Tendré que bautizar esta entrada como Frankenstein, después de que he ido añadiendo remiendos conforme el viaje avanzaba más rápido de lo que yo podía escribir.
Empecé escribiendo sobre la isla de Kyushu, después pasamos a Shikoku y justo hoy ya hemos vuelto a la isla principal de Honshu, donde están Tokio y Kioto. En concreto, escribo desde Osaka. Me gusta mucho Osaka, pero qué diferente ha sido volver hoy.
Isla de Kyushu
Qué curioso es llegar a un lugar que habías imaginado y compararlo con la realidad.
Yo sabía que Kyushu me iba a gustar. Se lo dije a Alex. Es el sur, al menos para mí. La imaginaba tropical, con palmeras, sol y mar.
Fue cuando llegamos a Aoshima, ese domingo, con las palmeras del paseo y la playa, el mercadillo de yoga y productos naturales cuando me di cuenta que ese ambiente era el que más se acercaba a lo que había creado en mi cabeza.

Allí conocimos a una pareja de una japonesa y un ecuatoriano. Fue agradable compartir con ellos impresiones del viaje, de Ecuador, de España y de Japón. Él llevaba tres meses viviendo allí y les sorprendió que conociésemos tanto del país y de la comida.

Aquí parece que la vida se toma con más calma, y lo agradezco muchísimo.
Salvo en grandes ciudades como Fukuoka, casi no se ven turistas. Así que cuando nos ven con el coche, lo primero que hacen es mirar la matrícula y decir en alto "Narita".

Estación de Fukuoka.


Contraste. Árbol de 3000 años.
Por otro lado, qué limitada mi imaginación, porque no podía imaginar que en esta isla pudiésemos encontrar tal diversidad de paisajes. Por un lado está el lado de costa precioso con el mar azul de agua cristalina y por el otro, las montañas o un árbol de 3000 años. O campos extensos de flores cosmos, pelusas (así es como he bautizado al ciprés de verano) y otras tantas que ni conozco su nombre.

Pelusas
O los volcanes, con el olor a azufre, el vapor emanando de las alcantarillas en Beppu, que se utiliza para cocinar al vapor y para los más de 2900 aguas termales de la ciudad.
Para cocinar al vapor.
Calles de Beppu
Onsen privado (aguas termales).
No solo es bonita la naturaleza en sí, sino cómo la integran en su vida. Me sorprende cómo a pesar de su avanzadísima edad, mantienen el cuerpo en forma a base de cultivar su huerto o jardín, de plantearse retos como subir una montaña. Hasta visitar un templo a veces supone un esfuerzo físico y a la vez, un momento de paz por encontrarse rodeado de árboles.

3333 escaleras hasta llegar al templo, rodeado de árboles, con ciervos por el camino.


Seguimos nuestra ruta de visita a bodegas de sake. Vemos cómo se elaboran algunos productos artesanos, como un vinagre negro que Alex usaba en el restaurante japonés de Kuala Lumpur. Se fermenta en tinajas al sol en Kagoshima; aprendemos cómo se elabora y hacemos una cata de varios tipos, alguno añejo de 5 años. Todos riquísimos. Huelga decir el detalle con el que explican todo, para que lo entiendas de forma clara pero a la vez muy educativo.
Tinajas de vinagre negro.
Cata de vinagres.
No es que quiera idealizar todo lo que hay en Japón. Al contrario, soy la primera que cuando alguien me ha venido con la historia de que todo es tan bonito, la gente tan amable y todo tan ideal, les enumero varias razones de por qué no todo es tan perfecto.
Pero de verdad que poder viajar así, con esta calma, apreciando el día a día, descubriendo lo fácil que a veces pueden ser las cosas,viviendo tan de cerca con la naturaleza,viendo cómo la inteligencia se aplica para mejorar la sociedad, cómo no hay gritos, ni malas maneras, ni malas caras, ni suciedad, ni malos olores (de humo) salvo en las áreas asignadas, como impera la belleza en todo, te da una calma mental inexplicable fuera de aquí.
Quizá a otras personas no les ocurra, pero a mí, que vivo en una sociedad en la que siento que soy diferente, que hay tantas cosas que no me gustan y que me siento tan incomprendida hasta por los más cercanos, aquí me siento en paz.
Este tiempo no solo de viajar, sino de vivir nos está ayudando mucho. Es la misma sensación que tenía cuando viajamos en la vuelta al mundo. Sentir que eres dueña de lo que haces, que decides cómo utilizas tu tiempo y que haces cosas que no hacías en tu día a día porque no te parabas a pensar en lo que la vida es de verdad. El contacto con la naturaleza, contemplar, respirar. Cuánto lo decía en aquel viaje y lo repito en este.
Supone un reto llevar la contraria a todo y a todos, por eso cuando conocemos a alguien especial, que ha llevado otro camino, me hace feliz y trato de aprender de él o ella. Como nos pasó con aquí. Como el otro día cuando vi el brillo en los ojos de una mujer que recopilaba cacharros antiguos y había hecho famoso a su pueblo.
Y cuando pienso en volver, siento que otra vez tendré que encerrarme en mi caparazón y crear un espacio propio que sea nuestro paraíso, como hicimos con espacio Tōhō. No volver a hablar de mis inquietudes salvo con el que esté interesado en preguntar y fingir que me importan las banalidades y los caramelos de consumo material que entretienen de lunes a viernes. Intentar fingir ser normal para no crear enfrentamientos.
Por suerte, tengo a mi lado a Alex. Sin él todo sería mucho más difícil para mí. Aunque lo gestione de otra manera o quizá sienta diferente, nos comprendemos mutuamente y eso incrementa nuestra rareza por dos.
Shikoku, un recuerdo
Esta foto fue tomada el 4 de octubre de 2015. Estábamos en Salta, Argentina, en la preciosa casa de San Agustín. Carlos y Soledad nos acogieron después de que coincidiéramos con su hijo Agustín en Cuenca (Ecuador) y nos dijese que fuésemos allí en nuestro tramo final del viaje de vuelta al mundo.
Recuerdo perfectamente esta comida familiar con sus hijos y nietos en la que nos preguntaron qué proyectos teníamos a la vuelta. Les comentamos que queríamos recorrer la isla de Shikoku en el sur de Japón para documentar el camino de los 88 templos. Por aquel entonces no era tan famoso y no había mucha información en español. Me parecía algo tan lejano y tan complicado de realizar que lo decía sin mucho convencimiento.
Una semana después, en el barrio japonés de Sao Paulo compramos un libro en portugués sobre el Shikuko Henro. Permaneció en el olvidó para mí, en alguna caja de mudanza hasta recuperarlo días antes de emprender este viaje. Y me alegro, porque ha supuesto llegar con la pizarra en blanco para dejarme asombrar por todo el encanto de esta isla, aunque sea con otro propósito; recorrerla con tranquilidad y la calma que aquí impera, y hacer algún tramo para visitar algunos templos.
Desde mi ignorancia cultural, solo por lo que observo a mi alrededor, noto que las personas de aquí son diferentes físicamente, algunas más altas que la media; vemos más familias de 3 hijos (como en Kyushu y poco habitual en la isla de Honshu); otras con rasgos diferentes que no parecen japoneses; son más alegres; se acercan más a hablarnos y he leído que tienen fama de ser los más simpáticos del país. Sinceramente, a veces pienso que son todo imaginaciones mías y se debe a esa manía de clasificar e inventar historias.
Hoy (otro hoy) hemos oído hablar a una pareja de pescadores y no parecía que hablasen japonés. Aquí tienen un dialecto que otros japoneses ni siquiera entienden.

Si me encantó la isla Kysuhu, Shikoku también me está enamorando por esa calma y ese ambiente de era Showa. Nosotros mismos hemos adoptado ese ritmo y ya no nos importa tanto ver muchas cosas sino disfrutarlas con tiempo.
Da la sensación de que esta isla está más olvidada en el mapa, anclada en los años 70 u 80. Si no fuera por el camino del Shikoku y los peregrinos que vienen a hacerlo, creo que aún se verían menos turistas.
Pasamos de una isla a otra fue sencillo. Cruzamos en ferry para ganar tiempo y distancia, en un trayecto de una hora entre Saganoseki y Misaki. Normalmente, cuando cambio de un destino que me ha gustado mucho a otro me da pena (ese apego emocional que hay que trabajar). Sin embargo, Shikoku nos recibió tan amablemente que casi no notamos el cambio.
En cambio hoy al llegar a Osaka ha sido un shock. Después de cruzar Kobe y Osaka con tráfico (mañana es festivo y puente) hemos ido al barrio en la que solíamos alojarnos y nos ha impactado el ambiente. Borrachos cruzando mal por la calle, otros sentados en la acera bebiendo, otro tirado en el suelo dormido, olor a pis. Más suciedad. Parece que la zona ha empeorado, no sé si víctima de los efectos de la covid o de la economía, pero nos ha dejado impactados, más aún viniendo de la tranquilidad de Shikoku.
Otro día continuo con los peregrinos, las comidas, el love hotel y otras aventuras de Shikoku. Ahora toca dormir y procesar.