Estamos en Port Barton, un lugar
donde no hay cajeros automáticos, ni Mc Donalds, donde la electricidad funciona
solo determinadas horas (aunque tenemos wifi) y nuestra rutina es muy sencilla.
Un lugar donde me he podido relajar y reconciliar con Filipinas.
Llegamos a Manila en avión, de
madrugada. Esperamos unas horas en el aeropuerto hasta que amaneciese y cogimos
el metro ligero y después un bus para llegar al centro de la ciudad. Tengo que
admitir que, como si fuese la primera vez que viajase, iba totalmente condicionada
y con prejuicios sobre la ciudad, así que yo misma me estaba creando una idea
equivocada.
La primera impresión fue
suciedad, ruido, contaminación, calor, prostitución, pobreza….trato de
familiarizarme con el lugar, pero el ambiente no es como el de los otros países
del sudeste asiático que hemos visitado. Manila está plagada de Mc Donalds,
Dunking Donuts, Jollibee y Chowking entre otros, al más puro estilo americano.
Con razón lleva la fama de ser la ciudad de las franquicias. Las canciones
románticas y moñas asiáticas han sido sustituidas por canciones americanas y la
gente aquí lleva otro ritmo; quizás herencia latina, pero se ven más lentos,
más perezosos y menos ágiles. No hacen tanto deporte como sus vecinos
asiáticos, ni se sientan en cuclillas y también con más sobrepeso.
De vez en cuando oigo alguna
conversación entre filipinos y me parece español. El tagalo tiene bastante
palabras en español o similares: uno, dos, tres, pesos, trabaho, basuraran,...o
el nombre de ciudades como Diversion, Belleza,
El Nido, etc. Aunque aquí prácticamente todo el mundo habla inglés y no hay
problema para entenderse.
Paseamos por la ciudad hasta Intramuros,
zona colonial donde Legazpi fundó la ciudad. .Son las 3 de la tarde y el calor
es sofocante. Hay seguratas en las entradas de todas las tiendas y policías con
su traje ajustado portando una escopeta o pistola. Veo mucha gente pobre por la
calle con mirada perdida, físicamente muy maltratados; Nos vamos hasta el
barrio chino y por el camino cruzamos un puente donde niños de entre 8 y 10
años están esnifando pegamento, colocados. Me siento intranquila, incómoda e
insegura y le pido a Alex que volvamos a nuestro hotel antes de que sea de
noche. Otra vez todas estas sensaciones se amontonan en mi cabeza y al igual
que me pasó en Calcuta, inexplicablemente empiezo a llorar. Parece increíble
que después de todo lo que hemos visto durante nuestro viaje, especialmente en
India, siga tan sensible a estas cosas; quizás el escudo que me he creado para
tratar de no ver lo que hay a mi alrededor no ha sido suficiente y de nuevo la
realidad me supera.
La comida tampoco me fascina.
Carne, carne y carne. Muchos filipinos ya se desayunan con un plato de arroz,
huevo frito y tocino que se llama tosilog (lonsilog si es con longaniza). Tratamos
de comer en alguna “eatery”, lugares donde se disponen en el mostrador una
serie de cazuelas con distintos guisos para acompañar al arroz. Casi todo
también de carne, pero al menos es más casero.
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| Bizcocho de ube, muy rico. |
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| Fotos en honor a Jorge ;) |
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| Desayuno filipino, también comida. |
Abandonamos Manila para visitar
Legazpi, una ciudad a 340 km de Manila. Llegamos a las seis de la mañana y
desde el cristal del bus nos recibe el Monte Mayón, con el cono natural más
perfecto del mundo. Se trata de un volcán bastante activo, con 50 erupciones
los últimos 400 años. A nosotros nos sorprende una mañana con un pequeño
temblor de suelo, que hace que Alex me despierte pensando que es un terremoto.
Nuevo país y nuevos medios de
transporte. Aquí lo que abundan son los triciclos y los jeepees.
| Triciclo que también sirve para transportar de todo. |
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| Jeepee en Manila. |
Cogemos un jeepee para ir Cagsawa
, para ver las ruinas de un pueblo cercano al volcán. Nos metemos entre los
arrozales y caminamos en dirección al volcán. El paisaje es fabuloso; el verde
de los arrozales, las palmeras, la tranquilidad del lugar, vacas descansando y
algún filipino trabajando la tierra. Las nubes tapan la cumbre del Monte Mayón,
esperamos sin prisa y cuando por fin se descubre entero ante nuestros ojos nos
quedamos un buen rato contemplándolo. No sé si es de verdad de lo perfecto que
me parece.
Volvemos en bus nocturno a
Manila, con el tiempo justo para coger un avión hasta la isla de Palawan. Esta
es la isla que nuestra amiga Montse nos recomendó a través de un amigo, con
playas increíbles.
Al volver nos sorprende un templo
budista y entramos a verlo. En cualquier otro país de Asia sería normal, en
Filipinas es anecdótico. El vigilante de la entrada nos lo enseña y nos dice
que se llama “templo chino”. Claro, sólo hay uno, para que van a pensar otro
nombre.
Aquí la presencia del catolicismo y de Jesucristo es tan grande o más
que los templos hindús en India o los budistas en Tailandia, Camboya o Vietnam.
Por las tardes, y sobre todo el domingo, las iglesias están a tope.
Por la tarde vamos a tomar un
zumo de frutas al garito de Noel, que junto con un vegetarianos son nuestros
lugares preferidos para tomar algo en Puerto Princesa. Un filipino muy
parlanchín, que nos pregunta por nuestra excursión. Se sorprende cuando le
hablamos sobre la playa que hemos visto porque no la conoce. El domingo irá a
visitarla. Le decimos que al día siguiente iremos a El Nido, el lugar famoso de
esta isla. Pero nos dice que es muy caro en relación a otros y nos recomienda
Port Barton, un poco antes, menos conocido y más barato.
| En el garito de Noel. |
Port Barton es el lugar perfecto.
Nos alojamos en una casa que nos parece el paraíso. No por los lujos, que son escasos,
sino por el ambiente de paz y tranquilidad que tenemos. La compartimos con una
pareja de holandeses, Auke y Jane y con un francés, Florence. Los tres son muy
agradables. Florence es de Bayona pero ha vivido en América del Sur y habla muy
bien español. Lleva 10 meses en Filipinas y en la casa lleva una rutina de vida
tan tranquila como nosotros. Charlamos en el porche, cocinamos (que ya lo
echaba de menos), vamos a la playa, nos damos un baño, hacemos gimnasia pronto
en la mañana y después vamos a la “casa blanca” (otra casa de alojamiento de
los mismos dueños que los nuestros) donde tenemos wifi y aprovechamos para
coger los vuelos de salida de Nueva Zelanda, sin ellos no podremos entrar al
país. Allí la gente que se aloja también es muy maja, en especial una
canadiense de Quebec que habla francés, y estudia inglés. También sabe español
porque vivió en Perú, y cada vez que vamos a su casa charlamos un rato.
| Nuestra casita. |
| Atardecer en la playa de Port Barton. |
La gente de aquí organiza
pequeños tour en los que te llevan en su barca por las islas de alrededor. Ayer
hicimos uno de ellos junto con Suzanne y Alexia dos chicas de Toulouse muy
simpáticas. Todo el mundo parece tan majo aquí. Visitamos varias islas y
practicamos snorkel. Era nuestra primera vez. Auke y Jane nos dijeron que nos
encantaría y así fue. Yo me quedé alucinada viendo todo lo que se esconde en el
fondo del mar y ahora entiendo a la gente que es tan aficionada al snorkel y al
submarinismo porque es como estar en otro mundo. Tuvimos suerte porque además
de ver muchos tipos de peces (al de nemo entre otros), vimos estrellas de mar,
caballitos de mar y hasta una serpiente. Así que ya estamos deseando repetir.
| Ensalada, arroz, pescado y bananas, esto sí que está rico, |
| Con Suzanne y Alexia, disfrutando de la comida que nos prepararon. |
Y aquí seguiremos hasta el día 20 que volveremos a Puerto Princesa, llevando una vida lo más asilvestrada posible J



