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jueves, 7 de enero de 2016

Etapa final del viaje, una vuelta inesperada

Vuelta a casa

Parece mentira que hace unos meses estuviéramos en España deseando volver a India, y ahora estamos de vuelta, más felices que nunca de volver a casa. Está claro que la vida es un constante cambio, una caja llena de sorpresas. Volvimos a India porque algo nos llamaba, no sabíamos qué; volvimos buscando algo y nos sorprendió lo que encontramos. Sin embargo, considero que como todas las experiencias que hemos vivido, también esta nos ha ayudado mucho a valorar, más si cabe, todo lo que tenemos. A sentirnos verdaderamente afortunados.


Escribo estas líneas porque escribir me ayuda a poner en orden mis pensamientos, porque estoy feliz de poder escribirlas y porque sabemos que hay personas que nos han seguido, algunos conocidos, otros no, pero de igual modo queremos compartir con vosotros qué ha ocurrido en esta etapa final del viaje y qué nos hizo volver a casa de manera inesperada.

Desde Delhi a Benaulim (Goa)

Llegamos a Goa en avión desde Delhi. No podíamos desplazarnos de otra manera porque seguíamos con diarrea y un viaje en autobús sin baño hubiera sido terrorífico; en tren no había plazas.
Estábamos tan saturados de la contaminación de Delhi y tan cansados de encontrarnos mal, que pensamos que pasar unos días en la playa nos vendría bien.
Esperando a coger el avión a Goa, Alex con cara de malito.

Justo el año anterior también estuvimos en Goa para estas fechas. En aquella ocasión fuimos a la playa de Palolem, donde había gente más joven. Esta vez elegimos Benaulim, porque leímos que era una zona tranquila, familiar y eso era lo que necesitábamos.

Goa es un estado muy diferente al norte de India. Tiene unas cuantas peculiaridades que hacen único al estado más pequeño de India. Fue colonia portuguesa; es de mayoría católica, allí el alcohol no tiene impuestos y es muy, muy barato, por lo que es habitual ver licorerías en cada esquina y su gastronomía también contrasta en un país de mayoría vegetariana, con platos típicos como la salchicha goana, o la ternera al estilo de Goa, además de su exquisito arroz con curri y coco, gambas… Todo delicioso cuando tienes el cuerpo en condiciones para saborearlo.
Salchicha goana.
Goa se sitúa en el sudoeste de India, exuberante en vegetación, con grandes casonas de varias plantas, pintadas de colores llamativos y totalmente adaptada para satisfacer las necesidades de los turistas; una gran oferta de alojamiento desde hoteles de lujo, apartamentos independientes con cocina, y guesthouse más modestas y muy económicas;  supermercados en los que se vendía hasta fideos japoneses udon, pastelería alemana regentada por nepalíes, restaurantes de comida india, china y continental, y una serie de tiendas de regalos y de cualquier accesorio para la playa. Un lugar cómodo para el extranjero.



Sus habitantes en esas fechas, eran en su mayoría familias de rusos y muchos, muchísimos ingleses retirados que van a pasar allí los meses de invierno y han creado sus propios grupos, algunos alemanes, algún que otro francés perdido y dos españoles, Alex y Rebeca.
Este es el ambiente en el que nos movimos durante los 16 días que pasamos allí.

Benaulim, paraíso hippie

Nos alojamos en una casa, donde los dueños vivían en la planta baja y alquilaban las cuatro habitaciones de la planta superior. Nos vino bien encontrar un lugar tan tranquilo, ya que fue en esa habitación donde pasamos la mayor parte del tiempo, tumbados en la cama, viendo moverse las aspas del ventilador.
En la terraza de la guesthouse.
En la habitación de nuestra izquierda vivía una pareja de ingleses. Nos contaron que se dedicaban a viajar seis meses y el resto del año volvían a su país a trabajar. Habían viajado durante dos años con una caravana por Europa desde Turquía. Eran unos aventureros, llenos de energía, muy simpáticos, que cada día nos preguntaban cómo nos encontrábamos y nos daban su apoyo. Eran realmente encantadores. Nos contaban que ellos una vez solucionaron su problema de diarrea tomando un chupito de vodka para matar todos los bichos. Quizás nos hubiese ido bien ese remedio.


Íbamos a desayunar a un restaurante que servían una gran variedad de desayunos. Allí todos se conocían y se respiraba un ambiente de adolescentes, entre ligues, risas, vestidos con ropas provocativas, muy modernos o muy hippies…. Estaba Mick Jagger, la mujer de Curt Cobain, la profesora de yoga, los tres ingleses malotes, la rubia animadora, y cada uno se tomaba su desayuno particular, porridge, dos huevos cocidos, ensalada de frutas con yogur y muesli, tostadas. En fin, creo que eso era lo más sano que tomaban en el día porque la mayoría eran fumadores (de lo que fuese), bebedores, juerguistas. Bromeábamos porque Alex y yo parecíamos los viejos, con nuestra vida monacal, y ellos los jóvenes. Estaba genial verles disfrutar y pensábamos que sería una buena forma de pasar la jubilación.

Nuestra vida monacal  

A pesar del buen ambiente, de la playa y del calor, nuestra salud no mejoraba. Yo mejoré un poco pero Alex estaba tan blanco que lo confundían con un ruso. Decidimos ir a un médico homeópata del pueblo, el Dr. Pritesh. Le recetó una medicación y volver al cabo de tres días. Le vino bien y parece que mejoró. Sin embargo, yo empecé a empeorar y volvimos a su consulta. Me dio una medicación específica, pero no noté mejoría. Intentábamos hacer un poco de vida. Madrugábamos para ir a la playa y pasear por la orilla, escribiendo en la arena nuestros proyectos y sueños. Un par de días alquilamos una moto para ver los alrededores. El solo hecho de sentir el aire fresco en la cara desde la moto nos hacía sentir mejor. Pero tampoco podíamos irnos muy lejos. A penas podíamos comer, a mí me sentaba todo mal y Alex tampoco estaba bien del todo.


Empezamos a plantearnos qué hacer. Habíamos pensado en visitar varios lugares turísticos en nuestra ruta hacia el sur, pero no veíamos el día en el que nos sintiésemos bien para reanudar la ruta. Teníamos pendiente bajar a Varkala y reencontrarnos con nuestro amigo Ajin (que nos quería presentar a su novia y nos invitó a su boda), con Abdul y con Vishak, que nos había seguido en nuestro viaje.
Con Ajin el año pasado.
No teníamos fuerzas para pensar en negocios y sentía que estábamos perdiendo el tiempo.  Nos frenaba mucho el vuelo que habíamos comprado para visitar Sri Lanka en enero, nuestro eterno destino pendiente, que al final tuvimos que cancelar.

Le decía a Alex que no quería que este viaje no significase nada para vosotros. Si no encontrábamos ningún negocio, al menos quería sentirme útil y trabajar como voluntarios en alguna organización. Contactamos con varias personas en India, pero no recibíamos respuesta. Nos avisaron para ayudar en la costa sur de Francia y en Nueva Zelanda, pero estábamos muy lejos.

Un doctor de Bangalore que tenía una ONG y ayudaba a gente de la calle en sus clínicas nos respondió, pidiéndonos que le explicásemos qué fechas teníamos disponibles para ver cómo podíamos organizarnos. Pero allí se quedo todo. A pesar de nuestra voluntad, yo seguía encontrándome mal y decidimos ir a un hospital.

Nuestra experiencia en un hospital indio

Después de 18 días con diarrea decidimos ir a un hospital de la ciudad cercana de Margao, por suerte a tan solo 5 km de nuestra ubicación. Llamamos al seguro médico y nos dijeron que fuésemos al hospital que quisiésemos porque allí no tenían ningún hospital concertado y que después nos abonarían las facturas.

Al llegar a admisión, lo primero que tuvimos que hacer fue pagar para que nos atendiera el Dr. Mahendra. Era un gran hospital, donde numerosos turistas ingleses acudían con grandes expedientes para su chequeo anual.

El doctor me recetó un antibiótico, sin darle demasiada importancia a la diarrea. Si seguía mal, tenía que volver a los tres días. Y seguía mal. Con el antibiótico comencé a tener naúseas, picores en las manos, sin ganas de comer. Al volver, el médico comprobó que seguía con inflamación y me dijo que era mejor que me ingresaran si yo estaba de acuerdo. Le dijimos que sí. La primera que me ingresaban en un hospital, y tenía que ser en India.
En el hospital de Margao (India).
Otra vez, el primer trámite fue pagar una cantidad estimada de los gastos, que después abonarían si resultaban ser menos.

No me puedo quejar del trato que allí recibimos. Llegó una enfermera con dos bolsas de papel llenas de botes y colocó en la mesilla una gran cantidad de medicamentos. Pensé que metía en el cajón productos de aseo personal como jabón, cepillo de dientes…pero en realidad era un montón de jeringuillas.  Continuamente entraban enfermeras en la habitación para tomarme las constantes, vigilar el suero, incluso me acariciaban la vena de la mano cada vez que introducían algún medicamento porque me dolía. Alguna un poco más atrevida me preguntaba de dónde era, si tenía hijos,…todas eran muy dulces, muy guapas, todas con un pequeño bindi en su frente, su pelo recogido en un moño y su uniforme azul. Se me ocurrió que entre sus normas de vestimenta tendrían como requisito que el bindi en la frente no fuera superior a medio centímetro de diámetro. Tonterías que piensas cuando tienes mucho tiempo sin nada que hacer.

Les sorprendía que para comer solo quisiese arroz blanco (¿sin dahl?), casi no comía. Sólo veía la cantidad de antibiótico que ponían y me preocupaba. Me hicieron una ecografía, un análisis de sangre básico y un análisis de heces. Parece que los resultados eran más o menos normales. Ya no tenía diarrea y preguntaban insistentemente si vomitaba. A penas me movía ni me levantaba de la cama. Así que al día siguiente, cuando vino el médico y me ofreció si quería seguir allí o salir, le pedí salir. Me pidieron quedarme hasta por la tarde. Tenía unas décimas de fiebre, pero parecía normal. Me recetaron más antibiótico y me pidieron volver al cabo de una semana, pero ya teníamos decidido volvernos a España. A las 19h salimos del hospital, y comprando la medicación en la farmacia del hospital comencé a marearme y tuve un bajón de tensión. Me encontraba fatal. Volvimos a nuestra casa en moto y el aire en la cara me reanimó. Por el camino, por la carretera oscura, vi como un joven con el cuerpo deformado, iba sentado en una tabla con ruedas que arrastraba su madre con la ayuda de una bici. Pensé, eso es mucho peor, así que no te quejes Rebeca.

La decisión de volver

Antes incluso de llegar a la guesthouse, fuimos directos a un cibercafé para comprar por internet los billetes de avión para España. Alex ya había consultado previamente los horarios. Si cogíamos el avión al día siguiente de madrugada, llegaríamos a casa el día de Nochebuena por la tarde, menuda sorpresa para nuestra familia. Yo no podía esperar a decírselo a mi madre y le avisé, pero Alex prefirió darles un sorpresón y llegar a casa como el del anuncio de El Almendro. Esta vez teníamos muchísimas ganas de volver a casa y estar con la familia.

Viéndolo en retrospectiva, después de todo lo que ha pasado agradezco enormemente que que mi amiga Mª Eugenia le diese importancia a lo que me pasaba y me aconsejase volver, las palabras de apoyo de Gema y apoyo incondicional de Frédérique, su preocupación, su reflexión de que valorase la opción de volver a casa y sobre todo, la insistencia de Alex en que volviésemos a casa, sus explicaciones para convencerme. Yo no quería volver, no quería rendirme, sentía que estaba perdiendo la oportunidad de descubrir lo que quería, pero si no le hubiese hecho caso, quizás no estaría escribiendo esto ahora.

Volábamos a las 3:40h de la madrugada desde Goa hasta Qatar y de Qatar a Madrid. Dos vuelos de 3 horas y media y 7 horas. Sobra decir que fueron los peores vuelos de mi vida. Solo contaba las horas para llegar a casa.

Por fin llegamos a Madrid. Nos sorprendió ver tantas personas que viajaban ese día para reencontrarse con sus familias. A mí personalmente no me gustan las navidades, por el consumismo asociado; sin embargo ese día me ilusionó estar allí, ver a familias, o gente sola con su mochila, sus maletas, que volvían a casa, que se reencontraría con su familia, se abrazarían contándose sus historias.

Por fin en casa, en familia

Nunca en mi vida agradecí tanto la posibilidad de llegar a Zaragoza en 1h y cuarto en el AVE, en lugar de 4h en el autobús. A nuestra llegada, nos recibió el tamborilero de Rafael y de fondo mis padres, mi hermano, mi cuñada y mis sobrinas, por fin en casa!!

Intenté pasar lo mejor que pude la cena de Nochebuena y la comida de Navidad. No tenía ganas de comer y me eché un rato en la cama. Entonces vino mi sobrina de tres años a estar a mi lado y acariciarme el pelo. Pensé, esto no tiene precio.

Alex se presentó por sorpresa en casa de sus padres para darles primero un gran susto y luego una gran alegría.

Un largo día en urgencias

Al día siguiente, el 26 de diciembre, Alex y yo fuimos a urgencias. Alex seguía con diarreas y yo vomitaba.

En admisión, tuvimos que aguantar el comentario impertinente de una trabajadora del hospital que al relatar nuestro motivo para acudir a urgencias, nos dijo que era muy normal tener diarreas en India. Y le contesté que 24 días de diarrea no era normal.

Enseguida nos atendieron, a cada uno por un lado. Me hicieron una analítica completa. Esperando los resultados comentábamos Alex y yo lo afortunados que éramos en este país por una asistencia médica tan buena que a veces no sabemos valorar. 

A Alex le detectaron más tarde que la causa de su diarrea era una bacteria y le recetaron un antibiótico específico.

En cuanto llegaron mis resultados, supe que algo no iba bien por la cara de la médica que me atendió. Me llevó a hablar con otro médico todavía más preocupado. Me dijeron que tenía el hígado muy dañado y tenían que ingresarme.  Me llevaron a la sala de observación hasta decidir dónde me ingresaban. Allí estaba sola y Alex sólo podía visitarme en un horario determinado. De nuevo el médico con cara de preocupación vino a decirme que tenía el hígado muy dañado, que estaban estudiando qué hacer y le sorprendía verme tan tranquila y lo estaba. Pensaba que todo se arreglaría. Yo siga diciendo a la familia que estaba pendiente de los resultados.
Por la noche, justo en el horario de visitas, vino una doctora y le pidió a Alex que saliese fuera porque quería hablar conmigo. Ella aún estaba mucho más seria. Pensé, esta es la cara que ponen cuando tienen que dar malas noticias. Me dijo que tenía el hígado tan dañado que estaban fallando sus funciones y que temían que tuviese un fallo hepático y necesitase un trasplante. Me iban a trasladar en ambulancia a la UCI del Hospital Clínico porque hospital era allí donde se realizaban los trasplantes de hígado de Aragón. Cuando oí la palabra trasplante sí que me preocupé y lo primero que se me pasó por la cabeza fue “¿y si no hay un donante?”. Esa reflexión me hizo después pensar mucho en el papel tan importante de los donantes de órganos.

Tuve que explicarle atropelladamente a Alex lo que ocurría y llamar a mis padres para avisarles que me llevaban a la UCI del otro hospital, omitiendo el tema del trasplante.

Una atención médica excelente

Obviamente se me pasó por la cabeza la posibilidad de morir, pero estaba tranquila. Quizás si no hubiese cumplido el sueño de nuestro gran viaje habría estado más asustada. Pero pensé que había disfrutado un montón este último año y había vivido como quería, había disfrutado tanto de la vida. No moriría lamentándome por no haber hecho lo que quería. Como dicen nuestros amigos Fernán y Miriam, que me quiten lo viajao.

En la UCI me recibieron dos doctoras y varias enfermeras muy profesionales y muy humanas, e hicieron todo lo que pudieron para que me sintiera allí lo mejor posible. Dejaron que pasasen a verme Alex y mis padres, y las doctoras le explicaron a mi familia con mucho tacto lo que ocurría. Había riesgo, pero lo normal es que todo evolucionase hacia una mejoría.

A pesar de la gran atención del personal de la UCI, apenas pude dormir y me sentía incómoda. Al ver que lo pasaba mal, que había mejorado y que también había mucha gente en la UCI, me ofrecieron la posibilidad de bajar a planta, y fue una gran noticia. Estaba mejorando y en planta también estarían pendientes de mí.  Mi hígado estaba un poco mejor.

Compartí dos días habitación con Emilia, una señora maja, tranquila que contribuyó a que tuviésemos un ambiente relajado en la habitación. Vinieron a verme Alex, mis padres y los padres de Alex. Estábamos más animados porque me trasladasen a planta, hasta que llegaron cuatro doctoras al pie de mi cama, dirigidas por una doctora con cara de pocos amigos, que después de pedirme que le contara de nuevo toda mi historia, me dijo que no debería estar allí, que lo que menos le importaba en ese momento era mi comodidad, que debía ser consciente del riesgo que corría de tener un fallo hepático y que si no me trataban a tiempo el final era la muerte. Y después de la muerte ya no se podía hacer nada. Así de tajante. Yo les escuché como quien recibe la regañina de un padre y les dije que me subiesen a la UCI si lo consideraban necesario. Al salir de la habitación Emilia se echó a llorar y me dijo que era muy valiente. Después le tocó a mi familia recibir las crudas palabras de esa doctora. Me acordé muchas veces de nuestro amigo argentino Boti, que escribió un libro junto a su madre contando su experiencia entre hospitales, y relataba de manera espléndida la importancia del lado humano y de la sensibilidad de los médicos en el trato con el paciente.
Libro de nuestros queridos Boti y Soledad.

Por suerte, salvo ese susto, después todo fueron buenas noticias. Mi hígado se estaba recuperando bien. Yo me encontraba mejor.

A Emilia le dieron de alta y cambié de compañera. Entonces compartí habitación con Virginia, una chica de 31 años que le había pasado lo mismo que a mí. Sin embargo ella estuvo mucho peor que yo y estuvo a punto de recibir un trasplante. Pero valoraron su juventud, sus condiciones de vida y apostaron por su recuperación. Ahora estaba mucho mejor, e incluso pudo celebrar Nochebuena en casa. Para mí fue una gran alegría tenerla como compañera. Me ayudó muchísimo saber que había pasado por lo mismo y me alegraba verle tan mejorada y tan optimista. Pero aparte de eso es una chica tan dulce y tan cariñosa que aún me animó mucho más. Había pasado más de un mes en el hospital, 15 días en la UCI y todas las enfermeras estaban encantadas con ella. El día 30 de diciembre le dieron el alta y desde entonces no ha faltado un día en el que me escriba preguntándome como estoy, alegrándose conmigo y compartiendo  cada buena noticia. Ha sido una gran suerte conocerle y juntas celebraremos muy pronto que estamos mucho mejor.

Celebrando Nochevieja con turrón en el hospital.
Diagnóstico final

Al cabo de unos días, me dieron la mejor noticia que podía esperar. La causa de mi estado era hepatitis E, una hepatitis vírica, típica de países de Asia y en concreto India, causada por beber agua o comida contaminada. Una hepatitis que no es crónica y que se cura con reposo. Incluso hay personas que pueden pasarla sin tener ningún síntoma. En mi caso, probablemente estaba bastante floja y me afectó tanto al hígado que me produjo una insuficiencia hepática aguda.

Mi mayor temor era que no encontrasen la causa y seguir con la incertidumbre, sin saber si me podría poner mal otra vez.
Al final, tras diez días en el hospital y una rápida mejoría me dieron el alta el día 4 de enero, el mejor regalo de Reyes que podía recibir.

Ha sido una gran susto para la familia y amigos, pero agradezco muchísimo todo el apoyo recibido, todas las palabras bonitas, los rezos, cada uno a su dios, la energía positiva, los cuidados de mi familia, la compañía de mi madre y Alex en las noches y la compañía de mis familiares en horas largas en el hospital. Me he sentido muy querida por todos y muy animada en todo momento.


Ahora no veo el momento para seguir haciendo cosas, continuar con una vida nueva, con mucha ilusión con Alex, seguir luchando por nuestros sueños y por supuesto, más adelante llenando la maleta de viajes de Alex y Rebeca. Pero ahora es momento de recuperarse, coger fuerzas, y disfrutar de nuestra familia y amigos. Vaciamos temporalmente la maleta para limpiar los trapos viejos, pero sigue llena de todos los recuerdos y experiencias acumulados en nuestros viajes.

Muchas gracias a todos por estar ahí.


domingo, 6 de diciembre de 2015

Demasiado Delhi

Sentada en la cama de habitación, oyendo de fondo el dulce tono de una conversación en japonés mezclado con las bocinas de los tuc-tucs y con las imágenes del canal japonés NHK World en la tele, me dispongo a despedirme de Delhi.  Hemos pasado aquí demasiados días, demasiados.  Y necesitamos aires del sur.
Por qué estamos aquí tiene su explicación.

Visita al norte de India: Dehradun y Mussoorie

La idea inicial era estar  cinco días en Delhi y bajarnos poco a poco al sur, haciendo paradas en algunos destinos que no visitamos el año pasado.

Sin embargo, sabíamos que Popo Gunji estaba en India y queríamos hacerle una visita sorpresa. Después de conocerle en India y reencontrarnos en Tokio, tal es la impresión que nos causó que queríamos volver a verle. Pero esta vez él había cambiado su destino. Estaba en Dehradun, a 200km de Delhi, donde hay una escuela de refugiados tibetanos a la que su ONG ayuda. Le escribimos dos días antes para preguntarle, y nos dijo que estaría allí hasta el día 19 de noviembre, después volvía a Dharamsala  y de allí a Japón. Nosotros pensábamos llegar el día 18, al menos le veríamos un día.

Con Popo Gunji el año pasado en McLeod Ganj.

Antes de nuestro viaje, avisé a nuestra amiga Ira que ya estábamos en Delhi. Sabía que estaba muy ocupada con su preparación  en las montañas, pero no sabía dónde. Casualidad o no, resultó que de 3,3 millones de km2 que tiene India, Ira estaba en una academia en Mussoorie, a 25km de Dehradun. Y fuimos a verla.

La odisea de encontrar una plaza
Parece que en un año se han incrementado los problemas para encontrar plaza en un tren, y ni siquiera con una semana de antelación encontramos hueco para nuestros  próximos destinos; tampoco la encontramos para Dehradun. ¿Cómo es posible que con miles de trenes diarios que transportan millones de personas diariamente (En serio!! 23 millones de viajeros diarios en 2013) no encontráramos dos asientos? Pues ocurre. Aún así se puede luchar por un hueco, pero como la distancia era corta decidimos hacerlo en bus.  1240 millones de personas son muchas personas y a menudo se me olvida.
Estación de trenes de Haridwar el año pasado. Intentando subir al tren.
Esta vez nos enteramos de que existían unos autobuses del gobierno, servicio similar al de los trenes, que no habíamos conocido hasta la fecha.  Elegimos el más barato y resultó ser  (para mí) uno de los peores viajes de todos los realizados durante todo nuestro año en ruta. La vuelta de día fue mejor.

Dehradun, nothing to see
Llegamos a las 5h de la mañana, sin tener ni idea de dónde estábamos, ni dónde se encontraba Popo Gunji. Tomamos un chai bien caliente con galletas y esperamos hasta que amaneciese para realizar una búsqueda infructífera de habitación. Pocas opciones, caras y en la mayoría no admitían a extranjeros. Así que cansados y enfadados decidimos escapar a Mussoorie. Peleamos cuerpo a cuerpo (y me quedo corta con la expresión); repito peleamos cuerpo a cuerpo y mochila en mano por un hueco en el autobús que en una hora de recorrido por la montaña nos llevaría a Mussoorie.

Vista  de la carretera desde Mussoorie.

Y en Mussoorie, encontramos la paz

Mussoorie: bonita estación de montaña; refugio vacacional de la clase media; con vestigios de su pasado inglés; los Himalayas de fondo difuminados por la niebla; lugar de asentamiento de academias y escuelas de renombre, y retiro de escritores.

Por las montañas.

De excursión.

Centro de Mussoorie.

Vista de los Himalayas.



Visitamos a Ira en su academia, donde una élite de profesionales se prepara para formar parte de los puestos más importantes del gobierno. Ira estaba feliz. El año pasado se estaba preparando uno de los exámenes más difíciles del mundo y sacó la mejor nota del país. Un sueño cumplido a base de esfuerzo. Nos enseñó todas las dependencias de su academia, con bonitos edificios, nos presentó a sus amigos y nos invitó a cenar. A pesar de que estaba muy ocupada porque estaban preparando la celebración del día de India en la academia, Ira nos acogió con los brazos abiertos, dispuesta a ayudarnos en cualquier trabajo que deseásemos emprender. Nosotros, aún desubicados, e impresionados ante tanta energía, le contestamos la verdad, que aún no sabíamos. Ella nos aconsejó quedarnos unos días más en Delhi para estudiar más posibilidades, y ver a Ana y su marido, la pareja que nos presentó el año pasado en la cena en su casa. Y le hicimos caso.


En la Academia de formación del Gobierno de India, donde Ira se prepara.

En el hotel residencia de Ira.

Cena con Ira y sus amigos.
Vuelta a Delhi

Decidimos quedarnos algo más de dos semanas en la capital. Queríamos asistir a un par de ferias de interés y además estudiar algunas posibilidades de negocio. Volvimos al barrio mochilero de Paharganj, porque hay mucha oferta hotelera, está céntrico y hay de todo, a pesar del ruido. Dedicamos un día entero a la búsqueda de un buen hotel donde asentarnos, y perdimos la cuenta de todos los que vimos, para finalmente acabar en el que siempre nos hospedamos. En estas ocasiones siempre me acuerdo de mi padre que dice que la primera opción es la correcta. En el hotel nos ayudaron a sentirnos más cómodos; nos dejaron la habitación más grande que se convirtió en nuestra casa temporal y donde pasamos más tiempo del que hubiéramos imaginado.

Ana, nuestra inspiración

Quedamos con Ana, la chica colombiana que conocimos el año pasado. Nos lleva a una preciosa terraza en el barrio bohemio de Hauz Khas y charlamos de nuestro viaje, de Colombia, de Japón y por supuesto de India. De su negocio. Me gusta mucho conversar con Ana, con su tranquilidad colombiana, sin prisas, eligiendo las palabras más adecuadas y  dándoles más valor a lo que se dice. Me relaja escucharle. Y nos animó mucho, nos inspiró y ese día Alex y yo nos volvimos a casa ilusionados, con más energía.
Tarde de inspiración con Ana.


España en India

El fin de semana quedamos a cenar con Ana y Amit y sus amigos María, Tim y Carmen. María (española) está casada con Tim (indio) y es hermana de Carmen. Disfruté un montón de esta cena multicultural, comprobando una vez más que la diversidad cultural enriquece más que aleja y viendo cómo parejas de distintos países conviven con tanta armonía. Nos contamos anécdotas, experiencias en India, opiniones, sentimientos…resultó una cena muy, muy agradable.
Cena hispano-india.


La búsqueda

Comenzamos la búsqueda. ¿De qué?
Visitamos  tiendas, mercados, ferias. Casi, casi hicimos una rutina de trabajo. Encontramos el sitio perfecto para desayunar y comentar lo que haríamos durante el día. Pero no estábamos convencidos, y si bien no conseguimos encontrar nada en estos días, al menos nos sirvió para dejar claro qué no queríamos. 

De feria.


Teníamos dos ideas en mente que no acabábamos de considerar y charlando un día con un español en un restaurante nepalí, él mismo nos apuntó a esas dos ideas. Él se dedica a hacer negocios en India y nos dio unos cuantos consejos. Nos encontramos dos veces más por el barrio y cada vez nos decía algo que cobraba interés para nosotros, como el que te echa las luces en la carretera para avisarte de que hay un control de policía más adelante.

Demasiado Paharganj

Estar en Paharganj es como la película Atrapado en el tiempo. Cada día te levantas, es un día nuevo para ti, sin embargo ahí abajo en la calle, todos los días ocurre lo mismo. El mismo conductor de tuc-tuc nos ofrece llevarnos hasta la estación de metro y marihuana; el chico que pinta las manos con henna se levanta de su asiento para enseñarme sus diseños, sin percatarse que llevo aquí más de dos semanas y que le he dicho que no una media de dos veces diarias; un hombre hace volar un helicóptero de juguete para atraer nuestra atención; el niño que se arrastra en una tabla con cuatro ruedas cruza la calle para pedirnos dinero, también la mujer de la cara quemada con su niña al lado. Es como si hubiésemos recién llegado a Delhi y constantemente se repitiese lo mismo. Solo alguno se percata de que somos los mismos que día tras día pasamos por allí, y con alguno hasta nos paramos a charlar.
Una ventana a Paharganj.



A la espera del cliente.
Pilota

Conocemos a Pilota, un chavalín de 18 años que habla muy bien español. Cada día lleva una camisa nueva. Le preguntamos si tiene 365 camisas y nos comenta su filosofía de trabajo. Dejó de estudiar a los 10 años, así que lleva años de experiencia. Si gana 1000, gasta 500, pero se guarda otros 500 para el futuro. Es igual que otros muchos que están en la calle ofreciendo los servicios de su agenda. Él comparte un local que hace la función de oficina con otros muchos chicos y su hotel está al lado del nuestro. Nos dice que engaña pero poco. 

Todos los días nos encontramos tres o cuatro veces y charlamos un poco. Nos dice que en estas fechas llegan los españoles con dinero, no los de verano que llevan menos presupuesto, y me pasa el teléfono para que hable con su clienta Vanesa, una española que vive en Bangalore y le ha pedido presupuesto a Pilota para recoger a su familia en coche y hacerle un tour de tres días.
Quedamos en tomar unas cervezas antes de marcharnos y despedirnos.

Subrrealismo en Paharganj

Y es que Paharganj es cuando menos, pintoresco. En él se juntan los turistas extranjeros, los turistas indios, los que viven del turismo y los que justo les viene para vivir. Pero el grupo más pintoresco lo conforman los extranjeros afincados aquí. No son llamativas las largas melenas con rastas que algunos jóvenes. Me llaman la atención aquellos que parece que hayan hecho de Paharganj su lugar de retiro. Nos cruzamos con una rusa de pelo rojo, sonrisa en la cara, bindi en la frente, sonriente, paseando descalza con los pies naranjas; cenamos con un hombre al lado, con grandes surcos en su cara que denotan su avanzada edad; casi no puede caminar con un tobillo vendado y se apoya en un bastón lleno de gomas de pelo de colores; para cenar saca de una bolsita de piel sus palillos de madera y su cuenco tibetano. Una mujer de espesa melena blanca que recuerda a la pitonisa Lola, degusta su chai sentada en un bar, mientras un hombre de más de 65 años a su lado se coloca la mochila al hombro. Su única vestimenta un pantalón pirata y un chaleco, con el torso desnudo al descubierto.
Lástima que no tenga documentación gráfica de los extranjeros que resultan más llamativos que ella.

En la entrada del callejón que lleva a nuestro hotel hay un urinario público. Siempre que paso no respiro o me tapo la nariz con el pañuelo. Sin embargo, lo que a mí me parecería el peor sitio para mi negocio, es ideal para el hombre que hace sándwich de tortillas. Y tan buen lugar debe ser, que no sólo se pone a vender un hombre con su carrito, sino que hay otro más que se disputa con él la clientela.

Es el lugar donde más culpable me he sentido al tomarme un helado porque justo al lado un niño sin piernas que se mueve sobre una tabla con ruedas me hace señas desde casi el suelo para que le dé unas monedas.

Y es el lugar donde nos sentamos a comer en un bar, y la pareja de enfrente está formada por indio y una japonesa que charlan en japonés mientras él juega con su bebé preciosa de ojos oscuros semirasgados y de piel casi blanca. Imagino el choque cultural de esas dos culturas tan extremas.

Nuestro momento de relax

Un día, llevados por la curiosidad, entramos a un templo al final de la calle principal, al lado de la parada de metro que lleva su nombre. Ramakrishna ashram. Cuenta con varios edificios e instalaciones, incluida una biblioteca y farmacia. Allí todo está limpio, el césped está perfectamente cortado e impera el silencio. Este se convierte en nuestro lugar de paz dentro de Paharganj.

Entrada al templo.
Entramos al templo que se ubica en el centro de parcela. Dejamos nuestros zapatos en la habitación de la derecha y subimos la escalera para ser recibidos por la estatua de su deidad principal en la posición de loto, con la foto de dos mujeres a su lado. No sé quién es ni me importa. Sólo sé que eses es un lugar tranquilo donde me apetece estar.

En las paredes laterales están colgadas las fotos de cada uno de los que han sido dirigentes, me recuerdan a los retratos presidenciales y como única decoración de la sala, dos trozos de moqueta roja separados por un pasillo central donde se colocan a la izquierda las mujeres y a la derecha los hombres. Al final, dos bancos para quien tenga dificultad para sentarse.


Llegamos y Alex y yo nos sentamos en el lado que nos corresponde. Hay días que consigo meditar, no todos, pero los que lo consigo me llenan de tranquilidad. Hay otros en los que me resulta imposible y me dedico a estudiar a la gente a mi alrededor. ¿Por qué se me duerme la pierna y esta gente lleva rato sin cantearse? Ellos llevan toda su vida doblados; para ir la baño, para sentarse, en su puesto de trabajo; algunos se acercan al altar y se tumban en el suelo; una mujer echa limosna, la comparo como la señora que va a misa de 8; ¿seguirá los mismos rituales? Y ratos cuando hay cantos y me es imposible abstraerme, me despisto entendiendo palabras en español de sus rezos en sánscrito como mariposa o zapato.

A la salida, comentamos Alex y yo lo que hemos pensado o conseguido en ese rato de paz. Cuando consigo meditar Alex me pide que se lo describa. Y lo intento, advirtiéndole que no sé si es lo correcto o no, que igual estoy equivocada y eso no es meditar, pero que a mí me sirve. No quiero contaminarme con prácticas externas y menos las que van dedicadas solo a extranjeros.  Y esto es lo que le cuento:
Momento de meditación en el río Li, Yangshou (China).
Intento relajarme, sentirme cómoda sin que nada me despiste o me moleste; intento dejar de pensar, vaciar la mente, oigo los ruidos externos como parte del exterior; y de repente noto que ya no estoy dentro del cuerpo; mi cuerpo sigue ahí pero lo veo desde fuera; soy solo mi interior, que se siente feliz de formar parte de ese gran universo; a veces siento una gran energía en el cuerpo, calor; en ese momento nada me da pena ni me preocupa; no necesito nada más ni a nadie; simplemente estoy feliz de existir, de sentir esa inmensidad  y me llena de tranquilidad. Luego vuelvo a la realidad, al ruido, a la gente, a la calle, con la esperanza de que otro día pueda volver a alcanzar ese estado.  

Seguir el camino

Decidimos seguir nuestro camino hacia el sur, nuestra salud nos lo agradecerá. Sin embargo esta vez Delhi no quiere que nos olvidemos tan pronto de ella y de regalo nos enfermamos con la Delhi belly, o diarrea del viajero. Después de presumir que el año pasado estuvimos 2 meses y medio en India sin problema, esta vez nos coge una diarrea fuerte a los dos. ¿La causa? Pueden ser tantas.
Pudo ser esto.

O también esto.
Desde luego no es por el picante, pero ahora que observamos con detalle cada comida, no pondría la mano en el fuego por la seguridad alimentaria de ningún sitio. Simplemente ese día la bacteria nos tocó a nosotros. Así que cansados de tanto reposo y de tantas visitas al baño y de tanto Paharganj, decidimos que ya es hora de irnos a la playa en busca de aire fresco.

¡Si es que nos pegamos todo el día buscando!
¿En la buena dirección?

sábado, 14 de noviembre de 2015

Un día en India

Llegada a India


Llegamos directos a la estación de New Delhi desde el aeropuerto. Caminamos con la naturalidad de saber por dónde nos movemos. Reconocemos todo, prácticamente igual; los lugares, los olores, las sensaciones que tuvimos en cada lugar, las anécdotas…

Nos parece que hay menos gente. Sorteamos a los conductores de rickshaws y taxis, que apenas nos preguntan. Escuchamos los ininterrumpidos pitidos de las motos y coches, cruzamos la calle y nos adentramos en Paharjang. Barrio típico mochilero donde estuvimos el año pasado. Está todo decorado con lucecitas porque ayer se celebró el Diwali, el festival de las luces, que marca el comienzo del año nuevo hindú; los dos días siguientes también son fiesta. Lo corroboran los petardos que cada dos por tres se escuchan en la calle.
La calle Main Bazaar decorada con las luces del Diwali.


Se nos acerca el primer joven que quiere ofrecernos alojamiento. Comenzamos la ruta en busca de una habitación con las mochilas al hombro. Al final decidimos ir al mismo hotel del año pasado, pero necesitamos un buen precio. Nos reconocen al cruzar el umbral de la entrada. Tan amables como la otra vez. Charlamos, negociamos y finalmente se porta muy, muy bien con nosotros.

Vida diaria en Paharjang

Paseamos por la calle principal. “Te acuerdas de…?” no paro de recordarle momentos pasados a Alex hasta apurar casi su paciencia. Un hombre comienza a hablarnos, interesado por nuestra visita a su país aunque en realidad quiere llevarnos a una “agencia del gobierno” para que nos den mapas gratis. Nos acompaña un largo rato, no nos importa, nos reímos juntos. “Second time in India”(segunda vez en India). Al final se despide contento por la charla, aunque no se lleve la comisión.  Trabaja en Tata y se va a ir a Canadá unos meses. Sabe que allí hará mucho frío pero ganará mucho dinero. 


Callejeamos por los alrededores, pasamos por el puesto donde me compré el pintalabios que aún llevo, la pastelería donde compramos los pasteles que llevamos a la cena de Ira…y ahora se acerca Kazim. Misma táctica. Tiene que conseguir que entremos a su agencia. Pero a la vez le apetece hablar, la curiosidad india es infinita. Intenta explicarnos que los tickets necesitan un sello del gobierno, aún sabiendo que no nos engaña. Nos reímos. Nos da su número con la esperanza de que alguna amiga vaya en verano y necesite un guía. Vemos un cementerio cristiano. Allí mismo? En pleno centro? Decidimos visitarlo y nos despedimos de Kazim. Hasta allí casi no llega el bullicio de la calle, y es un buen lugar tranquilo para pasear, como ya hicimos en el cementerio de Calcuta. Vemos las primeras vacas por la calle, que aquí llaman más la atención porque no es su lugar habitual. Aún así, se las deja pasar como a un viandante más.


Me sorprendo analizando cada situación con dos perspectivas. Como si fuera una recién llegada y con mis propios ojos después de todo lo vivido. Puedo entender a las personas que dicen que Delhi les satura, o no les gusta. Sobre todo si es la primera ciudad que se visita. Sin embargo a mí me encanta por todas las posibilidades que ofrece. Hay tantas cosas por ver y una forma de vida tan diferente que cualquier actividad cotidiana me resulta un atractivo!
Nos imaginamos Alex y yo que viniese nuestra familia a vernos… ¿cómo reaccionarían? ¿Dónde les llevaríamos a comer? 
Saboreamos con deleite la masala dosa, la chola batura, los rollos afganos, el aloo palak, los sándwich callejeros cocinados justo enfrente de los urinarios públicos…esto es India! 
Masala dosa, aunque es mejor la del sur.

Chola batura.
Hacemos una cata de chai probándolos en diferentes puestos hasta encontrar el que más nos guste. Nos adentramos en los callejones estrechos, donde hacen vida los indios; nos gusta comprar en las pequeñas tiendas de comestibles, comer en los restaurantes locales y ver cómo juegan la partida de cartas.

Tomando uno de esos chai se para un chico a nuestro lado al oírnos hablar. Nos pregunta de dónde somos, Barcelona, fútbol..y nos dice que no habla mucho inglés. Pero cuando le decimos que somos de Zaragoza y Alex le explica dónde está, contesta en un inglés fluido que en coche está a 3h de Barcelona. Se ríe y nos dice en español “es que yo he estado viviendo en Tudela y trabajando en la Expo de Zaragoza”. El año pasado también conocimos a otro y nos explica que muchos jóvenes de Khajurajo (una ciudad de India donde existe el templo más erótico del mundo) fueron contratados para la Expo. Ahora vive en Chile, casado con una chilena y viene a India a comprar unas telas para venderlas luego allí. 38h de viaje.

Los dos primeros días aún llevamos los horarios cambiados y comemos a destiempo. Tratamos de ponernos una rutina; unas horas de trabajo y después pasear por la ciudad como si fuese la nuestra. 

Visita a Chandni Chowk

Nos acercamos al Fuerte Rojo sólo para verlo desde fuera y allí comienza la primera sesión de fotos. Vienen los más atrevidos, móvil en mano, a pedirnos una foto. Y en cuanto unos se deciden, otra familia se arpoxima apresurada a pedirnos lo mismo. Parece increíble que todavía se sigan sorprendiendo de ver a extranjeros. Y extranjeros tan normales como nosotros, que al fin y al cabo podríamos pasar perfectamente como indios. Pero me encanta ver esa cara de ilusión y perplejidad al vernos, sobre todo la de los niños.
En el Fuerte Rojo.

Alex en el Fuerte Rojo con un chico indio que le resultaba familiar :)
Paseamos con dificultad por el barrio de Chandni Chowk, en Old Delhi. Había olvidado lo difícil que resulta a veces caminar por sus calles, entre motos, coches, rickshaws, y gente, gente y más gente. 

Todos en la calle.
No puedo evitar la comparación con Japón, donde todos respetan tu espacio vital, no hay roces y aquí no dejamos de recibir empentones en cuanto se concentra un poco de gente alrededor. Para evitarlo, a veces sin éxito, nos metemos por los estrechos callejones repletos de puestos donde se venden joyas, sariis y telas de todos los colores y con todas las pedrerías posibles. 

Callejones de Chandni Chowk.
Ir de shopping en india es echar toda la mañana, o todo el día. Vemos grupos familiares, en su mayoría mujeres, acompañadas de hijas, sobrinas, tías o madres, sentadas en una tienda frente a varios vendedores que no paran de extender preciosas telas de colores ante la mirada seria de sus clientes. No hay que mostrar interés para negociar un mejor precio.

Esperando a la clientela.



De compras.
Vemos algunos trabajadores que aprovechan a descansar en el mismo carro hasta que se les requiera.  Y un señor que vende zumo de naranja, duerme plácidamente sobre el mostrador de un puesto hasta que llegue la clientela. Cualquier sitio es bueno cuando el sueño nos invade.

Toca descansar.
De repente alzo la vista y veo en la azotea de un edificio, un patio y una mezquita donde los fieles se unen al rezo. Hoy es viernes, día sagrado para los musulmanes y no se puede visitar. 


Sin embargo, sí que visitamos el templo Gurdwara Sis Ganj. Es un templo de la religión sij, un lugar tranquilo para descansar y sobre todo un lugar mágico para observar, desde el momento que llegas a la ventana a dejar tus zapatos, donde una fila de voluntarios espera para recogerlos y entregarte una ficha. En un cajón escogemos un pañuelo para cubrirnos el pelo. 


Nos sentamos al final de la sala, para observar a cada persona que entra, reza, cumple con los preceptos de su religión... y me emociono escuchando sus rezos, por el ambiente, por ese momento de paz.
Interior del templo sij.
Después vemos como un guía que acompaña a dos extranjeros entran en la cocina. Desde allí nos hace señas para que pasemos. Varios voluntarios se encargan de preparar la comida. Nos miran y asienten con la cabeza. Uno de ellos le saluda amablemente a Alex con una palmada en el hombro. Vemos las ollas gigantes donde se preparan los guisos y la berenjena cortada, esperando su turno. Después pasamos a otra sala, donde varias mujeres se encargan de amasar pan roti. Unos se cocinan manualmente y otros pasan por una máquina donde se aplanan y cocinan mecánicamente.

Preparando la comida.
Al salir, nos invitan a quedarnos a comer, se lo agradecemos pero no nos quedamos, es pronto. Aunque no quiero perder la ocasión de asistir a esos comedores comunales financiados por las donaciones de este grupo religioso. Hoy como todos los días repartirán miles de comidas a las personas que se acerquen al comedor.


Grupo de mujeres amasando rotis.
Tenía miedo de haber idealizado en este tiempo este país que tanto me sorprendió la primera vez, pero igual que me ocurrió al visitar de nuevo Japón, fue llegar aquí y volver a experimentar esa sensación alegría. Así que para las personas que me preguntan qué tiene India...suciedad, pobreza, insistencia, agotamiento, desesperación, miseria, engaño...pero si eres capaz´de mirar debajo de esa capa encontrarás inocencia, sorpresa, alegría, amabilidad, solidaridad, confidencia, colores, olores, espiritualidad….la vida.
Hombre preparando betel.