Mostrando entradas con la etiqueta viaje interior. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viaje interior. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de diciembre de 2015

Demasiado Delhi

Sentada en la cama de habitación, oyendo de fondo el dulce tono de una conversación en japonés mezclado con las bocinas de los tuc-tucs y con las imágenes del canal japonés NHK World en la tele, me dispongo a despedirme de Delhi.  Hemos pasado aquí demasiados días, demasiados.  Y necesitamos aires del sur.
Por qué estamos aquí tiene su explicación.

Visita al norte de India: Dehradun y Mussoorie

La idea inicial era estar  cinco días en Delhi y bajarnos poco a poco al sur, haciendo paradas en algunos destinos que no visitamos el año pasado.

Sin embargo, sabíamos que Popo Gunji estaba en India y queríamos hacerle una visita sorpresa. Después de conocerle en India y reencontrarnos en Tokio, tal es la impresión que nos causó que queríamos volver a verle. Pero esta vez él había cambiado su destino. Estaba en Dehradun, a 200km de Delhi, donde hay una escuela de refugiados tibetanos a la que su ONG ayuda. Le escribimos dos días antes para preguntarle, y nos dijo que estaría allí hasta el día 19 de noviembre, después volvía a Dharamsala  y de allí a Japón. Nosotros pensábamos llegar el día 18, al menos le veríamos un día.

Con Popo Gunji el año pasado en McLeod Ganj.

Antes de nuestro viaje, avisé a nuestra amiga Ira que ya estábamos en Delhi. Sabía que estaba muy ocupada con su preparación  en las montañas, pero no sabía dónde. Casualidad o no, resultó que de 3,3 millones de km2 que tiene India, Ira estaba en una academia en Mussoorie, a 25km de Dehradun. Y fuimos a verla.

La odisea de encontrar una plaza
Parece que en un año se han incrementado los problemas para encontrar plaza en un tren, y ni siquiera con una semana de antelación encontramos hueco para nuestros  próximos destinos; tampoco la encontramos para Dehradun. ¿Cómo es posible que con miles de trenes diarios que transportan millones de personas diariamente (En serio!! 23 millones de viajeros diarios en 2013) no encontráramos dos asientos? Pues ocurre. Aún así se puede luchar por un hueco, pero como la distancia era corta decidimos hacerlo en bus.  1240 millones de personas son muchas personas y a menudo se me olvida.
Estación de trenes de Haridwar el año pasado. Intentando subir al tren.
Esta vez nos enteramos de que existían unos autobuses del gobierno, servicio similar al de los trenes, que no habíamos conocido hasta la fecha.  Elegimos el más barato y resultó ser  (para mí) uno de los peores viajes de todos los realizados durante todo nuestro año en ruta. La vuelta de día fue mejor.

Dehradun, nothing to see
Llegamos a las 5h de la mañana, sin tener ni idea de dónde estábamos, ni dónde se encontraba Popo Gunji. Tomamos un chai bien caliente con galletas y esperamos hasta que amaneciese para realizar una búsqueda infructífera de habitación. Pocas opciones, caras y en la mayoría no admitían a extranjeros. Así que cansados y enfadados decidimos escapar a Mussoorie. Peleamos cuerpo a cuerpo (y me quedo corta con la expresión); repito peleamos cuerpo a cuerpo y mochila en mano por un hueco en el autobús que en una hora de recorrido por la montaña nos llevaría a Mussoorie.

Vista  de la carretera desde Mussoorie.

Y en Mussoorie, encontramos la paz

Mussoorie: bonita estación de montaña; refugio vacacional de la clase media; con vestigios de su pasado inglés; los Himalayas de fondo difuminados por la niebla; lugar de asentamiento de academias y escuelas de renombre, y retiro de escritores.

Por las montañas.

De excursión.

Centro de Mussoorie.

Vista de los Himalayas.



Visitamos a Ira en su academia, donde una élite de profesionales se prepara para formar parte de los puestos más importantes del gobierno. Ira estaba feliz. El año pasado se estaba preparando uno de los exámenes más difíciles del mundo y sacó la mejor nota del país. Un sueño cumplido a base de esfuerzo. Nos enseñó todas las dependencias de su academia, con bonitos edificios, nos presentó a sus amigos y nos invitó a cenar. A pesar de que estaba muy ocupada porque estaban preparando la celebración del día de India en la academia, Ira nos acogió con los brazos abiertos, dispuesta a ayudarnos en cualquier trabajo que deseásemos emprender. Nosotros, aún desubicados, e impresionados ante tanta energía, le contestamos la verdad, que aún no sabíamos. Ella nos aconsejó quedarnos unos días más en Delhi para estudiar más posibilidades, y ver a Ana y su marido, la pareja que nos presentó el año pasado en la cena en su casa. Y le hicimos caso.


En la Academia de formación del Gobierno de India, donde Ira se prepara.

En el hotel residencia de Ira.

Cena con Ira y sus amigos.
Vuelta a Delhi

Decidimos quedarnos algo más de dos semanas en la capital. Queríamos asistir a un par de ferias de interés y además estudiar algunas posibilidades de negocio. Volvimos al barrio mochilero de Paharganj, porque hay mucha oferta hotelera, está céntrico y hay de todo, a pesar del ruido. Dedicamos un día entero a la búsqueda de un buen hotel donde asentarnos, y perdimos la cuenta de todos los que vimos, para finalmente acabar en el que siempre nos hospedamos. En estas ocasiones siempre me acuerdo de mi padre que dice que la primera opción es la correcta. En el hotel nos ayudaron a sentirnos más cómodos; nos dejaron la habitación más grande que se convirtió en nuestra casa temporal y donde pasamos más tiempo del que hubiéramos imaginado.

Ana, nuestra inspiración

Quedamos con Ana, la chica colombiana que conocimos el año pasado. Nos lleva a una preciosa terraza en el barrio bohemio de Hauz Khas y charlamos de nuestro viaje, de Colombia, de Japón y por supuesto de India. De su negocio. Me gusta mucho conversar con Ana, con su tranquilidad colombiana, sin prisas, eligiendo las palabras más adecuadas y  dándoles más valor a lo que se dice. Me relaja escucharle. Y nos animó mucho, nos inspiró y ese día Alex y yo nos volvimos a casa ilusionados, con más energía.
Tarde de inspiración con Ana.


España en India

El fin de semana quedamos a cenar con Ana y Amit y sus amigos María, Tim y Carmen. María (española) está casada con Tim (indio) y es hermana de Carmen. Disfruté un montón de esta cena multicultural, comprobando una vez más que la diversidad cultural enriquece más que aleja y viendo cómo parejas de distintos países conviven con tanta armonía. Nos contamos anécdotas, experiencias en India, opiniones, sentimientos…resultó una cena muy, muy agradable.
Cena hispano-india.


La búsqueda

Comenzamos la búsqueda. ¿De qué?
Visitamos  tiendas, mercados, ferias. Casi, casi hicimos una rutina de trabajo. Encontramos el sitio perfecto para desayunar y comentar lo que haríamos durante el día. Pero no estábamos convencidos, y si bien no conseguimos encontrar nada en estos días, al menos nos sirvió para dejar claro qué no queríamos. 

De feria.


Teníamos dos ideas en mente que no acabábamos de considerar y charlando un día con un español en un restaurante nepalí, él mismo nos apuntó a esas dos ideas. Él se dedica a hacer negocios en India y nos dio unos cuantos consejos. Nos encontramos dos veces más por el barrio y cada vez nos decía algo que cobraba interés para nosotros, como el que te echa las luces en la carretera para avisarte de que hay un control de policía más adelante.

Demasiado Paharganj

Estar en Paharganj es como la película Atrapado en el tiempo. Cada día te levantas, es un día nuevo para ti, sin embargo ahí abajo en la calle, todos los días ocurre lo mismo. El mismo conductor de tuc-tuc nos ofrece llevarnos hasta la estación de metro y marihuana; el chico que pinta las manos con henna se levanta de su asiento para enseñarme sus diseños, sin percatarse que llevo aquí más de dos semanas y que le he dicho que no una media de dos veces diarias; un hombre hace volar un helicóptero de juguete para atraer nuestra atención; el niño que se arrastra en una tabla con cuatro ruedas cruza la calle para pedirnos dinero, también la mujer de la cara quemada con su niña al lado. Es como si hubiésemos recién llegado a Delhi y constantemente se repitiese lo mismo. Solo alguno se percata de que somos los mismos que día tras día pasamos por allí, y con alguno hasta nos paramos a charlar.
Una ventana a Paharganj.



A la espera del cliente.
Pilota

Conocemos a Pilota, un chavalín de 18 años que habla muy bien español. Cada día lleva una camisa nueva. Le preguntamos si tiene 365 camisas y nos comenta su filosofía de trabajo. Dejó de estudiar a los 10 años, así que lleva años de experiencia. Si gana 1000, gasta 500, pero se guarda otros 500 para el futuro. Es igual que otros muchos que están en la calle ofreciendo los servicios de su agenda. Él comparte un local que hace la función de oficina con otros muchos chicos y su hotel está al lado del nuestro. Nos dice que engaña pero poco. 

Todos los días nos encontramos tres o cuatro veces y charlamos un poco. Nos dice que en estas fechas llegan los españoles con dinero, no los de verano que llevan menos presupuesto, y me pasa el teléfono para que hable con su clienta Vanesa, una española que vive en Bangalore y le ha pedido presupuesto a Pilota para recoger a su familia en coche y hacerle un tour de tres días.
Quedamos en tomar unas cervezas antes de marcharnos y despedirnos.

Subrrealismo en Paharganj

Y es que Paharganj es cuando menos, pintoresco. En él se juntan los turistas extranjeros, los turistas indios, los que viven del turismo y los que justo les viene para vivir. Pero el grupo más pintoresco lo conforman los extranjeros afincados aquí. No son llamativas las largas melenas con rastas que algunos jóvenes. Me llaman la atención aquellos que parece que hayan hecho de Paharganj su lugar de retiro. Nos cruzamos con una rusa de pelo rojo, sonrisa en la cara, bindi en la frente, sonriente, paseando descalza con los pies naranjas; cenamos con un hombre al lado, con grandes surcos en su cara que denotan su avanzada edad; casi no puede caminar con un tobillo vendado y se apoya en un bastón lleno de gomas de pelo de colores; para cenar saca de una bolsita de piel sus palillos de madera y su cuenco tibetano. Una mujer de espesa melena blanca que recuerda a la pitonisa Lola, degusta su chai sentada en un bar, mientras un hombre de más de 65 años a su lado se coloca la mochila al hombro. Su única vestimenta un pantalón pirata y un chaleco, con el torso desnudo al descubierto.
Lástima que no tenga documentación gráfica de los extranjeros que resultan más llamativos que ella.

En la entrada del callejón que lleva a nuestro hotel hay un urinario público. Siempre que paso no respiro o me tapo la nariz con el pañuelo. Sin embargo, lo que a mí me parecería el peor sitio para mi negocio, es ideal para el hombre que hace sándwich de tortillas. Y tan buen lugar debe ser, que no sólo se pone a vender un hombre con su carrito, sino que hay otro más que se disputa con él la clientela.

Es el lugar donde más culpable me he sentido al tomarme un helado porque justo al lado un niño sin piernas que se mueve sobre una tabla con ruedas me hace señas desde casi el suelo para que le dé unas monedas.

Y es el lugar donde nos sentamos a comer en un bar, y la pareja de enfrente está formada por indio y una japonesa que charlan en japonés mientras él juega con su bebé preciosa de ojos oscuros semirasgados y de piel casi blanca. Imagino el choque cultural de esas dos culturas tan extremas.

Nuestro momento de relax

Un día, llevados por la curiosidad, entramos a un templo al final de la calle principal, al lado de la parada de metro que lleva su nombre. Ramakrishna ashram. Cuenta con varios edificios e instalaciones, incluida una biblioteca y farmacia. Allí todo está limpio, el césped está perfectamente cortado e impera el silencio. Este se convierte en nuestro lugar de paz dentro de Paharganj.

Entrada al templo.
Entramos al templo que se ubica en el centro de parcela. Dejamos nuestros zapatos en la habitación de la derecha y subimos la escalera para ser recibidos por la estatua de su deidad principal en la posición de loto, con la foto de dos mujeres a su lado. No sé quién es ni me importa. Sólo sé que eses es un lugar tranquilo donde me apetece estar.

En las paredes laterales están colgadas las fotos de cada uno de los que han sido dirigentes, me recuerdan a los retratos presidenciales y como única decoración de la sala, dos trozos de moqueta roja separados por un pasillo central donde se colocan a la izquierda las mujeres y a la derecha los hombres. Al final, dos bancos para quien tenga dificultad para sentarse.


Llegamos y Alex y yo nos sentamos en el lado que nos corresponde. Hay días que consigo meditar, no todos, pero los que lo consigo me llenan de tranquilidad. Hay otros en los que me resulta imposible y me dedico a estudiar a la gente a mi alrededor. ¿Por qué se me duerme la pierna y esta gente lleva rato sin cantearse? Ellos llevan toda su vida doblados; para ir la baño, para sentarse, en su puesto de trabajo; algunos se acercan al altar y se tumban en el suelo; una mujer echa limosna, la comparo como la señora que va a misa de 8; ¿seguirá los mismos rituales? Y ratos cuando hay cantos y me es imposible abstraerme, me despisto entendiendo palabras en español de sus rezos en sánscrito como mariposa o zapato.

A la salida, comentamos Alex y yo lo que hemos pensado o conseguido en ese rato de paz. Cuando consigo meditar Alex me pide que se lo describa. Y lo intento, advirtiéndole que no sé si es lo correcto o no, que igual estoy equivocada y eso no es meditar, pero que a mí me sirve. No quiero contaminarme con prácticas externas y menos las que van dedicadas solo a extranjeros.  Y esto es lo que le cuento:
Momento de meditación en el río Li, Yangshou (China).
Intento relajarme, sentirme cómoda sin que nada me despiste o me moleste; intento dejar de pensar, vaciar la mente, oigo los ruidos externos como parte del exterior; y de repente noto que ya no estoy dentro del cuerpo; mi cuerpo sigue ahí pero lo veo desde fuera; soy solo mi interior, que se siente feliz de formar parte de ese gran universo; a veces siento una gran energía en el cuerpo, calor; en ese momento nada me da pena ni me preocupa; no necesito nada más ni a nadie; simplemente estoy feliz de existir, de sentir esa inmensidad  y me llena de tranquilidad. Luego vuelvo a la realidad, al ruido, a la gente, a la calle, con la esperanza de que otro día pueda volver a alcanzar ese estado.  

Seguir el camino

Decidimos seguir nuestro camino hacia el sur, nuestra salud nos lo agradecerá. Sin embargo esta vez Delhi no quiere que nos olvidemos tan pronto de ella y de regalo nos enfermamos con la Delhi belly, o diarrea del viajero. Después de presumir que el año pasado estuvimos 2 meses y medio en India sin problema, esta vez nos coge una diarrea fuerte a los dos. ¿La causa? Pueden ser tantas.
Pudo ser esto.

O también esto.
Desde luego no es por el picante, pero ahora que observamos con detalle cada comida, no pondría la mano en el fuego por la seguridad alimentaria de ningún sitio. Simplemente ese día la bacteria nos tocó a nosotros. Así que cansados de tanto reposo y de tantas visitas al baño y de tanto Paharganj, decidimos que ya es hora de irnos a la playa en busca de aire fresco.

¡Si es que nos pegamos todo el día buscando!
¿En la buena dirección?

sábado, 12 de septiembre de 2015

Reflexión final del viaje, ojos de águila

El día 15 de octubre cogeremos desde Sao Paulo (Brasil) un avión de vuelta para España, donde pasaremos unos días antes de volver a ir a la India. Sin embargo, considero que ese día habremos puesto punto y aparte al gran viaje de nuestra vida.

Hablando con June, una chica de Bilbao con la que hemos visitado juntos Machu Picchu, me doy cuenta de que soy una fuente inagotable de anécdotas y experiencias acumuladas durante este viaje. Tenemos una extensa lista de países, de comidas, de ciudades y de fotos por nombrar, contar o ver. Sin embargo, no se resume a eso nuestro viaje.
En Machu Picchu.

Tampoco soy Bear Grills o Fran de la Jungla para narrar aquí un manual de supervivencia sobre nuestra adaptación al medio; cómo nuestro nivel de escrúpulos, de vergüenza y de sentido del ridículo han disminuido considerablemente, o cómo ha aumentado nuestra “cara dura” en diversas circunstancias, cómo me he quitado el miedo a hablar en inglés, o cómo hemos aprendido a valorar al máximo una ducha caliente, una cama, un paisaje o una comida.


¿Por qué esta reflexión? ¿Y por qué hoy, a más de un mes del final de viaje?

La respuesta a la pregunta dos es porque no quiero escribir una reflexión final cuando acabemos el viaje. Esos días estarán dedicados enteramente a la familia y a los amigos y no quiero andar con otro asunto pendiente en la cabeza.  Y porque ayer vimos Machu Picchu, que representa nuestro final de viaje. Al comienzo lo veíamos tan lejano y ayer, al contemplarlo maravillados dijimos “por fin”.

La respuesta a la pregunta uno quizás no sea tan clara, pero trataré de explicarlo.

Hace unos días estuvimos en casa de Julio, un chico peruano que nos sorprendió por la visión tan clara y tan perfecta del sentido de la vida. Mientras nos explicaba el proceso que sufrimos algunos viajeros, de romper con la rutina para vivir en un estado de constante cambio, de asombro y aprecio por la naturaleza y las pequeñas cosas y de ir creciendo espiritualmente durante el viaje, entendí que por fin había conseguido el propósito de mi viaje. Y que me podía dar por satisfecha en mi búsqueda.

Me he dado cuenta que desde hace un tiempo ya no vivo obsesionada pensando qué será de mi futuro, ni qué sentido tiene mi vida, sino que poco a poco, como el que va completando un puzzle, voy entendiendo que todo lo que ocurre es por algo; aunque al principio no lo comprenda, al cabo de un tiempo descubro que lo que aquel día me parecía incomprensible y no entendía por qué había pasado, ahora cobra sentido para mostrarme que era un paso necesario para llegar a un hecho importante. Soy más consciente de que las personas que se van cruzando en nuestro camino, de verdad nos han ido guiando y han supuesto verdaderos soportes en los que apoyarnos. Empiezo a entender que a veces no hay que luchar contra los elementos; y aunque me ozceque en ir a B, si todas las señales me indican que vaya a A y se cierran las puertas del camino hacia B, es mejor hacer caso y estar abierto a la posibilidad de caminar un poco a ciegas, esperando a lo inesperado.
Sólo deja que ocurra, en Nueva Zelanda.
A veces me siento como la protagonista de una película, viviendo cada escena presente, sin conocer el final pero consciente de que hay un guión marcado, aunque no definitivo porque está abierto a la improvisación de cada toma y a mi propia interpretación.

Ya no estoy perdida como en el ecuador del viaje, cuando hacía un balance personal. Ahora veo todo mucho más claro. He aumentado mi campo de visión y ahora percibo ciertos detalles, personas, hechos que cobran sentido aunque no pueda describir el origen. Sé de dónde viene la inspiración para componer una canción, escribir un libro y dibujar un cuadro de belleza indescriptible.

Cuando vi el final de la película de Wild, no entendía el significado. La protagonista había encontrado el rumbo de su vida, pero no decían cuál era ni por qué. Ahora sé interpretar que cada cual debe dar sentido a su vida y no hay que buscar una explicación ni lógica ni ilógica a cada hecho que nos ocurre. No debemos esperar tener claro todo nuestro futuro, porque se reescribe cada día. Pero al menos sé qué camino debo seguir. Hoy, todas las señales nos llevan a India, y allí iremos a pasar unos meses. No sabemos si será allí donde encontremos lo que buscamos, pero está claro que algo nos está llamando.
En Jaipur, India.

Hoy hago balance y sí, está claro que vuelvo a confiar en el ser humano. Y es más, he recibido tantas muestras de su generosidad que ya no me siento desencantada con la sociedad o con el mundo en que vivimos. Sé que sigue existiendo mucha pobreza, mucha violencia y muchas desigualdades, pero puesto que he tenido la suerte de no ser víctima de ello, trataré de mostrar al resto que otro mundo también existe y que es maravilloso. Aunque siendo consciente que puede cambiar de un día para otro, como cuando me dieron la noticia hace unos días que un amigo de la India, al que pensábamos volver visitar está en la cárcel porque ha matado a su hermano. Me quedo atónita y me doy cuenta que la vida no siempre es tan sencilla.   
En el templo del cielo, Pekín (China).

Concluyo que la decisión de hacer este viaje fue lo más grande que he hecho en mi vida. Porque no me sentía a gusto sabiendo que mis días eran predecibles al 90%. Y no digo con esto que la rutina sea mala, al contrario, pero puede acompañarse de ciertas dosis de incertidumbre que nos hagan esperar cada nuevo día con ilusión, como un nuevo reto. Hoy siento que he vivido la vida y que si me muriese hoy mismo estaría contenta de haberla disfrutado y haber hecho lo que me apetecía.  No tiene sentido hacer planes de futuro a muy largo plazo, cuando no sabes si ese futuro llegará. No tiene sentido vivir soñando cuando puedes vivir disfrutando, aquí y ahora. Haciendo realidad esos sueños y deseando otros nuevos.

No sigas a la mayoría, sigue el camino correcto.

Y me dice mi madre preocupada que piensa que nada será como antes. Probablemente no, porque tendré que aprender a convivir en la sociedad de antes con la mentalidad de ahora, pero sin el miedo de pensar que volveré a días monótonos y con el firme propósito de encontrar qué es lo que quiero que llene mi rutina, mi vocación, esa que convierta la rutina el mejor de los viajes.

Pero hay cosas que no cambian como el amor a la familia. Así que por eso no tienes que preocuparte mamá. Al contrario, ahora me siento mucho más agradecida por todo lo que tengo, lo que vivo y por la gente que comparte conmigo cada momento. Ahora me siento más feliz conmigo misma, he aprendido a dedicarme el tiempo que necesitaba, a pensar más en mí para sentirme bien y después poder pensar en los demás sin bloquearme.

Huaca del sol, Trujillo (Perú).
Un viaje de dos

Aunque sea yo, Rebeca, quien escribe en este blog, a veces personalmente, otras compartiendo los sentimientos mutuos de mi pareja, no podría cerrar esta reflexión sin hablar de mi eterno compañero Alex.

Sé que el viaje nos ha cambiado y afectado de maneras diferentes. Quizás a mí más profundamente, pero a Alex también le ha llevado a experimentar un cambio interior notable, sobre todo con respecto al resto del mundo. Pero además de eso, ha sido una gran prueba de convivencia de pareja.

Cuando pensé en el viaje, nunca imaginé que nuestra relación pudiese verse afectada. Pensaba que nos conocíamos demasiado para sorprendernos el uno al otro. Sin embargo, debido al cambio de escenario y los cambios internos hemos tenido que enfrentarnos a situaciones difíciles.

Hemos aprendido que la palabra secreto no es para siempre y que antes o después acaba perdiendo su significado para revelarnos la realidad. Hemos descubierto nuestros miedos, y hemos sentido el miedo a perdernos.

Alex ha tenido que aceptar que su Rebeca o su nueva Rebeca no es tan perfecta como él pensaba, y que por mucho tiempo que compartamos siempre tiene que quedar una parcela para nosotros mismos, para desarrollar nuestra propia identidad.  Yo he tenido que ver en su cara la decepción, la tristeza y la pena que le causaba, por sentirme libre y a veces inconsciente de las consecuencias.

Alex con un corazón así de grande, en Glaciar Franz Josehp , Nueva Zelanda.

Sin embargo yo he podido comprobar que Alex es una persona mucho más íntegra y leal de lo que pensaba y con un amor incondicional. Ha cumplido a rajatabla la advertencia de su padre de cuidarme hasta dar la vida (gracias a dios no ha tenido que darla). Le he visto reír de felicidad, sorprenderse por las muestras de “cariño” que recibía de otras muchachas, ha tenido que aprender a aceptar los piropos; a discutir, a pelear por lo que pensaba correcto; a desesperarse con resignación. Pero lo mejor ha sido verle como el auténtico Alex, cuando realmente hacía lo que quería.
Charlando al más puro estilo indio, en Madurai (India).
Un amigo que conocimos en el viaje me preguntó qué me enamoró de Alex, y le dije que su personalidad, el hacer lo que él quería sin importarle lo que el resto del mundo pensase o hiciese. Su autenticidad que le hacía único. Y eso es lo que más me sigue gustando de él.

La convivencia 24 horas al día ha sido más fácil de lo que pensábamos, aunque por momentos pensábamos que íbamos a tener que desconectar el cable que unía nuestros cerebros porque llegábamos a tal punto de compenetración que pensábamos lo mismo simultáneamente, rememorábamos un momento a la vez, acabábamos las frases del otro o adivinábamos lo que el otro iba decir antes de abrir la boca.
A pesar de las dificultades juntos hemos formado un gran equipo, y lo hemos comprobado cuando convivíamos con otras personas en total armonía.
  

 
Cartel el Vilcabamba, el valle de la longevidad en Ecuador.
Nos hemos sentido más amados que nunca, y quien diga que a los tres años de relación se acaba el amor, es porque nunca ha amado de verdad. Nosotros nos hemos amado de la manera más pura, de la manera más loca porque nos sentíamos totalmente libres.  Con nuestra propia versión de 50 sombras de Grey, que nunca leí, pero en lugar de andar imaginando preferimos experimentar nuestras 50 sombras de Alex. Hemos vivido tan intensamente que bien podría ser la interpretación de algunos de los episodios más tórridos de las novelas de Isabel Allende, descritos con tanto amor y tanta pasión.

Sé que a la vuelta tendremos que responder a preguntas como cuál es el país que más nos ha gustado o cuánto dinero os habéis gastado. Pero para mí lo más importante, la esencia del viaje es lo que describo aquí, haber vivido con tanta intensidad y cambiar mi campo de visión de 180º al de un águila de 340º.

Te quiero, ojos de águila.

En la playa de Kochi, India.

jueves, 16 de abril de 2015

Balance personal en el ecuador del viaje

Siempre he pensado que tenía la cabeza para pensar y aprovecho cada momento para hacerlo. Muchas veces Alex me pregunta “¿Qué piensas?” y le contesto “en nada”. Pero sabe que no es cierto. Siempre, siempre pienso algo; se lo dije al comienzo de nuestro relación y creo que ya puede ver hasta el humo que hecha mi cabeza de tanto pensar. Y me dice que siempre estoy pensando más allá de lo normal. Releo el apartado “El origen” de nuestro blog y hasta ahí escribí “será una prueba de adaptación y de vivir nuevos retos cada día (sobre todo en India). Y sobre todo tiempo para pensar”.

De nada me ha servido escucharlo de tantas personas, “no pienses tanto, no pienses tanto” hasta que me he dado cuenta por mí misma que realmente ese el problema. Pensar…pensar a todas horas racionalmente, en cosas aparentemente importantes para mí pero que no me dejan escuchar al hemisferio derecho del cerebro, el que se encarga de la parte emocional, de la intuición, del espíritu, de la música, de la parte artística. Si hasta veces me digo que no escucho música para no despistarme. Quiero tenerlo todo bajo control, numerado; cuando íbamos a correr siempre iba pensando en cuánto me quedaba, ahora 5/6, 2/3, 100 segundos….nunca nadie habrá usado tantas fracciones como yo en esos momentos. Y sin embargo, en algunas ocasiones, cuando me distraía y dejaba de pensar el tiempo se pasaba volando, no me costaba tanto esfuerzo y hasta me olvidaba de la respiración. Sí, ahí estaba actuando el hemisferio derecho del cerebro…ese que de vez en cuando me pide a gritos que le escuche y es cuando me sorprende lo inesperado, las casualidades, las ideas felices que nos decían en la carrera.

A pesar de que en ese apartado de El origen expuse algunas de las razones por las que emprendimos este viaje, sólo algunos pocos saben que una de mis principales razones era volver a confiar en el ser humano; descubrir otras maneras de vivir, otras sociedades diferentes a la mía, otros tipos de convivencia como la que me maravilló en Japón… ¿sería posible?

Entonces llegamos a Nepal y luego a India, y allí todas mis fórmulas y esquemas para racionalizar lo que ocurría a mi alrededor se vinieron abajo. Empecé a sentir de otra manera, a descubrir una forma de vivir más espiritual, más profunda. Me convertí en una iluminada, de esas que antes había criticado…las que volvían de India maravilladas, o las que veía por la calle con la sonrisa en la boca. Sí, fui feliz, muy feliz. Y a la vez lloraba. Recuerdo estar desayunando con Alex en un bar de Goa llorando y riendo a la vez, sin saber por qué.


Vinoth, el monje budista que nos leyó los chakras, me dijo que tenía un chakra muy abierto, el chakra del corazón. Y que confiaba demasiado en la gente, que me abría mucho, pero tenía que protegerme para que no me hiriesen. Pero no me dijo cómo hacerlo. Si ni siquiera sabía qué era un chakra!  Y desde entonces estoy lidiando con mis emociones, emocionándome por todo y llorando sin parar, que dicen que limpia el interior. Le pregunto a Gema, a Óscar, a Ira,  a Frédérique, a Indi, gente más familiarizada con el tema o más sabia y me dicen que es normal, que ya entenderé.

Y Alex a mi lado, tratando de entender si quiera un poco de lo que ocurre en mi interior. Él, por otro lado, parece haber madurado muy bien y se le ve muy resolutivo. Ha perfeccionado muchas de sus habilidades y desarrollado otras que ni conocía. Planea rutas, utiliza esa memoria fotográfica  envidiable, se abre más a la gente, habla en inglés con elegancia, encuentra soluciones a pequeños problemas mucho más rápido y se adapta a nuevas situaciones sin problema. Le veo disfrutar y me alegro,  le escucho hablar de sus planes de futuro a medio plazo y me hace reír cada vez que me ve llorando.

Pero aún así, con tantas emociones y tantos sentimientos, sigo tratando de analizar todo, de entenderlo todo, buscando respuestas a mil por qués. Hace una semana llegamos al ecuador de nuestro viaje, y quizás la vuelta a esta sociedad más parecida a la nuestra o a que, como me dice Frédérique, me puse a pensar en la vuelta,  me sentí perdida. Totalmente perdida…dónde acabaré, a dónde nos llevará este viaje, qué haré con mi vida.  Así que me encerré en mí misma, y Alex a mi lado, también en sí mismo.

A pesar de estar 23:45h al día juntos (resto 15 minutos para ir al baño) durante 6 meses tuvimos nuestra primera crisis viajera, que solucionamos como nos dijo Popo Gonji, hablando. Un poco más calmada continuamos nuestro viaje hasta Roturoa y allí, cuando menos lo esperaba, tuvimos otro encuentro fortuito con dos viajeros. Como dice Mercedes, siempre aparece alguien que nos ayuda o nos guía en nuestro camino. 

Conocimos a Ana María y Juan, una encantadora pareja de Ecuador, que casualmente comenzaron su viaje de un año el mismo día que nosotros, el 8 de octubre. Me resultó curioso que Juan nos preguntase por las razones de nuestro viaje y me sorprendió estar hablando con ellos sobre la espiritualidad, la meditación, nuestro interior. Escuché a Ana María contarnos su experiencia en el camino de Santiago y los motivos de ambos para iniciar su viaje; fue una charla taaan reconfortante para mí que ni me di cuenta de que estaban tocando música en directo en el bar donde estábamos sentados. Sentí que a pesar de que nuestras vidas eran diferentes, viviendo en países diferentes y con diferente bagaje a nuestras espaldas, buscábamos lo mismo en la vida, sentíamos de manera similar. Encontré esa empatía, ese entendimiento y esa comprensión con el ser humano que me preguntaba antes si existía, ese saber que no soy la única en el camino de la vida. No saben cuánto me ayudó interiormente ese momento que compartimos.

Cuando volvimos a casa (nuestra furgoneta) leí un correo de mi querida Frédérique animándome, diciéndome que no buscase respuestas a todo, que a veces hay que caminar a ciegas, dejarse llevar y finalizaba con esta frase de François Cheng, que no puede resumir mejor lo que siento, la sensibilidad que se ha apoderado de mí y que me hace ver de esta manera:

 "Il faut apprendre à percevoir la beauté cachée. A côté des grandes beautés qu'on peut trouver dans les paysages ou les oeuvres d'art, la beauté continue à s'incarner dans la vie courante: un visage rencontré, un sourire échangé, quelques fleurs anonymes poussant dans un recoin du trottoir, un rayon du soleil couchant dorant un vieux mur..."
"Ainsi, de rencontres en rencontres, rencontres avec des humains, rencontre avec la transcendance, l'on avance, peu à peu, sur la voie de la vraie vie." François Cheng.

"Tenemos que aprender a percibir la belleza oculta, Además de las grandes bellezas que se pueden encontrar en los paisajes o n las obras de arte, la belleza sigue encarnándose en la vida diaria. Conocí a un rostro, una sonrisa intercambiada, algunas flores anónimas que crecen en una esquina de la acera, un rayo del sol poniente  iluminando una vieja pared ... "
"Así que, de encuentros en encuentros, encuentros con seres humanos encuentro con la trascendencia, se avanza poco a poco, en el camino a la vida real."



Así que llenos de energía, pero a la vez más relajados, volvemos a disfrutar como antes, dejando que el camino nos lleve sin preguntar cuánto falta, abriendo los ojos y sobre todo la mente a todo, intentando deshacernos de cualquier prejuicio de sociedades o países y fijándonos más en las personas.

De película

Y para finalizar, una anécdota que nos ha pasado hoy, que bien podría servirnos de guión para una película, aunque prometo que es real y por respeto a su protagonista, omitiré nombre y lugares.
Hoy tocaba ducha caliente en las piscinas del pueblo, yuhuu! Pero el encargado nos ha dicho  que mejor fuésemos a partir de las 11h porque estaban con cursillos de natación. Entonces hemos ido a la biblioteca para planificar un poco la ruta de China y Japón.

En frente, en nuestra mesa, una mujer de preciosos ojos verdes estudiaba algo que no he alcanzado a entender; al lado de Alex una chica extranjera, probablemente alemana, preparaba unos curriculum; y a mi lado un hombre, llamémosle Bob,  trabajaba con el ordenador mientras charlaba con la mujer de ojos verdes sobre lo que estaba estudiando cada uno. Al cabo de un rato nos hemos quedado solos con Bob y ha comenzado a charlar con nosotros preguntándonos de dónde éramos. Me costaba entenderle porque el inglés de aquí es muy americano y encima acortan muchas palabras. Para decir see you dicen “siya” o para decir how are you? dicen “haya”. 

Nos ha preguntado por los toros, hemos hablado de Pamplona, de Nueva Zelanda, de nuestro viaje y cuando nos ha preguntado a qué nos dedicábamos y le he contestado que era ingeniera química, nos ha contado que en un sueño tuvo una visión sobre la fórmula de un invento antiguo que se extravió, y del que yo no había oído hablar antes. Lo he buscado en internet y aparecía sí, pero ya me ha advertido que la información era confusa y la fórmula seguía siendo un secreto. Bob me ha empezado a contar a medias porque no quería que le quitase la idea. Le he dicho que no se preocupase, que en este momento de mi vida no pensaba en ese tipo de cosas. 



Aún así  me ha  en su ordenador  un antiguo libro de química con formulaciones, en el que se explicaba que debía mantenerse en secreto. Parecía debatirse entre contarme más o no y ha continuado explicándome un poco más sobre su descubrimiento. Bob estaba pendiente de que nadie en la biblioteca se enterase de nuestra conversación y me ha recordado a Russell Crowe en la  película de una Mente maravillosa, enredado en sus teorías de conspiración. Yo ponía toda mi atención, pero por suerte para él no he podido entenderle muy bien en inglés, y me decía, “mejor, te estoy contando demasiado”. Yo también lo he preferido.

Me ha dicho que tenía cara de preocupada y le he explicado que eso que me contaba podría ser peligroso en las manos equivocadas. Me ha pedido el correo electrónico para hacerme algunas consultas y ayudarle a desarrollar la idea que tenía, que podría hacernos ganar mucho dinero. “Es bueno tener un contacto externo, por si desaparezco”, me ha dicho.
Al final se nos ha hecho tarde, nos esperaba  un día con bastantes kilómetros por recorrer y aún teníamos que ir a darnos una ducha caliente. Así que nos ha despedido con un “siya” y le he dicho que guardaba su contacto. 
Al salir de la biblioteca le he dicho a Alex, “está bien, ahora puedo decir que en Nueva Zelanda también nos pasan cosas increíbles como en India”. Le he preguntado a Alex si le creía y me dicho que sí. Yo, hace seis meses hubiese pensado que estaba mal de la cabeza, pero hoy he pensado ¿y por qué no? Al fin y al cabo, tampoco le creían al que inventó el sistema de comunicación de internet. Y no he querido darle más vueltas, aunque por supuesto, no lo he conseguido : )