lunes, 25 de septiembre de 2023

Hokkaido maravilloso

Estamos a bordo del Blue Ocean, el ferry que nos devolverá en unas horas a la isla de Honshu. La Toherita descansa en el garaje del ferry. Alex se ha ido a dar una vuelta por el piso de arriba para ver las vistas. Todo resulta curioso para nosotros. Los camarotes estándar son un suelo con tatami, donde la gente se echa a dormir o se sienta con la flexibilidad de los asiáticos que desde niños desarrollan en posiciones inviables para muchos occidentales. Cada cierto tiempo me paro a pensar y aún me sorprende que estemos aquí. Que estemos viviendo este día a día en este país.

Me siento protagonista de otra vida, y recuerdo nuestros días de trabajo en Espacio Toho como si fueran otras personas las que estuvieron allí. Cuánto trabajamos, cuántos días de incertidumbre, de lucha, de querer hacer las cosas lo mejor posible. Aquí parece que nuestro trabajo cobra sentido, y sin embargo, seguimos y seguiremos siempre siendo unos extraños para ellos.

Estamos tan adaptados a esta cultura que volver a España sé que nos costará mucho socialmente.

Es una maravilla poder disfrutar un tiempo de esta sociedad que han conseguido formar, no sin esfuerzo. Es como una burbuja de un bienestar inexistente en cualquier otro país del mundo. Por un lado me causan mucha admiración. Por otro lado, ser japonés también conlleva muchas restricciones sociales y limitaciones a las que no sé si podría acostumbrarme si hubiera nacido
aquí. Tampoco me acostumbro a las de mi país.


En el ferri.

Japoneses 

Recuerdo que Aoki nos decía que parecíamos japoneses, y no le daba vergüenza presentarnos en algunos eventos sociales porque confiaba en nuestra buena fe. Como cuando nos llevó a dar el pésame a casa de un amigo suyo cuya madre había fallecido. Teniendo en cuenta la rigidez social y un momento tan delicado, fue todo un reto tener delante el cuerpo de la señora y actuar de acuerdo a los rituales religiosos.

Y esa es nuestra premisa. Actuar de manera cauta, educada, complaciente, respetando al máximo a los demás y haciendo lo que ellos hacen. Nos limita el idioma, pero lo suplimos con nuestro deseo e interés de hacer lo correcto, sin molestar. Y aún así, a veces sin querer, cometemos errores. 

En un camping manteniendo la distancia social.

Convivencia

Es una delicia ver cómo conviven.

Son la mejor versión de ellos mismos y son envidiables, nada les limita en su esfuerzo por conseguir sus metas, ni siquiera la edad. No hay mucho espacio para la improvisación y el azar.

Es la excursión a Asahidake, el monte más alto de Hokkaido, coincidimos con personas muy mayores para semejante azaña, subir el monte a 2291m en un recorrido bastante exigente. Van poquito a poquito pero sin parar hasta llegar a la cima. Equipados perfectamente en un recorrido que yo calificaría de nivel medio alto. Y lo hacen.

Monte Asahidake.


Todo funciona como tiene que funcionar. Tonterías como que un trozo de celo pega perfectamente y luego no hay manera de despegarlo. El plástico film (del que se sienten muy orgullosos) es genial. Lo caliente es muy caliente y lo frío muy frío. 

Pasamos con el coche al lado de una empresa de Suzuki, y los trabajadores, con su uniforme perfecto o su traje están en la calle recogiendo la basura de los alrededores; en una cafetería, una madre se agacha para recoger con un trapo las migas que su bebé ha tirado al suelo. En muchas cafeterías hay una bayeta para que tú mismo puedas limpiar la mesa (me viene a la cabeza la actitud española que sería si pago encima voy a limpiarlo).


Estudiantes recogiendo la basura de la calle

 Todo es muy amable, con un punto naïf que enamora. En cada zona tienen una mascota especial relacionada con el producto estrella del lugar, una patata, un grano de arroz, un oso, un pulpo. Todo es atractivo a la vista. Me pregunto qué sentirá un japonés cuando salga fuera y vea el desorden que existe. ¿Le resultará divertido por unos días esa pérdida de comodidad?



Osito de la zona de Tomamae, donde vivía Aoki y vallas de obra cerca del ferry con dibujo de delfín.


El silencio

No importa si es una ciudad grande o pequeña. Puedes pasear sin ruido. Puedes ir a una cafetería sin ruido. Todos hablamos bajito para no molestar. Y cuánto se agradece. 


La educación

Estamos acostumbrados a hacer una flexión con la cabeza para saludar, pedir disculpas o agradecer a todo el mundo, acompañado de una sonrisa o una mirada amable. Por permitir el paso al cruzar la calle, por si te cruza por delante, prácticamente en cada interacción humana  y siempre acompañado de arigato gozaimasu.

Cafetería en Tomakomai



Paz en el lago Onuma.

La seguridad. 

La seguridad es infinita, y personalmente entiendo, que los japoneses no quieran que vengan extranjeros aquí. Han conseguido este punto de armonía que nadie de fuera debería alterarlo.

Vemos a muchos en la camper que duermen con las ventanillas bajadas, o dejan a mano sus pertenencias, las zapatillas fuera de la camper con la seguridad de que nadie te las va a robar. 

También me encanta lo extremos que son. Los que fuman, fuman mucho. Los que beben, beben mucho. Los que son moteros, van con todo el equipo perfecto. Adoptan su papel y lo ejectuan con la máxima excelencia.

Y no sigo alabando las virtudes japonesas porque realmente me daría para escribir un libro.


Hokkaido

Mucho más de lo que podría imaginar. Si hablaba de la naturaleza que habíamos observado en la isla de Honshu, en Hokkaido se multiplica.  Realmente me siento afortunada de poder haberla vivido y tengo que agradecerle a Alex el esfuerzo de conducir hasta allí y de elegir cada parada. Pasar estos días en Hokkaido y poder haber hecho excursiones estando en contacto con la naturaleza ha sido muy sanador. Sentir la belleza, la calma de las plantas, los animales, el mar. Creo que nunca experimenté de cerca una naturaleza tan viva y tan pura como esta. En algunos momentos nos sentíamos casi extasiados por lo que registraban nuestras pupilas y todo el recorrido en coche era bello.

Con Aoki tuvimos la suerte de conocer prácticamente toda la costa oeste de Hokkaido desde su pueblo Kotanbetsu hasta el punto más al norte, Wakkanai. No tiene precio todo lo que nos enseñó y nos llevó a visitar. También conocíamos Sapporo porque de allí es nuestra amiga Kasumi y pudimos explorarlo con ella y su familia. Esta vez hemos ido también por la costa oeste conduciendo en paralelo al mar, hemos visitado varios parques naturales, algunas ciudades más grandes con dos lugares que especialmente me encantaron. La bodega de sake Otokoyama en Asahikawa, con su museo, su historia, su cata de sake gratuita, su manantial de agua purísima al que la gente acude para llenar las garrafas. Es un sake que nosotros vendíamos y conocerlo personalmente me ha hecho mucha ilusión. Y la destilería de whisky Nikka en Yoichi. Un pueblo precioso, un museo alucinante y la vida de su fundador Masataka Taketsuru, admirable y muy inspiradora.

Destilería del whisky Nikka.



A veces, muchas veces, pienso si esta vida tan poco ortodoxa que llevamos está bien. Si no sería mejor seguir el camino habitual, si no nos estaremos equivocando, si no es muy tarde para seguir dando tumbos, si no somos muy mayores. Otras veces, cuando descubro a personas que llevan vidas diferentes, o cuando vemos a los campistas de aquí, a los moteros, con esos estilos de vida tan auténticos, pienso, quizás no estamos tan locos. Nos preguntamos con Alex qué haremos a la vuelta, qué podemos hacer con todo esto que estamos atesorando y son muchas las dudas. Pero quién sabe hasta cuándo viviremos o estaremos en este mundo. 

Y es en estos momentos de viaje, apoyada en una barandilla contemplando el reflejo de una montaña, cuando de manera recurrente también me viene a la cabeza el sentimiento de que si muriese ahora mismo, no me importaría. Estaría feliz por haber disfrutado y vivido como he vivido. 


Llegada a Kotanbetsu. Nuestra meta.

El 18 de abril de 2021 falleció nuestro amigo Aoki san.

Nunca podé agradecerle lo suficiente lo que hizo por nosotros y lo que significó su existencia para mí. 

Cuando ya estaba enfermo, nos mandábamos mensajes por Facebook y sus fotos anticipaban que estaba peor de lo que él me decía.

Pudimos mostrarle el resultado de Espacio Toho, la flecha de Kotanbetsu en la pared. Unos días antes de morir me llamó por videollamada. Pero teníamos mucho trabajo en la tienda y no pude cogerlo. Después ya no respondió a mis mensajes. Le iba preguntando a un amigo suyo que me dijo que estaba en el hospital y días más tarde falleció.

Sentí tantísimo no haberme podido despedirme de él. Que sabíamos que en cuanto se levantasen las restricciones de la pandamia y fuésemos a Japón iríamos a visitar su tumba.

Sé que no está allí, pero era una manera de mostrarle nuestro respeto a él, a su familia y a su pueblo.

Sus restos estaban en un templo budista dentro de una especie de capilla con muchos armaritos. Al entrar, Alex se dirigió directamente a uno de esos armaritos que resultó ser el de Aoki, como si le hubiese avisado. Le hicimos una ofrenda y le dimos las gracias por todo.

Fuimos a varios sitios en los que habíamos estado con Aoki y recordamos el tiempo que pasamos juntos.


Aprovechamos a cenar con Ayaka Niki, su marido y su hija. Contarnos sobre nuestra vida.

Esa noche, de camino a nuestra área de servicio nos encontramos 4 zorros y un ciervo por la noche. Alex quería ver un oso pero no tuvimos la “suerte”. Hoy me acaba de escribir Ayaka para decirme que han visto dos días seguidos al oso en el pueblo, también eran habituales en muchos de los lugares naturales que visitamos. 


También nos reencontramos con nuestra amiga Kasumi. Fuimos a cenar a un sitio de sopa de curri que estaba espectacular. Y a la vuelta, le llevamos en la camper a su casa. Ella y Alex delante y yo detrás agachada, junto a la nevera, ocultándome para que la koban no nos parase y multase. 

Como me suele pasar, me cuesta un poco adaptarme a los cambios. Llegar a Hokkaido y cambiar de Honshu me daba pena, ahora dejar Hokkaido y volver a Honshu también. Hay que trabajar el apego, me lo dice Alex; apego a los lugares, a las personas. Hay que saber dejar ir.  Así que volvemos para Aomori. 




Deliciosa sopa de curry, típica de Sapporo.



Reflexión

Un día escuché que vivir fuera de tu país un año, suponía 4 años de vida por todos los cambios  que vivías. Si a eso le sumas que nuestro día a día es un cambio constante de entorno, la intensidad con la que estamos viviendo es tan grande que el concepto de tiempo pierde todo su sentido. Nos da la impresión de que ya han pasado varios meses desde que estamos aquí y tan solo han sido 20 días desde que comenzamos la ruta con la camper.

Apunto los lugares y los gastos en una pequeña libreta. Tomo fotos, vídeos. He tenido que comprar un cuaderno más grande para poder tomar notas de lo que nos pasa cada día. Es tanta la información que un día que pasa sin escribir supone muchos datos perdidos, pero una pequeña anotación me ayuda a enlazar todo. Así que aquí escribo sin orden y sin sentido. Solo pensamientos que me vienen en el momento de escribir, para no perderlos.

Seguimos ruta por Aomori.





Algunas fotos del puerto de Hakodate y Hell Valley: 


 






 






martes, 12 de septiembre de 2023

Japón en mini camper

Llevamos más de una semana en la mini camper y son tantos los estímulos diarios, tantos lugares y sensaciones que se van agolpando en el cerebro como los pasajeros del metro de Bombay en hora punta. Unos encima de otros. Tenemos que poner un orden o bajar el ritmo para asimilarlo todo. 


Conduciendo por Japón


Tal y como esperábamos y anhelábamos, desde el primer momento en que nos subimos a la mini camper, el entorno cambió. Con ella puedes acceder a sitios más remotos, a escenas del día a día, a paisajes naturales increíbles, al Japón más alejado, a veces, decadente, a veces, como un espectador invisible del Japón real. 

Pero conducir en Japón no es fácil. Alex dice que sí, y me lo ha demostrado porque conduce mejor que algunos japoneses. Siempre le he dicho que conduce muy bien y aquí lo sigue haciendo porque a pesar de tantos cambios (conducir por la derecha, con coche automático, con el estrés de no cometer errores por las multas que ponen, con toda la información en japonés, con lluvia, de noche, con peligro de que aparezcan jabalís, ciervos u osos), parece que lo haya hecho toda la vida.

Por el contrario, yo todavía sigo dudando por dónde vienen los coches y sigo subiéndome por el lado del conductor.

Los límites de velocidad son tan bajos que cuesta el doble de tiempo llegar a los sitios. Cierto que así es mucho más seguro pero a veces desespera un poco. Lo bueno es que puedes apreciar mucho más el paisaje que, al fin y al cabo, es una parte muy importante del viaje. 



Me apunta Alex que el 70% de Japón son bosques y sorprende verse rodeado de enormes pinos, arces, campos de arrozales, agua. Naturaleza tan inconmensurable que a veces me asusta. Me ocurría en Nueva Zelanda cuando me sentía rodeada solo por naturaleza tan imprensionante, tan inmensa que me agobiaba (supongo que en psicología tendrá un nombre, si no, podría bautizarlo como el síndrome de Rebeca). La diferencia es que en Nueva Zelanda había poca vida humana, y entre pueblo y pueblo estaba esa naturaleza que te absorbía. Sin embargo en Japón, los núcleos de población están más dispersos, hay más vida y entonces deja de asustarme. Sobre todo cuando aparentemente en medio de bosques inmensos aparece una tienda de conveniencia, ya sea un Lawson, un Seven Eleven o un Family Mart y en cualquier esquina, máquinas expendedoras de refrescos.






Y viajar así es muy bonito. Te acostumbras a pasar por esos pueblecitos con sus casas características, sus productos locales, su comida típica y lo preferimos a pasar por grandes ciudades.

Viajar por Japón es muy cómodo. Es como si hubiesen adaptado todo su país a las necesidades de la población pero sin alterar la naturaleza misma. Cientos de baños públicos (por supuesto muy limpios) por todos los sitios, con 1209 áreas de servicio, que hacen que visitarlas sea mayor atractivo que el propio destino. Todo lo que pueda decir en cuanto a limpieza y orden seria poco.



                          Área de servicio 

 

El día a día en la camper


Nuestra mini camper es pequeñita pero está diseñada para aprovecharse al máximo. Lleva nevera, cocinilla, utensilios de cocina, la cama con doble colchón muy cómoda, ventilador, 6 usb, bandeja para dejar los zapatos, mesa, sillas. 

Sin embargo, viajar de esta manera requiere algo de disciplina (que a veces no tenemos) para solventar la falta de ciertas comodidades, adaptarse al espacio, al orden y a la basura. Porque hay que tener en cuenta que en Japón no hay papeleras. Así que si empiezas a acumular gomi (basura en japonés) luego andas desesperado por encontrar lugares donde poder depositarla.

 Una de las comodidades a las que me refiero es el tema de la ducha, especialmente con estos días de calor y humedad que estamos viviendo todavía. 


El club


Por suerte o por cabezones, conseguimos lo que ha supuesto un plus en nuestro viaje. 

Nos hemos hecho de un club. Se trata de una cadena de cibercafés donde puedes ir a leer manga, ver revistas de tetas, alquilar una sala de karaoke, pasar unas horas, dormir, poner la lavadora (de pago) y otros extras, también según la sucursal.



 Nosotros solemos elegir el kit básico que consiste 30 minutos con derecho a un asiento para leer cualquier manga o revista de las que hay (miles!),  tomar todas las bebidas que quieras y/o helado suave. (Ese maldito helado que está riquísimo con una textura tan cremosa). Peeero, y esto es lo más importante, con derecho a ducha gratuita, toallas, secador, a veces incluso, plancha de pelo. El coste final de esos 30 minutos oscila entre 1,34 y 1,47€. También puedes alquilarlo para más horas y hay personas que lo usan para dormir. 

Por si fuera poco, ese club tiene sucursales en todas las prefecturas, así que nuestro ritual viajero consiste en buscar cada día, además de la ruta, una sucursal del club y un área de servicio donde dormir. Es muy divertido descubrir qué tendrá el nuevo club y la nueva área. Solo hace falta vernos provistos de nuestro carné y nuestra bolsita con la ropa y el neceser y sentirnos dios al entrar en el club.

Por las mañanas nos preparamos un café con Aeropress, acompañado de una  tostada con anko, tofu con soja,  o un melocotón o un plátano y/o yogur. Para mí es uno de los momentos que más disfruto del día. La comida y la cena la solemos tomar fuera porque compensa por el precio. Si nos permitimos el capricho de algún restaurante más caro, a veces compramos la cena en un supermercado que es otra opción buenísima y que nos encanta. Ir al súper a la hora de los descuentos, viendo a todos revolotear por la zona de comida preparada hasta que el encargado pone los precios rebajados. Y es que puedes encontrar platos preparados de bastante buena calidad y a muy buen precio.

 

Turismo de consumo versus turismo de vivencias 


Para sobrevivir, es necesario hacer un ejercicio de contención inmenso. Sobre todo en Japón donde en cualquier sitio, tienes miles de tentaciones, en comida, en detalles, todo tan bien envuelto, tan bonito. También contención a la hora de seleccionar los lugares turísticos. Cuando viajas por un periodo largo hay que saber medirse.

A veces, nos han pedido alguna recomendación de viaje con la coletilla de “yo no viajo de mochilero y no me importa pagar más”. Nuestra mentalidad no es esa. Lo fue cuando viajamos por un año porque cualquier ahorro significaba alargar el viaje. Hora, cuando queremos darnos un capricho nos lo damos, como comprarnos una botella de sake o ir a un buen sitio de sushi, pero sabiendo elegir qué merece la pena. Al fin y al cabo, disponemos de lo más valioso, tiempo. Es lo que más les impresiona a los japoneses que nos preguntan por nuestro viaje. Cuando dispones de poco tiempo, no te importa gastar más porque la idea es aprovechar al máximo, ver todo lo que puedas, comer todo lo quedas, hacer todas las fotos que puedas, pagar por lo que sea y acabar extenuado. Es un viaje más de consumo. 



Pero cuando viajas por largo tiempo, si no eres millonario, hay que saber gestionar muy bien tu presupuesto y centrarse en los momentos, en las vivencias, que es lo que quedará en ti. Aún así llega un momento en que ves tantos templos, o algunas cosas parecidas que no las aprecias o no puedes recordar. Y suele ser los momentos de excursiones en la naturaleza, los que requieren esfuerzo, aquellos que recuerdo con más satisfacción. O las situaciones a las que nos hemos tenido que enfrentar, las anécdotas curiosas, la charla con algún desconocido, en fin, el camino te va enseñando.

 

Nuestro recorrido




Comenzamos en Tokio y nuestro principal hito es llegar hasta Kotanbetsu, en la isla de Hokkaido, para visitar la tumba de nuestro querido Aoki san.

Aunque Alex ha marcado muchos puntitos en el mapa, es imposible visitarlos todos, así que vamos elegiéndolos sobre la marcha.

Hasta ahora el tiempo no nos lo ha puesto fácil porque ha habido días de lluvia con mucha humedad y cuando no, el sol es fuerte y acabas agotado y sudando todo el tiempo. Es un inconveniente que esperamos que vaya desapareciendo a medida que subimos al norte y llegue el otoño.

Por seguir un poco la ruta, hemos visitado la prefectura de Ibaraki, Fukushima, Miyagi e Iwate. 






Gran parte del recorrido ha sido por la costa este. Esa costa que sufrió los daños del tsunami que también hemos podido presenciar y ver cómo se ha reconstruido todo. Cerca de Sendai visitamos el colegio que permaneció en pie y en el que se salvaron los estudiantes al subir a la azotea. En Iwate hicimos una parada en el museo conmemorativo en el que te explican cómo se forman los tsunamis, cómo afectó allí y las medidas que han tomado para protegerse. Muy impresionante y educativo. Vimos la ciudad costera donde muchos japoneses quieren vivir al jubilarse por su tranquilidad. Allí el actor Ken Watanabe ayudó a la reconstrucción después del tsunami y montó un pequeño café.

También disfrutamos mucho de su gastronomía, sobre todo del pescado y de los productos típicos de cada zona. En la prefectura de Fukushima, los momos (melocotones), en Ibaraki son típicos los boniatos, en Sendai la zunda (pasta de edamame), como el batido de edamame(riquísimo!), los fideos de fideos soba con negi  en un pueblito de Fukushima, atún rojo, bonito, cada zona tiene su especialidad y todo gira en torno a ello; souvenirs, comidas, merchandising.

Hacemos una excursión a un volcán todavía activo. Es curioso cómo huele a azufre al llegar, nos sorprende la edad de los excursionistas y su buen estado físico, visitamos las playas, dos parques naturales. La naturaleza es impresionante. Y lo bien preparado que está cada lugar para su visita es una gozada.






Disfrutamos del festival en una ciudad que nos coge de camino, compramos sake en la bodega más antigua (y nos reímos con el dueño al tratar de comunicarnos), vemos templos preciosos, con toriis, disfrutamos de la tranquilidad que se respira en los destinos turísticos donde solo hay japoneses, le echamos valor para poder solventar la barrera del idioma; disfrutamos con la comida, con la bebida, viendo y reconociendo todos esos platos que hacíamos nosotros. Hacemos fotos, vídeos, pero cada día se acumulan más datos, más anécdotas y me resulta imposible resumirlo aquí. No quiero hacer una lista de lugares. Intentaré hacer un mapita con nuestro recorrido pero prefiero no quitarme tiempo de observación y aprendizaje así que utilizo este espacio para dar un poco de señales de vida, describir cómo es nuestro viaje en estos momentos y poco más. 




Quizás cuando podamos adoptar un poco más de rutina viajera, pueda centrarme en detalles del recorrido. De momento, seguimos subiendo hasta el norte entrando hoy en la prefectura de Aomori.

Pronto tendremos que coger un ferry para pasar a la isla de Hokkaido. Pero seamos pacientes, mañana toca otra visita de sake y perderse por la ciudad de Hachinohe y su mercado de pescado.




 Nota. Las fotos están desordenadas en el tiempo y el texto. Limitaciones de la tecnología a mano. Gomenasai.

 

sábado, 2 de septiembre de 2023

Punto de partida. Zaragoza - Tokio

Punto de partida

En este punto de nuestra vida, te das cuenta que tienes dos maneras de vivirla. Hacer lo que quieres o hacer lo que quieren. Si eliges la segunda opción, serás aceptado socialmente, por tu familia, tus amigos y tus compañeros de trabajo que estarán contigo y te darán una palmada en la espalda por haber seguido el mismo camino que ellos. Aunque tengas que hacer cosas que no te gusten, podrás consolarte con el mal de muchos, la lotería o el sueño de la jubilación, pequeños ansiolíticos que te harán la vida más llevadera.

Si eliges la primera opción, tendrás la responsabilidad y la diversión de andar tu propio camino, también de equivocarte, de dudar, pero lo más difícil será tener que enfrentarte a toda esa gente que eligió la segunda opción y que camina en dirección contraria, obstaculizándonte el paso, reprobando tus decisiones, molestándose porque eres diferente y tratando de convencerte de que la equivocada eres tú. En ese grupo a la contra, también puedes encontrar personas muy queridas y eso es lo que más duele. Al final te das cuenta de que no merece la pena rebelarte contra ellos, y acabas aceptando que el silencio es la mejor arma para protegerte, alejarte de aquellos que no te toleran y seguir caminando. Y para nada es fácil seguir este otro camino.



Normalmente, en situaciones difíciles, es cuando te replanteas tu camino. Y así es como hemos llegado a donde estamos. Ha sido un año muy difícil en muchos aspectos (trabajo, salud, familia), tanto para mí como para Alex y también para mis padres, pero nos hemos apoyado mutuamente y gracias a ello otra vez volvemos al punto de partida.  Otra vez a empezar de cero.

Ya ni me molesto en dar explicaciones a aquellos que se piensan que son unas vacaciones. Sabemos todo el esfuerzo que ha supuesto llegar hasta aquí, tomar grandes decisiones, volver a convivir con grandes dosis de incertidumbre sin saber qué nos esperará mañana. Un esfuerzo que sin embargo merece la pena. Al menos para nosotros. 

Aquí es donde iremos plasmando algunos de nuestros pensamientos, de nuestros descubrimientos y de nuestra ruta. Sin prisa, sin orden. En esta época en el que todo se rige por lo instantáneo, las imágenes y los vídeos, escribir se ha convertido en algo terapéutico, relegado para aquellos que disponen del tiempo y de la tranquilidad en los que poder poner en orden las ideas. Y eso es lo que espero poder hacer; si no es aquí, al menos en papel.  


Hanói

Primera parada en el continente asiático.

No lo habíamos pisado desde febrero de 2015. Entonces lo recorrimos de sur a norte y al revés, en pleno año nuevo Tet. Yo volví en otras dos ocasiones (una acompañada por Alex) pero visitándolo desde el sur, Saigón. Y dado que es un país tan largo, no llegué hasta tan arriba. Es un país que cada vez que visito me gusta más. Sin embargo, nunca antes habíamos sufrido tantísimo por el clima. Temperaturas casi invariables entre 28 a 34º grados durante todo el día con un 80% de humedad como mínimo, te hacen ir envuelto en un baño de sudor que dificulta cualquier actividad cotidiana.

La vida se sigue viviendo en la calle, y la moto es una extensión de su cuerpo. No solo sirve como medio de transporte de toda la familia, sino también para el negocio, como cama para dormir la siesta. Cada vez que vamos a Vietnam nos reímos compartiendo en qué es lo más increíble que vemos en la moto. Esta vez uno transportando un frigorífico, una familia de cinco en la moto (hasta ahora habíamos visto un máximo de 4), un hombre condiciendo la moto con la mano de derecha y llevando en la otra una bandeja de camarero con "cosas...


Mujer con su negocio de flores en la moto.

No hay mejor lugar para observar la vida pasar que sentada en alguno de sus cientos de cafés, tomando un café vietnamita con leche y hielo, o un café con coco, o la especialidad de Hanói, el café con huevo. 

Cafe con coco.






En competencia con el café tenemos la comida. Con esa combinación tan rica de verduras, carnes braseadas, salsas medio dulces y fideos de arroz.

Bún cha.



Comida budista.

Bún bò cao.


Dando un paso más allá en nuestra “inconformidad” viajera, y después de haber conocido los principales atractivos turísticos, nos entretenemos en conocer lugares más especiales. 

Y Vietnam lo especial no está a pie de calle. Está en sus callejones ocultos, que recuerdan a los hutongs de Pekín, o en las alturas. A veces un pequeñísimo letrero entre dos comercios, te indica que en medio de los dos, subiendo las escaleras y pasando por una casa hay otro negocio.


Entrada de uno de los callejones. Lo normal es que no sean tan bonitos como este. 

Club de jazz.



Así encontramos un restaurante budista con la comida más deliciosa y sana, un café de especialidad, un club de jazz, etc.


Antes de volar a Tokio, hacemos una pequeña excursión a Bát Tràng, pueblo dedicado a la cerámica, en colores blanco y azul que me encantaba e incluso vendimos en Toho.



Después de unos días por la capital de Vietnam, volamos a Tokio. 


Tokio

Deseábamos llegar aquí esperando que el calor diese una tregua. Nada más aterrizar comprobamos que la situación era parecida a Vietnam. Quizás un poco menos de humedad, pero de igual manera agotador. También hay muchísimos turistas. Como recomendación, no viajar a Japón en verano.


Primera anécdota en el aeropuerto cuando una señora mayor que comprueba si hemos rellenado todos los datos del formulario de entrada se sorprende por el tiempo que vamos a estar. De manera muy onomatopéyica, como hacen los japoneses, muestra su sorpresa y alegría mientras dice "sugoi, sugoi".

Es la primera vez que veníamos a Japón después de Toho, para bien y para mal. 

Para bien, conocemos muchísimas cosas, podemos adivinar otras, hasta con el idioma nos enteramos un poquito en algunos casos. ¡Echábamos tanto de menos el orden, la limpieza, la educación¡



Para mal, hay cosas que desilusionan un poco. Aunque suene pretencioso, después de estos años dedicándonos profesionalmente a la comida japonesa e intentar hacerla lo más auténtica posible, ya no nos vale cualquier comida por muy de Japón que sea. Ya no todo está buenísimo y somos más exigentes. Ahora un onigiri del seven eleven no nos parece tan bueno, o un meronpan que no sea de una buena panadería. Ya no me apetece comer un taiyaki y hasta el sushi no nos impresiona tanto y hay que saber elegirlo bien. Aún así, qué importa cuando hay miles de cosas por probar y descubrir.


Nos vamos a comer un ramen de estrella Michelin por 1600 yenes, equivalente a 10,20€; nos vamos a bar de sake para hacer una cata, eligiendo incluso cuáles nos apetecen; nos escapamos al mercado de las pulgas, vamos a nuestro café favorito, visitamos la academia de Alex, Tsukiji, paseamos por el barrio, me hago unas gafas nuevas, como de costumbre cuando viajamos a Tailandia o Japón, Alex me enseña la librería de un único libro, vemos una reunión de luchadores de sumo.


Ramen de estrella Michelín.

     Cata de sakes.



Mercado de tsukiji.

Intentamos estar al margen del bullicio y sobrellevar como podemos este calor. Tokio está genial y hay de todo, pero ya tenemos ganas de emprender el viaje en la mini cámper japonesa y comenzar nuestra ruta. Alejados de los lugares más turísticos, y visitando prefecturas más desconocidas, más rurales y conduciendo por Japón.

Alex va marcando puntos en el mapa y dudo si nos dará tiempo de visitar todos. Le oigo reírse y sorprenderse viendo los lugares que visitaremos mientras yo prefiero que me sorprenda y me dedico a teclear y poner en orden la tecnología.

Qué suerte tener un compañero de viaje como él. Y qué suerte los dos con el mismo punto de locura.


Tenemos experiencia con la cámper cuando recorrimos Nueva Zelanda. Allí también se conduce por la derecha y Alex ya ha conducido en Japón, por lo que es un plus. Pero sabemos cómo son los japoneses, y esperamos que no cometamos ningún gran error de gaijin (extranjero para los japoneses). 

Allá vamos.

Gambatte kudasai.