasta Siem Reap, donde se encuentran los maravillosos templos de Angkor. Al llegar nos quedamos asombrados de lo que vimos. No esperaba encontrar tanto lujo: grandes hoteles, tienda de iphone6, Lexus por todos los lados… Por suerte,  la amplia oferta en alojamiento de todas las categorías y restaurantes con comida de todo tipo, hacen que la ciudad sea un lugar cómodo para pasar los días que dedicamos a ver los templos Angkor.

Angkor
Según dice la UNESCO, Angkor es uno de los sitios arqueológicos más importantes del Asia Sudoriental. Se extiende por unos 400 km2, cubiertos en gran parte por la selva, y encierra los admirables vestigios de las distintas capitales del Imperio Jémer, que estuvo en su apogeo entre los siglos IX y XIV.
En su interior alberga más de 900 monumentos y por ello compramos una entrada de 3 días para disfrutar y apreciar al máximo la belleza del lugar. Yo tenía muchas ganas de visitar el lugar y me quedé maravillada. Me impresionó más que el Taj Mahal.




El primer día contratamos un tuc-tuc con el señor Ngem, para visitar los monumentos más alejados; los dos días siguientes lo hicimos en bici. Madrugábamos para evitar el calor del mediodía, pero al final las visitas se alargaban a 9 y 10 horas, así que acabamos agotados pero satisfechos. Pero el camino era todo llano y el paseo entre templo y templo resultaba muy agradable.







Las tardes las dedicamos a descansar y a visitar el Night Market, repleto de bares y pubs para entretener a la multitud de turistas que visitan el lugar.  También aprovechamos a trazar la ruta que seguiríamos en los próximos meses y después de mil cábalas, por fin compramos los billetes de avión para los dos próximos destinos.

Comida
Nos sorprendió gratamente la comida camboyana y como somos animales de costumbres, una vez que encontramos un sitio donde nos tratan bien y es acorde a nuestro presupuesto, solemos repetir y nos repartirnos entre dos o tres lugares más. 
Noodles camboyanos.

Bocadillo camboyano.

Me quedo con la Angkor, más rica.

Esta vez tuvimos la suerte de encontrar un puesto ambulante de sushi al lado de nuestro hotel!. Otra delicia del lugar son los batidos de frutas y cafés helados que vienen muy bien para apaciguar el calor que tenemos por aquí. Normalmente en las comidas, también te ponen un vaso de hielo picado para que te eches té (esto también era habitual en Myanmar, pero allí el té se tomaba caliente). Casi siempre es té de jazmín y cuando lo tomo me viene a la mente mi querida Frédérique. Cuando vuelva tomaremos muchos tés juntas.  Y los deliciosos bocatas camboyanos, los noddles camboyanos y la cerveza!! También abundan los sitios de barbacoas que me recuerdan a mi hermano y a mi cuñado, cuánto disfrutarían ahí!

La gran brecha entre ricos y pobres
Pero frente a la riqueza y buena salud de la que parece gozar la ciudad gracias a los templos de Angkor, hay otra cara más triste y que resulta más amarga por la brecha tan grande entre ricos y pobres. En Angkor vimos muchos, muchísimos niños vendiendo souvenirs; otros pidiendo; vimos cómo la policía se acercaba a unos de ellos y les pedía dinero y cómo cuando se fueron aparecieron otros niños que se habían escondido para evitar el pago de lo que fuera; vimos niños trabajando en la construcción; vimos cómo muchos niños trabajan en los bares ayudando a la familia desde primera hora de la mañana hasta última de la noche; les veíamos a la hora de cenar con cara de cansados y cómo, medio  dormidos, intentaban atraer clientes al restaurante. Pero lo peor que vimos, o más bien, vio Alex fue una escena que se produjo un día cenando en un bar. Estábamos cenando en uno de nuestros sitios habituales y Alex me comentó cómo dos chicas en la mesa de al lado habían pedido un montón de comida. Al final no pudieron con toda y se dejaron varios platos sin terminar. Al rato llegó un niño de no más de 7 años acompañado de su hermana pequeña; llevaban un saco en el que recogían latas y plásticos e iban pidiendo dinero por las mesas, sin apenas oírles. Cuando llegaron a la mesa de las chicas, se quedaron mirando la comida y les pidieron si se podían comer lo que habían dejado. Yo estaba de espaldas y no les veía, pero Alex me describía cómo el niño se comía el plato de arroz con un hambre de varios días mientras le daba de comer también a su hermana. Todos los que allí estaban se quedaron asombrados de la situación. Vi como Alex se emocionaba ante lo que sucedía. Al final recibieron comida y dinero de todos nosotros, aunque no dejé de pensar con ello en el dicho de “pan para hoy, hambre para mañana.” Esto nos hizo reflexionar y mucho sobre cómo se vive en un mundo en el que unos malgastamos lo que otros no tienen, y sobre qué podemos hacer nosotros para contribuir lo menos posible a que esto ocurra. El viaje nos está enseñando a llevar una vida más frugal que nos hace valorar todo mucho más.

Siem Reap
El último día en Siem Reap lo dedicamos a visitar la ciudad que también tiene sus lugares de interés. Llegamos a un templo-escuela budista y nos encontramos con un montón de monjes haciendo fila a los que los fieles entregaban dinero como donativo. Los monjes a su vez entregaban parte de este dinero a los pobres que pedían allí. Todo el mundo iba muy arreglado y parecía que celebraban algo: una mujer acompañaba a un monje y juntos liberaban pajarillos de una jaula; la gente se concentraba junto a unas preciosas estatuas hechas con flores; las mujeres se mojaban la cabeza con las flores de loto a modo de bendición. Y nosotros nos dejamos llevar por sus costumbres e hicimos lo mismo. 







Después nos enteramos que se celebraba el día de Meak Bochea. Es una celebración budista importante que marca una reunión espontánea de 1.250 monjes a escuchar los sermones de Buda. La reunión se atribuye a cuatro milagros que ocurren nueve meses después de la iluminación de Buda, en el día de la luna llena durante el tercer mes lunar. En este encuentro milagroso Buda predicó un sermón seminal delineando los principios sobre los cuales, el budismo se fundamenta. Hoy se celebra con la recopilación de monjes en los templos y la oración de las escrituras budistas. Los camboyanos que van a rezar y ofrecer tributos de comida a los monjes. 

El lado oscuro de Phnom Penh
El trayecto en bus hasta la capital de Camboya fue uno de los más pesados hemos hecho. No por las 9 horas de trayecto, sino porque en la mayor parte del recorrido no había carretera. Está todo en construcción y el paisaje que se observa a través del cristal es el de poblados llenos de polvo rojo de la tierra y viviendo con lo básico. Está claro que la riqueza se concentra en los lugares turísticos.
Jugando con mi compañera de viaje.

Nos costó un poco sentirnos cómodos en Phnom Penh. Otra vez un gran contraste entre riqueza y pobreza. Nos costó encontrar sitios de confianza donde comer; aunque finalmente lo conseguimos, antes tuvimos que discutir en un par de ellos porque nos querían cobrar más de la cuenta. Y es que tener que regatear por la comida o que intenten timarte es algo que no me gusta nada. En India regateabas, pero la comida era sagrada. 


Bonito hotel, no es de los más lujosos pero me gustó.

También por las calles de la capital sufrimos el primer “accidente” de tráfico. A pesar de que aquí existen aceras y a veces bien grande, muchas veces están ocupadas por coches aparcados encima. De hecho está pintado para que ahí aparquen, así que nos vemos obligados a andar por la calzada. Una de esas veces, una moto golpea a Alex por la espalda y como Alex está hecho un torito, en lugar de caerse él, la moto pierde el equilibrio y se choca contra un autobús y sus tres ocupantes se quedan atrapadas en el suelo entre la moto y el bus. Pero allí parece que no pase nada. Nos acercamos, preguntamos y las tres chicas de la moto están un poco doloridas, pero el autobús ni se ha parado.

Advertencias de la guesthouse. Una pena lo de los niños.
Otro aspecto que no me gusta nada de la capital es el turismo sexual que aquí es mucho más que evidente. Si bien en Tailandia ya vimos algo, aquí el porcentaje de hombres occidentales solos en busca de compañía femenina es muy muy grande. Me fijo y los bares y todo hombres, hombres y más hombres. Algunos solos, otros ya se han formado su grupo de caza. En fin, entiendo que en ocasiones es un acuerdo previo, pero cuando la diferencia física es tan evidente sólo confío en  que la psicología femenina medie en ese encuentro. Porque como decía nuestra Elena de Myanmar, hay algunos que no sabrías ni por dónde comértelos.     



Pero Phnom Pehn también tiene sitios agradables como el paseo junto al río Tonle, donde puedes encontrarte a un grupo de gente bailando una coreografía al ritmo de música pop, un profesor de artes marciales enseñando a su alumno cómo manejar la espada, o acercarte hasta al night market a escuchar música en directo y cenar sentado en el suelo sobre unas esterillas un rico pad-thai y una parota con curri :)

Un poco de historia
Camboya tiene un pasado no muy lejano en el que sufrieron las barbaries del régimen de jemeres rojos y que se saldó con la muerte de un tercio de la población. El país quedó desolado y aún se está recuperando de este episodio devastador. Hace dos años, cuando Camboya estaba en nuestra lista de posibles países para visitar, leí el libro Se lo llevaron: recuerdos de una niña de Camboya, de una superviviente que contaba su experiencia vivida de niña y que hoy es activista por los derechos humanos. Su lectura me impresionó mucho, por eso me resultó muy triste e impactante la visita al Museo de los Crímenes Genocidas Tuol Sleng. Se trata de una escuela convertida en prisión donde torturaron y ejecutaron a miles de personas durante el régimen de los jemeres rojos. Sobre todo, por ver otro duro ejemplo de hasta dónde puede llegar la naturaleza humana en cuanto a crímenes y lo poco que le importa al resto del mundo cuando no hay intereses de por medio. 
Normas de seguridad de la prisión.

Fotos de los prisioneros.

Vista desde el interior de un edificio.

Nuestro paso por Camboya ha sido breve. Me hubiese gustado dedicarle más tiempo y conocer más a fondo este país que parece tiene mucho que contar, pero nuestro camino sigue y ya hoy estamos en tierras vietnamitas, descubriendo nuevos horizontes.