Siempre he pensado que tenía la
cabeza para pensar y aprovecho cada momento para hacerlo. Muchas veces Alex me
pregunta “¿Qué piensas?” y le contesto “en nada”. Pero sabe que no es cierto.
Siempre, siempre pienso algo; se lo dije al comienzo de nuestro relación y creo
que ya puede ver hasta el humo que hecha mi cabeza de tanto pensar. Y me dice
que siempre estoy pensando más allá de lo normal. Releo el apartado “El origen”
de nuestro blog y hasta ahí escribí “será una prueba de adaptación y de vivir nuevos retos cada
día (sobre todo en India). Y sobre todo tiempo para pensar”.

De nada me ha servido escucharlo
de tantas personas, “no pienses tanto, no pienses tanto” hasta que me he dado
cuenta por mí misma que realmente ese el problema. Pensar…pensar a todas horas
racionalmente, en cosas aparentemente importantes para mí pero que no me dejan
escuchar al hemisferio derecho del cerebro, el que se encarga de la parte
emocional, de la intuición, del espíritu, de la música, de la parte artística.
Si hasta veces me digo que no escucho música para no despistarme. Quiero
tenerlo todo bajo control, numerado; cuando íbamos a correr siempre iba
pensando en cuánto me quedaba, ahora 5/6, 2/3, 100 segundos….nunca nadie habrá
usado tantas fracciones como yo en esos momentos. Y sin embargo, en algunas
ocasiones, cuando me distraía y dejaba de pensar el tiempo se pasaba volando,
no me costaba tanto esfuerzo y hasta me olvidaba de la respiración. Sí, ahí
estaba actuando el hemisferio derecho del cerebro…ese que de vez en cuando me
pide a gritos que le escuche y es cuando me sorprende lo inesperado, las
casualidades, las ideas felices que nos decían en la carrera.
A pesar de que en ese apartado de
El origen expuse algunas de las razones por las que emprendimos este viaje, sólo
algunos pocos saben que una de mis principales razones era volver a confiar en
el ser humano; descubrir otras maneras de vivir, otras sociedades diferentes a
la mía, otros tipos de convivencia como la que me maravilló en Japón… ¿sería
posible?
Entonces llegamos a Nepal y luego
a India, y allí todas mis fórmulas y esquemas para racionalizar lo que ocurría
a mi alrededor se vinieron abajo. Empecé a sentir de otra manera, a descubrir
una forma de vivir más espiritual, más profunda. Me convertí en una iluminada,
de esas que antes había criticado…las que volvían de India maravilladas, o las
que veía por la calle con la sonrisa en la boca. Sí, fui feliz, muy feliz. Y a
la vez lloraba. Recuerdo estar desayunando con Alex en un bar de Goa llorando y
riendo a la vez, sin saber por qué.

Vinoth, el monje budista que nos
leyó los chakras, me dijo que tenía un chakra muy abierto, el chakra del
corazón. Y que confiaba demasiado en la gente, que me abría mucho, pero tenía
que protegerme para que no me hiriesen. Pero no me dijo cómo hacerlo. Si ni
siquiera sabía qué era un chakra! Y
desde entonces estoy lidiando con mis emociones, emocionándome por todo y
llorando sin parar, que dicen que limpia el interior. Le pregunto a Gema, a
Óscar, a Ira, a Frédérique, a Indi,
gente más familiarizada con el tema o más sabia y me dicen que es normal, que ya entenderé.

Y Alex a mi lado, tratando de entender si quiera un poco de lo que
ocurre en mi interior. Él, por otro lado, parece haber madurado muy bien y se
le ve muy resolutivo. Ha perfeccionado muchas de sus habilidades y desarrollado
otras que ni conocía. Planea rutas, utiliza esa memoria fotográfica envidiable, se abre más a la gente, habla en
inglés con elegancia, encuentra soluciones a pequeños problemas mucho más rápido
y se adapta a nuevas situaciones sin problema. Le veo disfrutar y me alegro, le escucho hablar de sus planes de futuro a
medio plazo y me hace reír cada vez que me ve llorando.

Pero aún así, con tantas
emociones y tantos sentimientos, sigo tratando de analizar todo, de entenderlo
todo, buscando respuestas a mil por qués. Hace una semana llegamos al ecuador
de nuestro viaje, y quizás la vuelta a esta sociedad más parecida a la nuestra
o a que, como me dice Frédérique, me puse a pensar en la vuelta, me sentí perdida. Totalmente perdida…dónde
acabaré, a dónde nos llevará este viaje, qué haré con mi vida. Así que me encerré en mí misma, y Alex a mi
lado, también en sí mismo.
A pesar de estar 23:45h al día
juntos (resto 15 minutos para ir al baño) durante 6 meses tuvimos nuestra
primera crisis viajera, que solucionamos como nos dijo Popo Gonji, hablando. Un
poco más calmada continuamos nuestro viaje hasta Roturoa y allí, cuando menos
lo esperaba, tuvimos otro encuentro fortuito con dos viajeros. Como dice
Mercedes, siempre aparece alguien que nos ayuda o nos guía en nuestro camino.

Conocimos a Ana María y Juan, una encantadora pareja de Ecuador, que
casualmente comenzaron su viaje de un año el mismo día que nosotros, el 8 de
octubre. Me resultó curioso que Juan nos preguntase por las razones de nuestro
viaje y me sorprendió estar hablando con ellos sobre la espiritualidad, la
meditación, nuestro interior. Escuché a Ana María contarnos su experiencia en
el camino de Santiago y los motivos de ambos para iniciar su viaje; fue una
charla taaan reconfortante para mí que ni me di cuenta de que estaban tocando
música en directo en el bar donde estábamos sentados. Sentí que a pesar de que nuestras
vidas eran diferentes, viviendo en países diferentes y con diferente bagaje a nuestras
espaldas, buscábamos lo mismo en la vida, sentíamos de manera similar. Encontré
esa empatía, ese entendimiento y esa comprensión con el ser humano que me
preguntaba antes si existía, ese saber que no soy la única en el camino de la
vida. No saben cuánto me ayudó interiormente ese momento que compartimos.

Cuando volvimos a casa (nuestra
furgoneta) leí un correo de mi querida Frédérique animándome, diciéndome que no
buscase respuestas a todo, que a veces hay que caminar a ciegas, dejarse llevar
y finalizaba con esta frase de François Cheng, que no puede resumir mejor lo
que siento, la sensibilidad que se ha apoderado de mí y que me hace ver de esta
manera:
"Il faut apprendre à
percevoir la beauté cachée. A côté des grandes beautés qu'on peut trouver dans
les paysages ou les oeuvres d'art, la beauté continue à s'incarner dans la vie
courante: un visage rencontré, un sourire échangé, quelques fleurs anonymes
poussant dans un recoin du trottoir, un rayon du soleil couchant dorant un
vieux mur..."
"Ainsi, de rencontres en
rencontres, rencontres avec des humains, rencontre avec la transcendance, l'on
avance, peu à peu, sur la voie de la vraie vie." François
Cheng.
"Tenemos
que aprender a percibir la belleza oculta, Además de las grandes bellezas que
se pueden encontrar en los paisajes o n las obras de arte, la belleza sigue
encarnándose en la vida diaria. Conocí a un rostro, una sonrisa intercambiada,
algunas flores anónimas que crecen en una esquina de la acera, un rayo del sol
poniente iluminando una vieja pared ... "
"Así
que, de encuentros en encuentros, encuentros con seres humanos encuentro con la
trascendencia, se avanza poco a poco, en el camino a la vida real."
Así que llenos de energía, pero a
la vez más relajados, volvemos a disfrutar como antes, dejando que el camino
nos lleve sin preguntar cuánto falta, abriendo los ojos y sobre todo la mente a
todo, intentando deshacernos de cualquier prejuicio de sociedades o países y
fijándonos más en las personas.
De película
Y para finalizar, una anécdota
que nos ha pasado hoy, que bien podría servirnos de guión para una película,
aunque prometo que es real y por respeto a su protagonista, omitiré nombre y
lugares.
Hoy tocaba ducha caliente en las
piscinas del pueblo, yuhuu! Pero el encargado nos ha dicho que mejor fuésemos a partir de las 11h porque
estaban con cursillos de natación. Entonces hemos ido a la biblioteca para
planificar un poco la ruta de China y Japón.

En frente, en nuestra mesa, una
mujer de preciosos ojos verdes estudiaba algo que no he alcanzado a entender;
al lado de Alex una chica extranjera, probablemente alemana, preparaba unos
curriculum; y a mi lado un hombre, llamémosle Bob, trabajaba con el ordenador mientras charlaba
con la mujer de ojos verdes sobre lo que estaba estudiando cada uno. Al cabo de
un rato nos hemos quedado solos con Bob y ha comenzado a charlar con nosotros preguntándonos
de dónde éramos. Me costaba entenderle porque el inglés de aquí es muy
americano y encima acortan muchas palabras. Para decir see you dicen “siya” o
para decir how are you? dicen “haya”.
Nos ha preguntado por los toros, hemos
hablado de Pamplona, de Nueva Zelanda, de nuestro viaje y cuando nos ha
preguntado a qué nos dedicábamos y le he contestado que era ingeniera química,
nos ha contado que en un sueño tuvo una visión sobre la fórmula de un invento
antiguo que se extravió, y del que yo no había oído hablar antes. Lo he buscado
en internet y aparecía sí, pero ya me ha advertido que la información era
confusa y la fórmula seguía siendo un secreto. Bob me ha empezado a contar a
medias porque no quería que le quitase la idea. Le he dicho que no se
preocupase, que en este momento de mi vida no pensaba en ese tipo de cosas.
Aún así me ha en su ordenador un antiguo libro de química con formulaciones, en el que se explicaba que debía mantenerse en secreto. Parecía debatirse entre contarme más o no y ha continuado explicándome un poco más sobre su descubrimiento. Bob estaba pendiente de que nadie en la biblioteca se enterase de nuestra conversación y me ha recordado a Russell Crowe en la película de una Mente maravillosa, enredado en sus teorías de conspiración. Yo ponía toda mi atención, pero por suerte para él no he podido entenderle muy bien en inglés, y me decía, “mejor, te estoy contando demasiado”. Yo también lo he preferido.
Me ha dicho que tenía cara de
preocupada y le he explicado que eso que me contaba podría ser peligroso en las
manos equivocadas. Me ha pedido el correo electrónico para hacerme algunas
consultas y ayudarle a desarrollar la idea que tenía, que podría hacernos ganar
mucho dinero. “Es bueno tener un contacto externo, por si desaparezco”, me ha
dicho.
Al final se nos ha hecho tarde,
nos esperaba un día con bastantes
kilómetros por recorrer y aún teníamos que ir a darnos una ducha caliente. Así
que nos ha despedido con un “siya” y le he dicho que guardaba su contacto.
Al salir de la biblioteca le he
dicho a Alex, “está bien, ahora puedo decir que en Nueva Zelanda también nos
pasan cosas increíbles como en India”. Le he preguntado a Alex si le creía y me
dicho que sí. Yo, hace seis meses hubiese pensado que estaba mal de la cabeza,
pero hoy he pensado ¿y por qué no? Al fin y al cabo, tampoco le creían al que
inventó el sistema de comunicación de internet. Y no he querido darle más
vueltas, aunque por supuesto, no lo he conseguido : )