Antes de empezar a contar esta
historia quiero dedicar esta entrada a mis queridos Jesús Alejandre (el padre
de Alex) y Frédérique (mi francesa/española
preferida) por animarme siempre a que escriba.
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| Saludos desde Japón. |
He necesitado tiempo para
sentirme con ganas de escribir. Hace un par de días comencé a escribir
cronológicamente el comienzo de mi viaje. Hoy, no importa dar un salto en el
tiempo porque quiero contar dos historias que me han ocurrido hoy y me hicieron
reflexionar y otra anterior, pero las tres con un protagonista en común, la
barrera idiomática.
Haré un breve resumen de mi
situación actual para ubicarme en el mapa.
El 5 de junio comencé mi primer viaje
en solitario de 1 mes y medio, viaje de trabajo, de placer y de inspiración
todo junto. Mi destino inicial era Malasia y unos días en China para asistir a
una feria, pero saturada del calor de Kuala Lumpur aproveché la oportunidad que
se me brindaba (o que hice que se me brindase) y viajé a Japón. De cómo y por
qué llegué hasta aquí, en próximos capítulos.
Estoy viviendo en Niigata (Japón)
por dos semanas, una ciudad en la costa oeste de la isla de Honshu. Digo vivir,
porque realmente hago vida de japonesa conviviendo con la entrañable Mitsy san.
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| La entrada de casa |
Hoy por la mañana me fui en bicicleta a la tienda de vegetales, lo que viene a ser una verdulería. Muy cerca de casa me encontré a un chico joven tirado en el suelo boca bajo. Me asusté, bajé de la bici y me acerqué a preguntarle. Él me preguntó si hablaba japonés y le dije que no. Intentaba levantarse pero no podía y le pregunté en inglés y haciendo gestos si llamaba a alguien; me respondió tartamudeando “police” (policía) y señalaba a la izquierda (luego supe que allí había una cabina telefónica para poder llamar). Me sentí totalmente impotente por no entenderle y no poder ayudarle. Finalmente, hizo un esfuerzo para incorporarse, y le ayudé sujetándole del brazo. Una vez de pie y con gesto dolorido, se puso frente a mí y sacó fuerzas para inclinar su cuerpo en forma de agradecimiento. Se despidió con un goodbye y yo con una sonrisa, aunque me fui preocupada sin saber qué pudo pasar, si alguien le esperaba en casa, si se encontraba bien, si se cayó o le atropellaron. Pedaleando en mi bici me sentía impotente por no poder comunicarme con él y pensé lo importante que era conocer un idioma en estas circunstancias.
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| Visita al supermercado, una de mis visitas diarias preferidas |
A Mitsy san le apasiona la música clásica y la semana pasada me invitó al teatro y a un concierto de la orquestra sinfónica de Tokio.
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| Con Mitsy san en el teatro. |
También compró dos entradas para un concierto de piano que tenía lugar esta tarde. Pero ya el domingo decidió que no podría asistir, porque no se encuentra bien de salud. Intentó encontrar a alguien que me acompañase; tarea difícil un miércoles por la tarde, quien no trabajaba tenía clases. A mí no me importaba ir sola, pero me dijo que su ticket no podía cancelarse. Así que me propuse encontrar a alguien que pudiera interesarle. Se me ocurrió hacer una búsqueda en Couchsurfing de personas que viviesen en Niigata y que les gustase la música clásica.
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| Concierto de piano. |
Hoy fui al concierto con Shalaka. Me contó que trabajó 10 años de intérprete de inglés-japonés, pero ahora había hecho un descanso para estudiar en Niigata a través de un programa de intercambio con su universidad de India y también daba clases de inglés.
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| Con Shalaka en el concierto. |
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| Mis tatuajes que me recuerdan mi pasión por India, por Japón y por Alex. |
Las circunstancias me permiten convivir con Mitsy san, que fue profesora de inglés y tiene un acento británico excelente. Probablemente, una de las japonesas con mejor inglés de su país.
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| Mitsy san en el parque Hakusan. |
Tercera historia
Un poco antes de volar a Japón, cuando
paseaba tranquilamente por el centro de Kuala Lumpur, conocí a un chico (aunque debería llamarle hombre
porque solo era dos años más joven que yo, pero no me sale) que comenzó a
hablarme tímidamente y terminamos contándonos nuestra vida hasta donde su
inglés le permitió. William es indio de nacimiento, porque su madre biológica
es india, aunque él me insistía que era chino. Cómo era eso posible. Al principio
no le entendía y pensé que me tomaba el pelo, me enseñó su carné de identidad de
Malasia con su foto y efectivamente un nombre chino, aunque se hacía llamar
William, como los dueños de los bares regentados por chinos en España que se
llaman Jose, Tony o Juan.
| Torres petronas desde lejos, |
| Sí, me gusta Kuala Lumpur, pero es hora de cambiar de aires, que aquí hace mucho calor. |
William me contó que su madre
biológica le abandonó al nacer, y ni siquiera sabía si estaba viva o no.
Entonces una mujer china lo adoptó, pero no se hizo cargo de él. Sólo estuvo en
un colegio (entiendo que como una especie de orfanato) hasta que fue mayor de
edad y pudo trabajar. Lo curioso es que hablaba chino, y algo de inglés, no
demasiado. A ratos se bloqueaba cuando quería decirme una palabra pero sólo le
salía en chino. Pretendía que la buscase con el traductor, pero yo no tenía
para escribir en chino. A veces conseguía entenderle, otras se daba por vencido
y seguía con otra cosa. Me contó que no tenía ninguna religión, pero que creía
que existía un Dios, y por cada templo que pasábamos hacía un gesto de
deferencia, ya fuese un templo hindú, chino o musulmán. Según él, ese mismo
dios fue el que quiso que esa tarde me conociese y charlásemos, para sentirse
un poco mejor.
| Templo hindú. |
| Templo chino. |
| Museo textil de Kuala Lumpur. |
Me decía que no tenía a nadie,
que la vida en Kuala Lumpur era difícil y que quería morir. No tenía razones
para vivir. Me señalaba a una chica rubia y me decía, “ella puede venir aquí,
estar de vacaciones y volver a su casa”, pero él no tenía oportunidades de
cambiar su vida. Le escuchaba paciente; no
podía decirle que la vida es muy bonita y hay miles de razones para vivirla.
Pero le dije que tenía la posibilidad de cambiarla, mediante su trabajo, luchando
por su sueño. Me contaba que si pudiese le gustaría viajar a México. Al menos
tenía un sueño.
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| Deseos a la entrada de un templo en Japón. |
Recorrimos varias tiendas en busca de la pasta tailandesa Tom
Yam para la señora japonesa que me lo había encargado, e hizo suyo el propósito
de encontrarla. Tras recorrer varias tiendas la encontramos. Se me hizo tarde y
tenía que volver al hotel. Le dejé sentado en un banco mientras me decía que me
fuese antes de ponerse a llorar. Y la tercera vez que me lo repitió le hice caso y me marché.









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