Sentada en la cama de habitación,
oyendo de fondo el dulce tono de una conversación en japonés mezclado con las
bocinas de los tuc-tucs y con las imágenes del canal japonés NHK World en la
tele, me dispongo a despedirme de Delhi. Hemos pasado aquí demasiados días, demasiados.
Y necesitamos aires del sur.
Por qué estamos aquí tiene su
explicación.
Visita al norte de India: Dehradun y Mussoorie
La idea inicial era estar cinco días en Delhi y bajarnos poco a poco al
sur, haciendo paradas en algunos destinos que no visitamos el año pasado.
Sin embargo, sabíamos que Popo
Gunji estaba en India y queríamos hacerle una visita sorpresa. Después de
conocerle en India y reencontrarnos en Tokio, tal es la impresión que nos causó
que queríamos volver a verle. Pero esta vez él había cambiado su destino.
Estaba en Dehradun, a 200km de Delhi, donde hay una escuela de refugiados
tibetanos a la que su ONG ayuda. Le escribimos dos días antes para preguntarle,
y nos dijo que estaría allí hasta el día 19 de noviembre, después volvía a
Dharamsala y de allí a Japón. Nosotros
pensábamos llegar el día 18, al menos le veríamos un día.
| Con Popo Gunji el año pasado en McLeod Ganj. |
Antes de nuestro viaje, avisé a
nuestra amiga Ira que ya estábamos en Delhi. Sabía que estaba muy ocupada con
su preparación en las montañas, pero no
sabía dónde. Casualidad o no, resultó que de 3,3 millones de km2 que tiene
India, Ira estaba en una academia en Mussoorie, a 25km de Dehradun. Y fuimos a
verla.
La odisea de encontrar una plaza
Parece que en un año se han
incrementado los problemas para encontrar plaza en un tren, y ni siquiera con
una semana de antelación encontramos hueco para nuestros próximos destinos; tampoco la encontramos
para Dehradun. ¿Cómo es posible que con miles de trenes diarios que transportan
millones de personas diariamente (En serio!! 23
millones de viajeros diarios en 2013) no encontráramos dos asientos? Pues
ocurre. Aún así se puede luchar por un hueco, pero como la distancia era corta
decidimos hacerlo en bus. 1240 millones
de personas son muchas personas y a menudo se me olvida.
![]() |
| Estación de trenes de Haridwar el año pasado. Intentando subir al tren. |
Esta vez nos enteramos de que
existían unos autobuses del gobierno, servicio similar al de los trenes, que no
habíamos conocido hasta la fecha.
Elegimos el más barato y resultó ser
(para mí) uno de los peores viajes de todos los realizados durante todo nuestro
año en ruta. La vuelta de día fue mejor.
Dehradun, nothing to see
Llegamos a las 5h de la mañana,
sin tener ni idea de dónde estábamos, ni dónde se encontraba Popo Gunji.
Tomamos un chai bien caliente con galletas y esperamos hasta que amaneciese
para realizar una búsqueda infructífera de habitación. Pocas opciones, caras y
en la mayoría no admitían a extranjeros. Así que cansados y enfadados decidimos
escapar a Mussoorie. Peleamos cuerpo a cuerpo (y me quedo corta con la
expresión); repito peleamos cuerpo a cuerpo y mochila en mano por un hueco en el
autobús que en una hora de recorrido por la montaña nos llevaría a Mussoorie.
| Vista de la carretera desde Mussoorie. |
Y en Mussoorie, encontramos la paz
Mussoorie: bonita estación de
montaña; refugio vacacional de la clase media; con vestigios de su pasado
inglés; los Himalayas de fondo difuminados por la niebla; lugar de asentamiento
de academias y escuelas de renombre, y retiro de escritores.
| Por las montañas. |
| De excursión. |
| Centro de Mussoorie. |
| Vista de los Himalayas. |
Visitamos a Ira en su academia, donde una élite de profesionales se prepara para formar parte de los puestos más importantes del gobierno. Ira estaba feliz. El año pasado se estaba preparando uno de los exámenes más difíciles del mundo y sacó la mejor nota del país. Un sueño cumplido a base de esfuerzo. Nos enseñó todas las dependencias de su academia, con bonitos edificios, nos presentó a sus amigos y nos invitó a cenar. A pesar de que estaba muy ocupada porque estaban preparando la celebración del día de India en la academia, Ira nos acogió con los brazos abiertos, dispuesta a ayudarnos en cualquier trabajo que deseásemos emprender. Nosotros, aún desubicados, e impresionados ante tanta energía, le contestamos la verdad, que aún no sabíamos. Ella nos aconsejó quedarnos unos días más en Delhi para estudiar más posibilidades, y ver a Ana y su marido, la pareja que nos presentó el año pasado en la cena en su casa. Y le hicimos caso.
| En la Academia de formación del Gobierno de India, donde Ira se prepara. |
| En el hotel residencia de Ira. |
| Cena con Ira y sus amigos. |
Vuelta a Delhi
Decidimos quedarnos algo más de
dos semanas en la capital. Queríamos asistir a un par de ferias de interés y
además estudiar algunas posibilidades de negocio. Volvimos al barrio mochilero
de Paharganj, porque hay mucha oferta hotelera, está céntrico y hay de todo, a
pesar del ruido. Dedicamos un día entero a la búsqueda de un buen hotel donde
asentarnos, y perdimos la cuenta de todos los que vimos, para finalmente acabar
en el que siempre nos hospedamos. En estas ocasiones siempre me acuerdo de mi
padre que dice que la primera opción es la correcta. En el hotel nos ayudaron a
sentirnos más cómodos; nos dejaron la habitación más grande que se convirtió en
nuestra casa temporal y donde pasamos más tiempo del que hubiéramos imaginado.
Ana, nuestra inspiración
Quedamos con Ana, la chica
colombiana que conocimos el año pasado. Nos lleva a una preciosa terraza en el
barrio bohemio de Hauz Khas y charlamos de nuestro viaje, de Colombia, de Japón
y por supuesto de India. De su negocio. Me gusta mucho conversar con Ana, con
su tranquilidad colombiana, sin prisas, eligiendo las palabras más adecuadas
y dándoles más valor a lo que se dice. Me
relaja escucharle. Y nos animó mucho, nos inspiró y ese día Alex y yo nos
volvimos a casa ilusionados, con más energía.
| Tarde de inspiración con Ana. |
España en India
El fin de semana quedamos a cenar
con Ana y Amit y sus amigos María, Tim y Carmen. María (española) está casada
con Tim (indio) y es hermana de Carmen. Disfruté un montón de esta cena
multicultural, comprobando una vez más que la diversidad cultural enriquece más
que aleja y viendo cómo parejas de distintos países conviven con tanta armonía.
Nos contamos anécdotas, experiencias en India, opiniones, sentimientos…resultó una cena muy, muy agradable.
| Cena hispano-india. |
La búsqueda
Comenzamos la búsqueda. ¿De qué?
Visitamos tiendas, mercados, ferias. Casi, casi hicimos
una rutina de trabajo. Encontramos el sitio perfecto para desayunar y comentar
lo que haríamos durante el día. Pero no estábamos convencidos, y si bien no
conseguimos encontrar nada en estos días, al menos nos sirvió para dejar claro
qué no queríamos.
| De feria. |
Teníamos dos ideas en mente que no acabábamos de considerar y
charlando un día con un español en un restaurante nepalí, él mismo nos apuntó a
esas dos ideas. Él se dedica a hacer negocios en India y nos dio unos cuantos
consejos. Nos encontramos dos veces más por el barrio y cada vez nos decía algo
que cobraba interés para nosotros, como el que te echa las luces en la
carretera para avisarte de que hay un control de policía más adelante.
Demasiado Paharganj
Estar en Paharganj es como la
película Atrapado en el tiempo. Cada día te levantas, es un día nuevo para ti,
sin embargo ahí abajo en la calle, todos los días ocurre lo mismo. El mismo
conductor de tuc-tuc nos ofrece llevarnos hasta la estación de metro y
marihuana; el chico que pinta las manos con henna se levanta de su asiento para
enseñarme sus diseños, sin percatarse que llevo aquí más de dos semanas y que
le he dicho que no una media de dos veces diarias; un hombre hace volar un
helicóptero de juguete para atraer nuestra atención; el niño que se arrastra en
una tabla con cuatro ruedas cruza la calle para pedirnos dinero, también la
mujer de la cara quemada con su niña al lado. Es como si hubiésemos recién
llegado a Delhi y constantemente se repitiese lo mismo. Solo alguno se percata
de que somos los mismos que día tras día pasamos por allí, y con alguno hasta
nos paramos a charlar.
| Una ventana a Paharganj. |
| A la espera del cliente. |
Pilota
Conocemos a Pilota, un chavalín
de 18 años que habla muy bien español. Cada día lleva una camisa nueva. Le
preguntamos si tiene 365 camisas y nos comenta su filosofía de trabajo. Dejó de
estudiar a los 10 años, así que lleva años de experiencia. Si gana 1000, gasta
500, pero se guarda otros 500 para el futuro. Es igual que otros muchos que
están en la calle ofreciendo los servicios de su agenda. Él comparte un local
que hace la función de oficina con otros muchos chicos y su hotel está al lado
del nuestro. Nos dice que engaña pero poco.
Todos los días nos encontramos tres
o cuatro veces y charlamos un poco. Nos dice que en estas fechas llegan los
españoles con dinero, no los de verano que llevan menos presupuesto, y me pasa
el teléfono para que hable con su clienta Vanesa, una española que vive en Bangalore
y le ha pedido presupuesto a Pilota para recoger a su familia en coche y
hacerle un tour de tres días.
Quedamos en tomar unas cervezas antes de marcharnos y despedirnos.
Subrrealismo en Paharganj
Y es que Paharganj es cuando
menos, pintoresco. En él se juntan los turistas extranjeros, los turistas indios,
los que viven del turismo y los que justo les viene para vivir. Pero el grupo
más pintoresco lo conforman los extranjeros afincados aquí. No son llamativas
las largas melenas con rastas que algunos jóvenes. Me llaman la atención
aquellos que parece que hayan hecho de Paharganj su lugar de retiro. Nos
cruzamos con una rusa de pelo rojo, sonrisa en la cara, bindi en la frente,
sonriente, paseando descalza con los pies naranjas; cenamos con un hombre al
lado, con grandes surcos en su cara que denotan su avanzada edad; casi no puede
caminar con un tobillo vendado y se apoya en un bastón lleno de gomas de pelo
de colores; para cenar saca de una bolsita de piel sus palillos de madera y su
cuenco tibetano. Una mujer de espesa melena blanca que recuerda a la pitonisa
Lola, degusta su chai sentada en un bar, mientras un hombre de más de 65 años a
su lado se coloca la mochila al hombro. Su única vestimenta un pantalón pirata
y un chaleco, con el torso desnudo al descubierto.
| Lástima que no tenga documentación gráfica de los extranjeros que resultan más llamativos que ella. |
En la entrada del callejón que
lleva a nuestro hotel hay un urinario público. Siempre que paso no respiro o me
tapo la nariz con el pañuelo. Sin embargo, lo que a mí me parecería el peor
sitio para mi negocio, es ideal para el hombre que hace sándwich de tortillas.
Y tan buen lugar debe ser, que no sólo se pone a vender un hombre con su
carrito, sino que hay otro más que se disputa con él la clientela.
Es el lugar donde más culpable me
he sentido al tomarme un helado porque justo al lado un niño sin piernas que se
mueve sobre una tabla con ruedas me hace señas desde casi el suelo para que le
dé unas monedas.
Y es el lugar donde nos sentamos
a comer en un bar, y la pareja de enfrente está formada por indio y una
japonesa que charlan en japonés mientras él juega con su bebé preciosa de ojos
oscuros semirasgados y de piel casi blanca. Imagino el choque cultural de esas
dos culturas tan extremas.
Nuestro momento de relax
Un día, llevados por la
curiosidad, entramos a un templo al final de la calle principal, al lado de la
parada de metro que lleva su nombre. Ramakrishna ashram. Cuenta con varios
edificios e instalaciones, incluida una biblioteca y farmacia. Allí todo está limpio,
el césped está perfectamente cortado e impera el silencio. Este se convierte en
nuestro lugar de paz dentro de Paharganj.
| Entrada al templo. |
Entramos al templo que se ubica
en el centro de parcela. Dejamos nuestros zapatos en la habitación de la
derecha y subimos la escalera para ser recibidos por la estatua de su deidad
principal en la posición de loto, con la foto de dos mujeres a su lado. No sé
quién es ni me importa. Sólo sé que eses es un lugar tranquilo donde me apetece
estar.
En las paredes laterales están
colgadas las fotos de cada uno de los que han sido dirigentes, me recuerdan a
los retratos presidenciales y como única decoración de la sala, dos trozos de
moqueta roja separados por un pasillo central donde se colocan a la izquierda
las mujeres y a la derecha los hombres. Al final, dos bancos para quien tenga
dificultad para sentarse.
Llegamos y Alex y yo nos sentamos
en el lado que nos corresponde. Hay días que consigo meditar, no todos, pero
los que lo consigo me llenan de tranquilidad. Hay otros en los que me resulta
imposible y me dedico a estudiar a la gente a mi alrededor. ¿Por qué se me
duerme la pierna y esta gente lleva rato sin cantearse? Ellos llevan toda su
vida doblados; para ir la baño, para sentarse, en su puesto de trabajo; algunos
se acercan al altar y se tumban en el suelo; una mujer echa limosna, la comparo
como la señora que va a misa de 8; ¿seguirá los mismos rituales? Y ratos cuando
hay cantos y me es imposible abstraerme, me despisto entendiendo palabras en
español de sus rezos en sánscrito como mariposa o zapato.
A la salida, comentamos Alex y yo
lo que hemos pensado o conseguido en ese rato de paz. Cuando consigo meditar
Alex me pide que se lo describa. Y lo intento, advirtiéndole que no sé si es lo
correcto o no, que igual estoy equivocada y eso no es meditar, pero que a mí me
sirve. No quiero contaminarme con prácticas externas y menos las que van
dedicadas solo a extranjeros. Y esto es
lo que le cuento:
| Momento de meditación en el río Li, Yangshou (China). |
Intento relajarme, sentirme
cómoda sin que nada me despiste o me moleste; intento dejar de pensar, vaciar
la mente, oigo los ruidos externos como parte del exterior; y de repente noto
que ya no estoy dentro del cuerpo; mi cuerpo sigue ahí pero lo veo desde fuera;
soy solo mi interior, que se siente feliz de formar parte de ese gran universo;
a veces siento una gran energía en el cuerpo, calor; en ese momento nada me da
pena ni me preocupa; no necesito nada más ni a nadie; simplemente estoy feliz
de existir, de sentir esa inmensidad y
me llena de tranquilidad. Luego vuelvo a la realidad, al ruido, a la gente, a
la calle, con la esperanza de que otro día pueda volver a alcanzar ese
estado.
Seguir el camino
Decidimos seguir nuestro camino
hacia el sur, nuestra salud nos lo agradecerá. Sin embargo esta vez Delhi no
quiere que nos olvidemos tan pronto de ella y de regalo nos enfermamos con la
Delhi belly, o diarrea del viajero. Después de presumir que el año pasado
estuvimos 2 meses y medio en India sin problema, esta vez nos coge una diarrea
fuerte a los dos. ¿La causa? Pueden ser tantas.
Desde luego no es por el
picante, pero ahora que observamos con detalle cada comida, no pondría la mano
en el fuego por la seguridad alimentaria de ningún sitio. Simplemente ese día
la bacteria nos tocó a nosotros. Así que cansados de tanto reposo y de tantas
visitas al baño y de tanto Paharganj, decidimos que ya es hora de irnos a la
playa en busca de aire fresco.
| Pudo ser esto. |
| O también esto. |
¡Si es que nos pegamos todo el día
buscando!
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| ¿En la buena dirección? |





