Después de coger cuatro aviones,
llegamos a Colombia donde nos vinimos directamente a la playa, a dormir, a
descansar, a disfrutar de un masaje, del ritmo costeño y de la amabilidad de la
gente de aquí. Estamos en Playa Blanca.
Sin internet, con luz solo mitad del día y con una ducha a cubos, pero con el
agua turquesa y la arena blanca enfrente de nuestra cabaña. Suficiente para
relajarnos y recuperar energías. [en el
momento en el que empecé a escribir esta crónica ].
| Playa Blanca, Colombia. |
Le pregunto a Alex la hora,
después de estar dormitando todo el día. “Las 11:43h”, me contesta. Y le digo:”
dentro de 17 minutos tocará la alarma en Kotanbethu para avisar de la hora de
la comida”.
Kotanbethu, ese pueblo japonés
que nos acogió, que lo hicimos nuestro y que tan buenos recuerdos me ha
regalado. Un pueblo tranquilo, sólo alterado por las visitas ocasionales de
algún oso que vive en las montañas y que en invierno se cubre con más de metro
de nieve.
Llegada a Kotanbethu
Llegamos a Kotanbethu en autobús
desde Sapporo. Aoki-san nos esperaba en la parada de autobús de Uehira. Apareció
con su gorra y su chaqueta blanca y azul de Fred Perry. Saludándonos en un
perfecto inglés. Ahora, cada vez que le recuerdo no puedo evitar emocionarme,
porque echo mucho de menos todo lo que compartimos, y lo imagino siempre con su
risa contagiosa, con su actitud positiva. Ha sido la convivencia más larga que
hemos tenido en este viaje, y sin duda, la más nos ha marcado.
Estuvimos dos veces en Kotanbethu, la primera vez fueron los cuatro días más frenéticos que vivimos allí llenos de actividades; la segunda, fueron días tranquilos en los que pudimos conocer más a fondo al gran Aoki.
Antes de visitar su casa, nos
habíamos intercambiado varios correos donde nos contó la cantidad de
actividades que tenía programadas para nosotros, y nos avisó que dos días no
iban a ser suficientes. Así que lo ampliamos a cuatro y así celebrábamos juntos
mi cumpleaños.
Dejamos nuestras mochilas en una
amplia habitación preparada con dos futones; comimos un delicioso ramen frío
(uno de los platos preferidos de Aoki-san) y varios tipos de kani (cancrejos).
Sobra decir que en un pueblo de pescadores el marisco está riquísimo, incluso nosotros
que no somos de paladar fino y apenas comemos marisco, apreciamos el
sabor..oishii! (delicioso, en japonés. Cuántas veces habremos dicho esa
palabra, y de corazón).
| Preparándonos para pescar. |
Y de allí nos fuimos a pescar. Vino el “younger brother” (el hermano pequeño de Aoki-san) o también conocido
como Camera man, porque se dedica a
grabar vídeos para las noticias y otros temas.
Nunca habíamos pescado y la
experiencia fue una de las que más nos gustó, a pesar de que el Younger brother se mareó y yo vomité. Me
resultó relajante ver el inmenso mar mientras esperaba paciente con la caña de
pescar, arriba y abajo. Y al final pescamos! Por la noche, probamos el pescado
el sashimi.
Por la tarde, la casa de Aoki-san
se llenó de gente. Vinieron amigos suyos para cenar con nosotros. Yoshie (la
prima de su mujer) y la mujer de Ito san prepararon un montón de comida y nos
enseñaron cómo hacer un maki sushi gigante.
Aoki-san había puesto unos
papeles en la pared del salón con algunas palabras en japonés y español para
aprenderlas y comunicarnos. Siempre pensando en todo. Aunque al final él hacía
de intérprete con todos nosotros.
Pero lo mejor para mí, llegaba al
final del día. Reunidos en el salón, Aoki-san descansando en su sillón
reclinable y Alex y yo sentados a su derecha en nuestro hueco del sofá,
charlábamos 15, 20 minutos, a veces una hora, otras más. Sobre la vida, sobre
su historia, sobre la nuestra. Esos momentos, son los que recuerdo con más
cariño y admiración por Aoki-san, los que más echo de menos y los que guardaré
para siempre por todo lo que me enseñó.
Aoki-san, su historia
Con 18 años Aoki inició un viaje
desde Japón alrededor del mundo que duró dos años. Más tarde nos contaría el
por qué y aún me impresionaría más. Salió de casa con apenas dinero, por lo que
se financiaba trabajando en diversos países y con la ayuda desinteresada de la
gente que recibió por el camino. Todas esas experiencias influyeron en su modo
de vida, en cómo valorar lo importante. Aoki tiene una mente abierta, y una
filosofía de vida muy clara y sencilla. Me la resume en cuatro frases y estoy
tan de acuerdo con él, que creo que esa fue la clave de nuestra convivencia tan
agradable. Pero además destaca de su personalidad el esfuerzo y dedicación que
pone en aprender cosas nuevas: aprendió
por su cuenta a hablar chino, inglés, tailandés y ruso, incluso escribió un
libro de conversación ruso-japonés. Es una mente inquieta que no deja de
aprender y plantearse nuevos retos diarios. Satisfecho con la vida, a pesar de
las dificultades vividas y tratando siempre de ayudar a la gente. En todos los
días que convivimos con él, no le oí quejarse una sola vez. Al contrario. Siempre
positivo. Se quedó viudo hace 10 años pero no se pone triste al recordarlo. Nos
cuenta que es maravilloso oírle hablar de su mujer.
“Up to you” (depende de ti), era
su respuesta la mayoría de las veces que le preguntábamos cómo hacer algo. Para
mí, una persona realmente admirable. El tiempo es dinero. Todo el mundo tiene
24 horas al día, ricos y pobres, y cada uno decide lo que hace con ese tiempo,
me decía. Y como ya le dije, él tiene que estar muy orgulloso por utilizar tan
bien su tiempo.
El plan de Aoki-san, Experiencias en Kotanbethu
El segundo día, ya decidimos que nos íbamos a
quedar más tiempo. Aoki-san nos contó que tenía un plan para su pueblo. Aoki’s
plan. Él quiere dar más vida a su pueblo, donde vive mucha gente mayor pero pocos jóvenes, que emigran a las grandes
ciudades. Y quiere atraer a gente de otros países para que vivan las
experiencias que pueden ofrecerles, diferentes a las de Tokio, Kioto y Osaka,
pero muy auténticas. Para ello quiere implicar a todo su pueblo, motivarles y
quiere hacerlo primero a través de una ONG y luego con la ayuda del gobierno.
Siempre con el fin de ayudar. Con nosotros, pudo comprobar qué nos gustaba y
qué no.
| Clases de kendo. |
| Cometa gigante. |
| Preparando fideos soba. |
Y nosotros disfrutar de tantísimas experiencias como: pintar una cometa
y echarla a volar, volar una mega-cometa de 200 cometas, ver los ensayos de
kendo, visitar el spa, la fábrica de pescado, cómo sembraban el arroz, conocer
el trabajo de los granjeros, visitar una granja de fresas donde las coges
directamente de la planta y te las comes, vestirme con una yukata y un kimono
preciosos, ver cómo se preparan los fideos de soba desde cero, aprender baile
japonés, pasar uno de los cumpleaños más especiales, conocer la historia de los
primeros pobladores de la isla, los ainus… un sinfín de actividades que para
nosotros, amantes de la cultura japonesa, fue el mayor regalo que nos podían
dar. Y cocinar, cocinar miles de platos. Entrar en la cocina de Aoki era un
espectáculo. Y lo que disfrutamos los tres preparando decenas de platos
japoneses y alguno español.
| Con un tako (pulpo). |
| Vestidos de ainus. |
| Casa ainu. |
| Sacando el juguetito. |
| Control remoto para los campos de arroz. |
| Siembra automática de arroz, |
| Lugar donde ocurrió un accidente con un oso. |
Primera despedida de Kotanbethu
Nos despedimos de Kotanbethu con
mucha, mucha pena. Con muchas ganas de volver a vernos. El último día falleció
la hermana mayor de Itou-san e incluso pudimos ver parte de la ceremonia.
Estuvimos a punto de quedarnos para ayudar a Aoki en el funeral, porque él y su
grupo se encargan de organizar todas las actividades que conlleva. Pero teníamos
el vuelo para Tokio. Aoki nos despidió con un “matané”, que significa hasta
luego en japonés. Entonces no nos imaginábamos que íbamos a vernos tan pronto.
![]() |
| Celebrando mi cumpleaños. |
Llegada a Tokio
Teníamos reservados cinco días
para Tokio, la ciudad que tanto nos fascina.
Fue una sensación magnífica
reconocer cada rincón que habíamos visitado hace tres años y recordar cada
momento vivido. Esta vez nos lo tomamos con calma, queríamos disfrutar de su
esencia poco a poco.
Visitamos el barrio de Shimokitazawa elegido por la gente
joven como los mejores barrios de Tokio para visitar; modernos, bohemios,
gafapastas y con mucho encanto.
Como esta vez nuestro presupuesto
era más bajo, nos empeñamos a fondo hasta encontrar un alojamiento barato.
Tuvimos la suerte de pasar 3 noches en una habitación de tatami, cerca del
barrio de Shinjuku, donde uno de los trabajadores era español y estuvimos
compartiendo historias.
| Fascinada por Tokio. |
El tercer día vino a recogernos
Popo Gunji, el señor japonés que conocimos en Mc Leod (India) que tanto nos
impresionó. Más tarde nos juntamos con su simpatiquísima amiga Michiko Ito y nos
llevaron a visitar lugares que no conocíamos en Tokio, como Kappabashi dori,
donde hacen las réplicas de platos de comida que luego exponen en los
restaurantes; el barrio de Jimbocho, con un montón de librerías antiguas; o el teatro kabuki. Nos sorprendió cómo había
mejorado su inglés Popo Gunji y todas las explicaciones que nos dio de cada
lugar. Los cuatro disfrutamos mucho de ese día.
Al final de la tarde, cuando nos
quedamos a solas con Popo Gunji le pedí que nos volviese a leer la mano.
Habíamos cambiado mucho desde que nos encontramos hace seis meses y quería
saber si podía verlo y si había afectado al rumbo de nuestra vida. Y de nuevo
me sorprendió muchísimo con sus palabras, por cómo las dijo y por aquellas que
no dijo.
Nuestra experiencia más friki en Tokio
Los dos últimos días en Tokio
tuvimos que cambiar de alojamiento. Nos olvidamos de reservar las últimas
noches y estaba ocupado nuestro tatami. Habíamos visto el letrero publicitario
de una habitación más barata todavía y nos acercamos a preguntar. Nos
adentramos en una calle siguiendo el cartel luminoso, y vimos muchos locales
con imágenes de chicos muy sugerentes. Enseguida nos dimos cuenta que estábamos
en un barrio gay, y nos gustó mucho la zona; lleno de locales para comer,
tiendecitas y todo tan organizado! Y lo mejor a menos de cinco minutos del
centro más centro de Tokio. El chico de recepción nos indicó con su traductor
del móvil que se trataba de una pequeña habitación sin cama (era un colchón en
el suelo), con una gran tele en la que podías elegir entre un gran número de
“películas” y “dibujos animados” e internet. Fuera teníamos baño, ducha,
lavadora e incluso una zona para calentar comida. Era más que suficiente para
nosotros.
Antes de despedirnos por segunda
vez de Japón, quise hacerme como regalo de cumpleaños dos tatuajes de los dos
países donde he vivido las mejores experiencias de este viaje y que más me han
marcado, India y Japón.
El día 5 de junio debíamos coger
un avión con destino a Los Ángeles y otro a Cancún, pero como ya expliqué
aquí, no pudimos volar y a pesar del mal momento que pasamos, se
cumplió nuestro deseo de estar un mes en Japón.
Continuará en la tercera crónica
de Japón.




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