jueves, 8 de octubre de 2015

Recuerdos de Ecuador

Todos tenemos nuestra lucha. Nuestra lucha interna. Hay personas que se cansan de luchar y se resignan. Otras necesitan un apoyo, un impulso para revelarse. Y otras no descansan hasta encontrar su lugar en este mundo. No importa dónde estén, cómo estén o cómo parezcan estar. Al final, todos luchamos con o contra nosotros mismos,  con o contra la sociedad, por eso debemos ser comprensivos y tolerantes con el de al lado, que al igual que nosotros también está lidiando con su existencia. Pero mientras sigamos luchando, la vida continua, y se van ganando pequeñas batallas que nos animan a avanzar. También se pierden otras y debemos sobreponernos. Y a veces tienes la grandísima suerte de encontrarte con personas con son ejemplos de auténticos guerreros, que pese a las dificultades no dejan de ver la vida con optimismo y que además lo contagian. Entonces te das cuenta que tu pelea en realidad no es tan enorme ni tan dramática y te hace ser más humilde y si aprendes la lección, también más fuerte. Cuánta gente de este tipo hemos conocido por el camino, y cuánto nos han ayudado, a veces incluso sin saberlo ellos, sin podérselo transmitir. Así que para ser justos y honrados con el karma, solo podemos trasmitir esos mismos valores a otras personas que en un momento dado también necesitan ese ejemplo en el que reflejarse. Y en ello estamos.

Una vez más hemos tenido una muestra de hospitalidad tan grande, de gente con un corazón enorme y con tanta humanidad que sólo puedo estar agradecida con el mundo por conocerles y hacerme partícipe de su existencia y de su manera de vivir,  que tanto me ayuda a aprender y a confiar en la bondad del ser humano.

Estos días hemos estado en San Agustín (Argentina), en una casa colonial del siglo XVIII como las que imaginaba en mi mente cuando leía las novelas de Isabel Allende. Sería el decorado perfecto para adaptar al  cine uno de sus libros. Sin retocar un solo cuadro. Una casa con mucha historia, en plena naturaleza, con un jardín hermoso,  con perros, caballos, un lugar idílico en el que Alex se sentía feliz y que tan bien nos ha venido para descansar después de tanto movimiento de cambio de países.
La casa de San Agustín.
Uno de los momentos que más he disfrutado, era sentados a la mesa en la comida o la cena, charlando con Soledad y Carlos, sobre su historia, sobre la Argentina, sobre la vida aquí y allá. Me encantaba escuchar a Carlos con su voz de locutor de radio y Soledad con ese acento argentino y su risa contagiosa. Podría decir que son encantadores, que el amor que en esa casa se respira crea un ambiente perfecto pero como en la famosa canción “las palabras se quedan cortas para decir todo lo que siento”. Así que diré que su ejemplo de vida me reconforta y me llena de paz. Pienso, “así me gustaría vivir, tan satisfecha con lo que hacen”. Y es que todos los integrantes de la familia nos han hecho sentir como en nuestra familia, esa que dejamos hace un año y que en este último tramo del viaje empiezo a echar demasiado de menos. Bueno, todos menos uno. Samba, la perra más brava que hemos conocido ejercía bien su papel de guardián y mantuvo a Alex alerta todo el tiempo.
Con Carlos y Soledad.
Pero sin duda alguna, el hijo mayor, Boti ha sido la persona que más profundamente admiro. Leí de corrido el libro que, junto con su madre, escribieron acerca de su vida y experiencia con su discapacidad. Lo que más me impresionó fue su eterna lucha desde pequeño para seguir adelante y la fuerza con la que ha afrontado su situación. Fue un niño que supo ganarse muchos amigos desde pequeño, y eso nos fácil cuando otros como yo por ejemplo estábamos con nuestros complejos. Supongo que aceptar su discapacidad con naturalidad y contar con el apoyo de esa magnífica familia han tenido mucho que ver en su evolución y en llegar a ser el hombre fuerte que es hoy. Y su labor continúa ayudando a otras personas con discapacidad, pero no sé si es consciente de cuánto ayuda también a otras personas que como yo, vemos en él un referente para afrontar la vida, para quitarse el sombrero, aunque el mío me lo olvidé en Cuenca (Ecuador) y tenga la cabeza descubierta.

¿Y cómo llegamos hasta San Agustín?

Pues fue precisamente a través de Agustín, un chico que conocimos en Cuenca (Ecuador), en el país en el que nos quedamos en el relato nuestro viaje y del que al menos quiero dejar algunas notas escritas, porque ya son muchos los lugares y las vivencias y noto que algunos detalles se difuminan entre los recuerdos.

Por la sierra de Ecuador

Visitamos Ecuador porque era el paso natural para llegar a Perú desde Colombia. Tampoco estaba en nuestra lista inicial de países, así que Alex se esmeró en detallar una ruta para cruzarlo de norte a sur. Conforme leía más del país, más encandilado se quedaba y no paraba de decirme “creo que vamos a pasar más tiempo en Ecuador”. A mí era fácil sorprenderme, porque la imagen que tenía del país era tan simple! Sólo pensaba que en Ecuador no hacía ni frío ni calor por estar en la mitad del mundo y que era todo selva. Definitivamente viajar me ha venido bien para ampliar mis conocimientos geográficos.

En la Mitad del Mundo, con el huevo en equilibrio.

Recorrimos el país por la sierra, sin visitar costa ni selva. Quizás así tuvimos una impresión más limitada del país, porque también el carácter de sus habitantes es diferente según la zona que se visita, como ocurre en España. Pero no contábamos con más tiempo y teníamos que elegir. Y así también nos íbamos adaptando a la altura, que siempre nos ha infundido respeto.

Laguna del Quilotoa.
Ecuador se convirtió en el país en el que más excursiones hicimos por la montaña; visitamos las lagunas cercanas a Otávalo, subimos al refugio del Cotopaxi (que se puso en erupción 15 días después), hicimos una excursión de tres días a la laguna del Quilotoa, caminamos y caminamos hasta el columpio del final del mundo en Baños y finalizamos con la visita al parque natural de Cajas, cerca de Cuenca.
Volcán Cotopaxi.

Con los vascos Nuria y Txus almorzando jamón serrano en el refugio del Cotopaxi.
Quedé maravillada por Ecuador, más aún porque no esperaba ver lugares tan increíbles allí y experimenté ese placer inmenso de contemplar la naturaleza después de un gran esfuerzo, sobre todo en el Quilotoa. Qué alegría ver esa laguna inmensa!
Columpio del fin del mundo.

Alex no quería bajar del columpio.

Por el contrario, también la montaña nos enseñó que hay que andar con cuidado y respetarla, y en nuestra última excursión al parque natural Cajas tuvimos un percance en el que casi nos caemos Alex y yo y desde entonces se me ha quedado un miedo irracional en el cuerpo que tendré que enfrentar para superarlo. Ya me bloqueó en la laguna de Churup en Huaraz (Perú) y en los pasos entre vías hacia Machu Picchu. Confío que el ejemplo de Boti en la mente me sirva para afrontar este miedo estúpido.
Paisaje lunar del Parque Nacional Cajas.

En la cumbre, antes del susto en Cajas.

Ecuador, un pueblo indígena

Quizás sea un poco injusta la descripción que hago aquí de los ecuatorianos, pero sólo me refiero a la impresión que me dieron aquellos con los que traté, no quiero generalizar para el todo el mundo, porque además cada persona es un mundo.

Me sorprendió ver un pueblo tan indígena. Entramos por Otávalo, donde la gente va vestida con el traje tradicional. Me encantó verles así, tan orgullosos de sus raíces. Pero a la vez sentí que eran más introvertidos y nos costó más entablar conversación con ellos. Aunque claro, también los estaba comparando con sus vecinos colombianos, siempre tan abiertos y llenos de alegría. Aún así nos trataron siempre con amabilidad y respeto. Coincidimos con unos cuantos que habían vivido en España y han vuelto a su país cuando la situación económica se complicó. Nos hablaron de esa época con melancolía  y me alegraba comprobar que se habían sentido bien en nuestro país.
Mercado de los animales en Otávalo.

Señora inspeccionando los atributos del cuy.

También nos quedamos con la falsa impresión de era un país próspero. Con buenas carreteras, servicios, atención médica y más caro por la adopción del dólar como moneda oficial. Creíamos que el pueblo estaba contento con Correa, pero cuando nos tocó vivir de cerca el paro general, con los cortes en la carretera, escuchando los testimonios de sus habitantes y observar cuán enfadados estaban con el gobierno, comprobamos que la realidad era otra. Aunque también admirados por la fuerza con la que luchaban por defender su país, con orgullo.

Corte de carretera el día de paro.

Piedras en la carretera para impedir el paso de vehículos el día del paro. Cerca de la frontera con Perú.

La casa de los artistas

Y no quiero acabar la crónica de Ecuador sin contar uno de los mejores momentos que vivimos en este país. Nuestros días en la casa de los artistas.

Llegamos a Cuenca en fin de semana y feriado. Una de las ciudades más turísticas y bonitas de Ecuador, pero que estaba repleta de turistas, con pocas opciones de alojamiento y más caro. Cansados de preguntar en todos los hostales nos cruzamos con un argentino que iba haciendo malabares por la calle y que nos debió ver la casa de desesperados porque nos preguntó cómo estábamos. Él nos dio la indicación de 3 hospedajes baratos, a los que sin sus indicaciones nunca hubiésemos llegado: una casa a la que se llegaba con recomendación, la Pachamama y la casa del terror. La última directamente la descartamos y más después de conocer los motivos de su fama; la Pachamana estaba completa, así que optamos por la primera casa. Desde fuera nada hacía sospechar que ofrecían habitaciones. Nos dio la bienvenida Óscar, un italiano de pelo rizado con una gran sonrisa que nos invitó a pasar mientras esperábamos a la encargada. Nos puso al día de que la casa estaba ocupada por otros chicos y que había muy buen ambiente. Compartía habitación con su dulce Ornella.  

Reencuentro con Óscar en Vilcabamba, con su puesto de joyas. 
Noemí era la encargada del lugar, que vivía con su madre en una habitación anexa a la casa. Era un lugar tranquilo. Con un patio común, cocina. Nos dio el visto bueno y nos asignó una habitación. Resultó ser una mujer amable, interesada por todos los chicos que allí convivían y por conocer más de otros países. Me contaba cómo le sorprendía que en otros países hubiese estaciones marcadas con frío, calor porque allí en Cuenca hace el mismo tiempo durante todo el año, teniendo frío, calor, viento y lluvia en un mismo día.

Por regla general, todos los que se hospedaban allí era por largo tiempo. Todos eran artistas, y se ganaban la plata (que no la vida) con algunas de sus habilidades y/o pasiones para continuar viajando. El brasileño Eirin y Natalia de Bilbao, vestían a dúo con tirantes rojos y pantalón verde y hacían un espectáculo en el que Natalia tocaba el violín y Eirin subido a un monociclo hacía equilibrios con cuchillos. Vivían con su perrita Suca que les acompañaba desde Brasil. Ellos nos descubrieron el poder de las palomitas, que después les copiamos haciéndolas en otros hostales y cuánto nos sirvieron para cambiar el humor de muchas trabajadoras. Tan sólo compartiendo un puñado de palomitas : )

Óscar y Ornella también llevaban un tiempo allí. Diseñaban y fabricaban joyas artesanales, muy bonitas. A pesar de su juventud, a Óscar se le vía tan resuelto y risueño. Se le notaba la experiencia de sus viajes. Ornella era tranquila y pausada. A veces hablando con ella notaba que me miraba fijamente con cara de felicidad y me hacía dudar si era porque no me entendía hablando tan rápido, si me escuchaba atentamente o disfrutaba con calma de cada momento, con la serenidad que a mí me falta y a veces me lleva a acabar las palabras de cada frase. Quiero creer que era una mezcla de las tres.
Con Ornella y Óscar. Nos faltaron en la foto Eirin, Natalia y Agustín.
Y por último estaba Agustín. Después llegarían de nuestra mano Carina y Ailin, y Adriana y Mat, estos últimos de regreso de Perú después de haber estado antes un mes en la casa.
Agustín tenía el cuarto principal que se veía nada más entrar en la casa. Se le veía cómodo en su habitación, con su computadora, su guitarra y todo lo que necesitaba para componer su música. Al principio lo noté distante y receloso. Quizás pensaba de dónde salíamos nosotros, que no parecíamos seguir la tónica de la casa. Luego descubriría que más bien era timidez.  Nosotros no vendíamos nada y éramos los extraños allí; en realidad vendimos la casa antes de empezar el viaje, pero nuestro ritmo era diferente y contábamos con la seguridad de un respaldo económico para continuar el viaje. Pero por suerte en las mentes viajeras existen pocos prejuicios y no fue motivo de distancia. Al contrario, estuvimos en la casa muy a gusto y aprendimos muchísimo de ese otro modo de viajar, viajando lento, con la incertidumbre de adonde llegarás pero satisfecho de que cada paso que consigues es por medio del propio esfuerzo, del propio arte.
Chapatis, hamburguesas vegetarianas y ensalada de tomate y huevo con verduras.
Agustín cantaba y tocaba la guitarra. Le escuchábamos sentados desde el banco que había en la entrada y comentábamos con Alex lo bien que lo hacía. A Alex le supuso plantearse más en serio su afición por la guitarra que parece que no llega a cuajar pero siempre le acompaña.

Agustín resultó ser un chico amigable, cercano, que como Ornella transmitía serenidad. Parecía estar en un buen momento consigo mismo, satisfecho de dónde estaba y cómo había llegado, muy espiritual. Hicimos una cena vegetariana antes de que se fuesen los italianos, y allí les contamos algunas cuantas anécdotas de nuestro viaje. Nos escuchaban sabiéndolo hacer, curiosos por nuestras historias y nosotros por los de ellos. Por aquel entonces, aún no teníamos comprado el billete de vuelta a España, pero ya habíamos decidido que saldríamos desde Sao Paulo y cruzaríamos todo el continente de izquierda a derecha, pasando por Salta. Agustín nos invitó a quedarnos en su casa, con su familia y cuando supo que íbamos a pasar por allí se encargó de ponernos en contacto con sus padres para que nos recibiesen. Él nos regaló la oportunidad de disfrutar de su familia en su ausencia y de verdad ha sido un regalo fantástico.

Los últimos en llegar a casa

Y no quiero acabar el relato sin citar a los últimos en llegar a casa porque también guardo un muy buen recuerdo de ellos.
El día de la excursión al Parque Natural de Cajas, cuando acabamos cansados por haber elegido el recorrido más difícil, haber subido dos veces la montaña (porque casi al final del tramo me entró el pánico y tuvimos que dar la vuelta), habernos caído, mojado y helados de frío, Carina y Ailin fueron las dos almas caritativas que nos recogieron en la carretera, después de que el bus que acercaba a la ciudad pasara de largo. Como pudimos nos metimos en la parte de atrás, junto a las bolsas, camping gas, ollas y otros utensilios que llevaba Carina. Ella estaba recorriendo Sudamérica en su coche, vendiendo ropa y trabajando como voluntaria en diversos proyectos que encontraba a su paso. Ailin le acompañaba pero estaba al final de su viaje. Nos reímos mucho con estas dos argentinas que tanta gracia nos hacíamos mutuamente por cómo hablábamos. Carina llena de buen humor que contagiaba seguiría viajando hasta que se acabase la plata, pero se notaba que disfrutaba de cada lugar y de cada momento al máximo. Y como andaban buscando alojamiento, se hospedaron en la casa de los artistas, al fin y al cabo ellas también lo eran : )
Mat, Ailin, Carina y Adriana desayunando en la casa.
Por último, llegaron el francés Mat y la madrileña Adriana. Volvían de la selva peruana donde supuestamente a Adriana le habían echado un mal de ojo pues le habían robado dos veces seguidas, y una tercera que estaba por venir. Adriana llevaba un año viajando por el continente, vendiendo pulseras, flores de goma EVA, haciendo megaburbujas. A Adriana también le hacíamos gracias con nuestras historias, y nos pedía con su voz tierna y mimosa que nos quedásemos más días. Me pareció una chica muy dulce y me alegró saber que su ternura sería una gran cualidad para su trabajo como terapeuta con niños. A Mat me encantaba oírle con su acento francés hablando en español de allí, con el “ahorita”, “este man” y ejerciendo de un auténtico chef, limpiando un pescado que se atrevió a comprar en el mercado por su aspecto fresco y que terminó cocinando en un brasero del patio cuando nos robaron el gas.

El ladrón de gas

Y por muy impensable que parezca nos robaron el gas; las cuatro bombonas que había en la casa de las que nosotros mismos desconocíamos su ubicación.

Un hombre totalmente familiarizado con la casa y con todo muy planificado se hizo pasar por el hombre del gas enviado por la encargada que acababa de salir, y como Pedro por su casa se llevó una a una las bombonas de gas para cambiarlas por otras que no llegaron. No sabíamos que era una práctica habitual por allí, y le decíamos a Adriana que no se preocupase por el mal de ojo, que pronto volvería el hombre con las bombonas de repuesto. ¿Cómo iban a robar el gas? Pero así fue. Lo mejor fue vernos salir a Mat, Adriana, Noemí (la encargada), Agustín, Alex y yo en busca de un vecino al que le intentaron robar pero lo impidió pegándole al ladrón. Al final no lo encontramos porque por miedo, una vecina no quiso darnos la información pero la imagen de los seis paseando por las calles y preguntando por el gas resultaba cómica. Como decía Adriana, seis personas tan diferentes que en otras circunstancias quizás ni nos habríamos cruzado, pero esa es la magia de viajar, que te permite compartir estas y mil situaciones impensables, con gente tan diferente que es de la que más se aprende.
Hazte amigo de personas que no son de tu edad; pasa el rato con personas cuya lengua materna no es la misma que la tuya. Conoce a alguien que no viene de tu clase social. Esta es la forma de ver el mundo. Esta es la forma de crecer.
Ahora cada uno sigue su rumbo, su viaje, su lucha interna; espero que Óscar, Ornella, Adriana y Mat por Estados Unidos, trabajando y ganando mucho dinero para continuar sus viajes; Agustín por Ecuador, disfrutando del viajar lento, aprendiendo en el camino, encandilando con su música y siendo consciente cada día más el potencial que tiene como artista; Ailin disfrutando de su familia en Argentina; Carina, viajando por mucho tiempo y llenando cada día de experiencias, personas y lugares nuevos; Eirin, Natalia y Suca preparando su viaje a España; y Alex y yo apurando los últimos días del viaje, escribiendo los buenos recuerdos de este gran viaje con un poco de melancolía y que justo hoy hace un año que empezamos.

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