Seguimos bajando hacia el sur de
India y arrastramos el cansancio de estos días tan movidos. Echamos de menos
las “largas estancias” de Rihsikesh o McLeod donde nos familiarizamos con el
lugar y nos sentimos como en casa. A eso añadimos que cada trayecto lo hacemos
por la noche y supone dormir en el bus o en el tren, por lo que el cuerpo se
resiente. Llegar a un lugar de playa, que en principio no estaba en nuestros
planes nos sentará bien para descansar, aunque sea descansar de un viaje.
El destino, o mejor dicho, la
inmensa cantidad de gente que está viajando en India, ha hecho que modifiquemos
nuestra ruta en función del transporte disponible. No pensábamos ir Mumbai ni
Goa, pero al final visitamos los dos. Y cuando digo inmensa cantidad de gente, no
exagero. Para hacer el trayecto de Mumbai a Goa en tren había más de 20 trenes
con miles de plazas en cada uno. Pues no sólo no había plazas para tres días
vista, sino que había listas de espera de más de 100 personas en cada uno. Así
que tuvimos que venir en un bus nocturno, que en principio le costaba 17h
llegar y al final fueron 20h (3,5h para salir de Mumbai!!).
Mumbai
En Mumbai vimos la India más
occidental, y la más inglesa con los autobuses de dos plantas y sus grandes
edificios. Desde luego que me gustó más Delhi, con muchos más sitios que
visitar. Pero es cierto que tampoco tuvimos tiempo de explorar Mumbai a fondo y
nos quedamos únicamente en el barrio de Colaba. Estábamos tan cansados que ni
tuvimos ganas de participar como extras en una peli de Bollywood. Habíamos
leído que es habitual que te asalten en la calle ofreciéndote actuar a cambio
de la comida y unas rupias. Nos lo ofrecieron 5 veces y hasta un día subió un
representante a nuestra guest house, en busca de mochileros, presa fácil con bajo
presupuesto. A mí me hubiese gustado ir y ver los escenarios, pero un día
entero me parecía demasiado.
| Big Ben de Mumbai. |
| Puerta de la India. |
| Hotel Taj Mahal Palace. |
| Estación Victoria. |
Ver el mar, el Big Ben, el ambiente en los juzgados con sus abogados y jueces
elegantes, la impresionante estación Vitoria, las
iglesias, sinagogas o la puerta de India fueron algunos de nuestros
entretenimientos. Si bien es cierto, que como dicen Antonio e Iván son mejores
las ciudades pequeñas, donde entras más en contacto con las personas y la vida
transcurre más plácidamente.
Sentir
Pero la sorpresa que nos tenía
guardada Mumbai fue la visita fortuita a una pequeña galería de arte donde me
cuenta Alex que los artistas tienen que esperar hasta dos años para exponer.
Entramos porque era gratis y nos venía de camino. Había varias exposiciones, y
de entre todas dos de ellas nos gustaron mucho. Una centrada en buda, sencilla
y muy bonita; y otra, del pintor indio Manu Parekh que nos fascinó a los dos.
Es de una serie dedicada a la ciudad e Varanasi, y aunque esa ciudad espiritual
a nosotros no nos cautivó en nuestra visita (seguro que en este momento del
viaje sería distinto), pude apreciar la esencia de la misma. Todo ese color,
toda esa vida,…eso es India y entendí los sentimientos que había plasmado el
autor en sus cuadros. Y me emocioné (sí, otra vez). Precisamente en la galería
me recordó Alex la historia de Jose, un madrileño con el que coincidimos en el
viaje a Túnez hace 8 años. Su mujer y él habían estado en India hacía años y
nos contaron que les cambió tanto que él dejo su trabajo de empleado de banca y
se hizo pintor. Ahora puedo entenderlo y no me resulta extraño.
Así que a esto nos ha ayudado
India, a sentir! a tener los sentidos a flor de piel, a ser pacientes, a
disfrutar de los pequeños detalles, de la naturaleza, a apreciar lo sencillo, a
empatizar tanto con su gente que comprendamos su manera de vivir y en muchas
ocasiones la consideremos mejor que la nuestra. Porque como dice Gema, a veces
nos olvidamos de sentir. Y es cierto, a mí se me había olvidado sentir con las
cosas sencillas; lo había relegado al cajón
de los asuntos pendientes. Y me ocupaba sintiendo sólo agobio, prisa, frío,
calor… Sin embargo, olvidé sentir la emoción de ver la vida a mi alrededor. Y
un viaje en bus de 20h como el de hoy, puede resultar una pesadez. Pero si
durante ese tiempo puedes aprovechar a pensar, a sentir y ver cómo otras
personas sienten, el tiempo se relativiza. O aprovechar el tiempo de espera de
una hora hasta recoger las mochilas para sentarnos en una plaza viendo a los
vendedores de helado discutir por su sitio, charlando con un vendedor de agua,
contemplando a una niña que nos ofrece
un helado o disfrutando de la compañía de la gente, que como nosotros descansa
a la sombra. Porque aquí no es raro hablar con un desconocido; no piensan que
está loco si el compañero de bus entabla una conversación y no huyen del
contacto personal cuando alguien solo busca unas palabras de entendimiento
entre seres humanos.
A mí me ha salido un poco caro llegar hasta aquí para
sentir. Hay gente que lo hace en su día a día, en su entorno. Y son precisamente
ese gente amable que admiro por lo en paz que viven y la buena sensación que
transmiten. Yo tuve que dejar mi entorno para abstraerme de algunas
preocupaciones, que ahora no lo parecen tanto y descubrir que hay vida más allá
del reloj y de los siete días de la semana.
La burbuja en la piel de Sanje
Pero antes de seguir escribiendo
sobre el lugar donde estamos, tengo que contar otra experiencia que acabamos de
vivir, precisamente relacionado con lo anterior.
Después de cenar en un puesto
callejero de Goa acompañado de una rica cerveza íbamos a cruzar la carretera
para coger la moto y ha pasado a nuestro lado un señor que nos ha saludado. Ha
dudado un momento y se ha parado preguntarnos de dónde éramos. Era de
apariencia seria, con pantalón negro y camisa blanca, bigote y gafas. Se
dirigía principalmente a Alex, y le ha preguntado a qué se dedicaba. Él es
ingeniero civil pero se dedica al negocio familiar. Nos ha preguntado por qué
estábamos en India, y entonces la conversación se ido tornando cada vez más
personal. Al principio nos ha pedido varias veces disculpas por si estaba
molestando. En absoluto. Nos ha dicho que justo hoy cumplía 48 años. Pensaba
que Alex tenía 24 años ; ) Y se ha puesto a explicarle sobre sus hijos,
qué querían hacer con sus vidas y cómo le costó 8 días decirle a su hijo qué
debía hacer; nos ha explicado sobre la obligación que tienen los hijos para con
los padres según sus tradiciones (que incluso está legislado como nos contó
Ira), el sacrificio de los padres, que luego él experimenta con sus hijos. “Sanye”
(que así se llama) de vez en cuando hacía como que le entraba un escalofrío,
acompañado de un “ssshh” y se emocionaba; dos veces nos hemos despedido pero
seguía hablando y le ha dicho a Alex que no sabía por qué le contaba eso pero
que se sentía muy comprensivo con él; nos ha hablado de lo que suponía casarse,
de lo que estaba escrito en nosotros, en nuestro ADN y le ha dado a Alex dos
consejos; que disfrute de la vida, que aunque decida tener hijos o no, nunca
debe traicionar ni a su mujer ni a sus posibles hijos. Y como reflexión final
nos ha dicho que la vida es como una burbuja en la piel para indicarnos lo
efímero de la vida; ha dibujado como un círculo sobre su muñeca y con los dedos
de la mano contraria ha tocado su burbuja imaginaria y la ha hecho desaparecer.
Durante la conversación le ha
llamado su mujer dos veces por teléfono. Pero cuál ha sido nuestra sorpresa
cuando nos damos cuenta que su mujer estaba esperando en el coche que había
justo delante de nosotros y que a él nos lo hemos cruzado justo cuando iba a
subir al coche por la puerta del conductor. Qué ha pasado para que se cruzase
en ese momento y se parase a hablar con nosotros y qué ha visto en Alex para
ponerse así de sentimental, no lo sabemos. Pero la casualidad nos ha vuelto a
sorprender.
Al despedirnos cariñosamente de
él, hemos visto cómo Sanje se metía en el coche y su mujer le ha soltado una
bronca de tres cuartos de narices. Me ha dado pena y más en el día de su
cumpleaños. ¿Qué habrá pensado esa mujer al vernos hablar durante casi media
hora de esa manera? Suena extraño.
Goa
Estamos en un destino turístico
tanto para occidentales como para indios. Aquí es donde más indias
“occidentalizadas” hemos visto, con pantalones cortos, vaqueros,… mezclados con
guiris que vienen a disfrutar de la playa, las fiestas, la buena comida y el
alcohol barato; o simplemente en busca de tranquilidad, como parejas con niños
y gente bastante mayor que parecen estar de retiro.
| Iglesia de SAn Antonio, dedicada a mi madre :) |
| Con el casco de Viaje a Daarjeeling, según Alex. |
| Disfrutando de la carretera. |
La temeridad nos invade a todos
en este sitio, donde alquilar una moto sin casco es la actividad más común.
Recorrer las playas entre vegetación espesa y ver la vida cotidiana de sus
habitantes resulta simplemente fascinante. Si lo acompañas de una comida
todavía más sabrosa de la que llevamos probando por el país y una cerveza bien
fría a un precio muy asequible, tenemos el plan perfecto de recuperación.
Las casas de colores vivos y las
iglesias recuerdan a Portugal, si bien este lugar permaneció como colonia
portuguesa hasta 1961, y aún se ven muchas
referencias lusas, como la bandera de Portugal presidiendo el salón de un
restaurante donde entramos a comprar agua o los nombres de los establecimientos: Fernandes, Pinto, Maria, Pereira,...
Nosotros ponemos rumbo a la
tranquila playa de Cola. Antes paramos a repostar, donde una larga fila de
motos espera su turno. Vemos a una
pareja de extranjeros de unos 65 años. Sonrió
a la mujer antes de que se suba a horcajadas en la moto. Le pregunto a
Alex si también nosotros seremos así en unos años. Como nuestro vecino de la
guest house, que seguro sopla más de 70 velas y el día que llegamos nos recibe
con unos shorts vaqueros como única vestimenta. Si con eso no era suficiente,
al salir abre la puerta de su habitación fucsia y nos lo cruzamos en
calzoncillos. Así que temo la tercera vez que lo vea, porque no sé qué le quedará por
quitarse (nota: le veo una tercera vez con unas mallas ajustadas, menos mal).
Aquí cada uno viene a lo suyo, a
su ritmo, y el tiempo transcurre sin prisas.
| Relax. |
| Playa Cola. |
Meditación
Entre las mesitas con luces al
borde de la playa, las brasas con pescado fresco y los jóvenes jugando a
fútbol, esperamos encontrar un momento de reflexión para meditar sobre nuestras
vidas y nuestro futuro. En este país es una práctica habitual, incluso hay
centros de meditación. Un buen hábito para mí todavía desconocido. Aunque tengo
presente la recomendación de Elsa Punset que decía que había que dedicar todos
los días al menos 10 minutos para pensar en lo que queríamos hacer con nuestra
vida, para alcanzar nuestros objetivos y metas. Sobre todo ahora que se acerca
el fin de año.
| Playa Cola. |
| Playa Palolem, al lado de nuestra guest house. |
Mientras descansamos preparamos
el siguiente destino. Otro país, otra moneda, otras costumbres. Parece que
viajar por Myanmar no va a ser fácil y coincidiendo en navidades nos va a
resultar bastante caro. Dudamos en elegir Nueza Zelanda como siguiente destino,
pero cambiamos de idea por dos razones; ahora allí es temporada alta y quería
evitar un cambio cultural tan grande con India. Preferimos ir a Myanmar un país
más tranquilo, donde asimilemos todas las emociones acumuladas y donde con
suerte, celebremos con nuestra querida Joyce las navidades.
Antes aún tendremos oportunidad
de bajar más al sur hasta Kochi y comprobar las diferencias con el norte, que
ya se aprecian un poco en la manera de ser de sus habitantes. Quizás no tan
locuaces como en el norte, pero igualmente amables.
Nos quedan muchos sitios
pendientes que visitar de la larga lista que elaboramos con Ira, por lo que sin
duda, volveremos pronto a India.
