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lunes, 25 de julio de 2022

India de nuevo. Cuarto viaje

Llevamos 19 días en India, sin embargo, bien podrían ser 2 meses o un año. Cuesta llevar la cuenta. No sé si es por la intensidad con que todos los sentidos quedan abordados desde que aterrizas, pero es como entrar en otro estado de espacio y tiempo que nada tiene que ver con las medidas de occidente. Siento que hay algunos conceptos de occidente que no encajan aquí y viceversa. No hay otra explicación.

Es nuestro cuarto viaje a India, sin embargo, para mí, parece el primero. Alex llevó mejor su periodo de adaptación y estaba más preparado para lidiar con el día a día de este país. A mí me ha costado mucho más. No recordaba cuánto al límite te pone el país, cuantísima paciencia se necesita y lo frustrante que puede llegar a ser incluso tomar decisiones tan simples como comprar un billete de tren, coger un taxi o tuk tuk. Hemos tenido que bajar mucho el ritmo para poder ir asimilando todo. 



 

El primer impacto

La llegada a Delhi fue brutal. Habían pasado casi siete años desde la última vez que pisamos Paharganh, el barrio mochilero al lado de la estación de tren y cerca del metro, que por su ubicación y cantidad de hoteles es muy práctico. Todo seguía igual, o peor. Ruido, olores, suciedad, más suciedad. Solo había un elemento nuevo, alguna persona con mascarilla. Muchos menos extranjeros y muchísimo calor. Asfixiante. Tanto que casi se nos hizo imposible movernos en los 3 escasos días que estuvimos allí. Nuestra amiga Ira nos escribió para que fuésemos a su casa, pero ya teníamos el hotel pagado, así que quedamos en vernos al volver a Delhi.

En 2019 habíamos viajado al estado de Sikkim, que forma parte de India desde 1975.  Allí la India es más descafeinada, más limpia, más tranquila, incluso con agricultura totalmente orgánica desde 2016. Fue difícil moverse en transporte, pero no convivir.

Esto era otra liga y había que actuar rápido para sobrevivir. 

 

Nos vamos al sur

Volamos directos hasta Coimbatore, en el estado de Tamil Nadu y a 2500 km de la capital. Todo es exagerado en India, hasta las distancias.

Teníamos el buen recuerdo del sur por su tranquilidad, su naturaleza, su deliciosa comida y su gente más agradable.



Mientras Zaragoza sufría una ola de calor, aquí la temperatura era mucho más confortable, fresco incluso por la noche. Eso nos hizo revivir.

La ciudad no tiene mucho atractivo, pero sí un interés concreto para nosotros. Visitar el ashram de Sadghuru, a unos 30 km. Conocido como Isha Foundation, es un complejo de yoga dirigido por voluntarios y que tiene como objetivo brindar bienestar físico, mental y espiritual para todos. Así lo definen en su web. La idea era quedarnos allí unos días, aunque tienes que hacer la petición de alojamiento y que te la concedan, y hacerlo con al menos 15 días de antelación ante tanta demanda.

El centro se encuentra rodeado de los ghats occidentales, una cordillera de montañas, que delimitan los estados de Kerala y Tamil Nadu. Es un lugar estratégico elegido por su energía y su entorno, con una extensa vegetación, miles de cocoteros, plantas. No en vano, el lema de la fundación es Save de Soil, salvar la tierra.

Nos acercamos un día a visitarlo y quedamos tan impresionados que nos propusimos volver para alojarnos unos días, aunque supusiese tener que irnos y volver para cuando el alojamiento estuviese disponible.

 





 

 

Visita a Kerala, Kochi

Es julio, y en esta época del año acechan los monzones por el este y oeste del país. Eso dificulta trazar una ruta clara y nosotros la vamos improvisando sobre la marcha. 

Queríamos visitar Munnar, una ciudad montañosa con campos de té y café.  Tuvimos que descartarlo cuando vimos que la temperatura era de 16ºC y lluvias; no estábamos equipados para ello. 

En su lugar fuimos a Kochi, que estaba conectado por tren desde Coimbatore. Allí pasaríamos unos días hasta poder volver al ashram. 

Era nuestra tercera visita a Kochi, en el estado de Kerala. En teoría también afectado por el monzón, pero se tradujo en lluvias por la mañana y por la noche que refrescaban el ambiente y se estaba muy bien.



Café en Kochi


Necesitábamos una pequeña burbuja para superar el choque de Delhi. 

En 2014, conocimos allí a nuestro amigo Dean, que estaba trabajando en la construcción del metro. Se terminó en 2017 y esta vez pudimos usarlo.

Nada más llegar a Kochi recibimos un correo de él que nos preguntaba por nuestro paradero. ¿Cómo pudo saber que estábamos allí cuando la red de trenes mueve 23 millones de pasajeros diarios? Cosas de India. Nos quedamos con la duda y decidimos no responderle después de un malentendido que tuvimos anteriormente. No era momento de añadir más sorpresas a nuestro viaje.

Alojados en Fort Kochi, destino de vacaciones de indios de clase media-rica, con cafés, comida de todo tipo. Fueron días de tranquilidad y adaptación.

 

Retiro en Isha Foundation

Tal como planeamos, aunque aquí los planes no siempre se cumplen, volvimos a Coimbatore para pasar cinco días en el ashram de Sadghuru.

Al llegar y hacer el registro, nos colocaron unas pulseritas de residentes. A partir de ese momento, la gente te saludaba con un namaskar, las manos juntas y una sonrisa o la mano tocando en el corazón. Éramos parte de ellos y nos diferenciaba de los visitantes.

Desde la carretera ya se atisba el enorme busto de 112 pies, como las 112 posturas de yoga, equivalente a 34 m de altura y con 500 toneladas de peso; la escultura busto más grande del mundo, dedicado a Adiyogui o Shiva, el primer yogui del mundo que apareció hace 15000 años, o eso es lo que cuentan. Impresionante. 




Existe otra parte donde están los templos a la que solo se puede acceder sin móviles si eres visitante y está prohibido hacer fotos. Allí se encuentran dos grandes piscinas, una para hombres y otra para mujeres donde puedes darte un baño para aumentar la receptividad espiritual y mejorar tu bienestar físico y psicológico. Yo no me bañé pero Alex sí lo hizo.







El lugar más especial es la Dhyanalinga, un espacio de meditación donde se encuentra un elipsoide de granito negro que se convierte en un almacén perenne de energía. Fue el lugar donde más fácil me resultó meditar y aunque no estaba muy predispuesta a ello, sí noté una gran energía. Un día acudimos a una sesión con música y fue espectacular. 

Además de tiendas, restaurantes y cajeros automáticos, existen otras instalaciones que lo convierten en un lugar con una paz increíble. Todo limpio, todo en calma. Pájaros cantando, dos pavos reales que pasean a sus anchas, un lago con flores de loto, unos porches que recuerdan a baños termales romanos. Muchas personas se quedan a vivir años y de todas las nacionalidades del mundo.  

lago


La zona de alojamiento sí que era de acceso exclusivo para los residentes. Existen diferentes bloques de habitaciones desde más sencillas como la nuestra, pero con todo lo necesario para tu estancia, hasta otras más lujosas, y dormitorios para los voluntarios. 




Te ofrecen dos comidas diarias comunitarias, a las que acudimos un par de veces. Todo un ritual que recuerda a las comidas de los templos sigh. Unos voluntarios te sirven la comida, otros organizan la sala, las esterillas del suelo, los platos. Antes de comer, se canta y se agradece por la comida; se come en silencio. Después lavas tu plato y tu vaso.

Algunas familias, acuden a pasar allí unos días de vacaciones. Los ves llegar con maletas enormes y carritos como los de los aeropuertos. Otros, van a estudiar yoga, a recibir algún tratamiento de salud, a mejorar sus conocimientos, a vivir en paz, a meditar. No he visto nunca tanta gente meditando al mismo tiempo, en cualquier esquina. Y si querías, podías asistir a diversas actividades que había durante todo el día. Clases de yoga cada media hora. 

Es un pequeño mundo, donde todo parece en consonancia. Nosotros salíamos de nuestro bloque por la mañana para ir a desayunar y parecía que comenzase un nuevo día en el Show de Truman, o el Show de yogui. 

Incluso para no nosotros que no íbamos con ninguna intención de practicar yoga, ni de involucrarnos demasiado, nos resultó tremendamente agradable. Nos llenó de energía y paz y dudamos en quedarnos más tiempo. 



El último día reservamos un taxi para nuestra salida. Al hacer la reserva nos preguntó el voluntario cuál era nuestro vuelo. Le dijimos que nos íbamos en tren. En ese momento pensé, ¿cuántos extranjeros vendrían exclusivamente a pasar un tiempo en este lugar y después volvían a su país? ¿Habrían estado en India? No. La India de verdad nos esperaba ahí fuera, con todos sus defectos e incomodidades, pero también con sus virtudes. Por fin estaba preparada para afrontarla de nuevo.  


 Desde la ventana del tren esperando a que el tren arranque.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Demasiado Delhi

Sentada en la cama de habitación, oyendo de fondo el dulce tono de una conversación en japonés mezclado con las bocinas de los tuc-tucs y con las imágenes del canal japonés NHK World en la tele, me dispongo a despedirme de Delhi.  Hemos pasado aquí demasiados días, demasiados.  Y necesitamos aires del sur.
Por qué estamos aquí tiene su explicación.

Visita al norte de India: Dehradun y Mussoorie

La idea inicial era estar  cinco días en Delhi y bajarnos poco a poco al sur, haciendo paradas en algunos destinos que no visitamos el año pasado.

Sin embargo, sabíamos que Popo Gunji estaba en India y queríamos hacerle una visita sorpresa. Después de conocerle en India y reencontrarnos en Tokio, tal es la impresión que nos causó que queríamos volver a verle. Pero esta vez él había cambiado su destino. Estaba en Dehradun, a 200km de Delhi, donde hay una escuela de refugiados tibetanos a la que su ONG ayuda. Le escribimos dos días antes para preguntarle, y nos dijo que estaría allí hasta el día 19 de noviembre, después volvía a Dharamsala  y de allí a Japón. Nosotros pensábamos llegar el día 18, al menos le veríamos un día.

Con Popo Gunji el año pasado en McLeod Ganj.

Antes de nuestro viaje, avisé a nuestra amiga Ira que ya estábamos en Delhi. Sabía que estaba muy ocupada con su preparación  en las montañas, pero no sabía dónde. Casualidad o no, resultó que de 3,3 millones de km2 que tiene India, Ira estaba en una academia en Mussoorie, a 25km de Dehradun. Y fuimos a verla.

La odisea de encontrar una plaza
Parece que en un año se han incrementado los problemas para encontrar plaza en un tren, y ni siquiera con una semana de antelación encontramos hueco para nuestros  próximos destinos; tampoco la encontramos para Dehradun. ¿Cómo es posible que con miles de trenes diarios que transportan millones de personas diariamente (En serio!! 23 millones de viajeros diarios en 2013) no encontráramos dos asientos? Pues ocurre. Aún así se puede luchar por un hueco, pero como la distancia era corta decidimos hacerlo en bus.  1240 millones de personas son muchas personas y a menudo se me olvida.
Estación de trenes de Haridwar el año pasado. Intentando subir al tren.
Esta vez nos enteramos de que existían unos autobuses del gobierno, servicio similar al de los trenes, que no habíamos conocido hasta la fecha.  Elegimos el más barato y resultó ser  (para mí) uno de los peores viajes de todos los realizados durante todo nuestro año en ruta. La vuelta de día fue mejor.

Dehradun, nothing to see
Llegamos a las 5h de la mañana, sin tener ni idea de dónde estábamos, ni dónde se encontraba Popo Gunji. Tomamos un chai bien caliente con galletas y esperamos hasta que amaneciese para realizar una búsqueda infructífera de habitación. Pocas opciones, caras y en la mayoría no admitían a extranjeros. Así que cansados y enfadados decidimos escapar a Mussoorie. Peleamos cuerpo a cuerpo (y me quedo corta con la expresión); repito peleamos cuerpo a cuerpo y mochila en mano por un hueco en el autobús que en una hora de recorrido por la montaña nos llevaría a Mussoorie.

Vista  de la carretera desde Mussoorie.

Y en Mussoorie, encontramos la paz

Mussoorie: bonita estación de montaña; refugio vacacional de la clase media; con vestigios de su pasado inglés; los Himalayas de fondo difuminados por la niebla; lugar de asentamiento de academias y escuelas de renombre, y retiro de escritores.

Por las montañas.

De excursión.

Centro de Mussoorie.

Vista de los Himalayas.



Visitamos a Ira en su academia, donde una élite de profesionales se prepara para formar parte de los puestos más importantes del gobierno. Ira estaba feliz. El año pasado se estaba preparando uno de los exámenes más difíciles del mundo y sacó la mejor nota del país. Un sueño cumplido a base de esfuerzo. Nos enseñó todas las dependencias de su academia, con bonitos edificios, nos presentó a sus amigos y nos invitó a cenar. A pesar de que estaba muy ocupada porque estaban preparando la celebración del día de India en la academia, Ira nos acogió con los brazos abiertos, dispuesta a ayudarnos en cualquier trabajo que deseásemos emprender. Nosotros, aún desubicados, e impresionados ante tanta energía, le contestamos la verdad, que aún no sabíamos. Ella nos aconsejó quedarnos unos días más en Delhi para estudiar más posibilidades, y ver a Ana y su marido, la pareja que nos presentó el año pasado en la cena en su casa. Y le hicimos caso.


En la Academia de formación del Gobierno de India, donde Ira se prepara.

En el hotel residencia de Ira.

Cena con Ira y sus amigos.
Vuelta a Delhi

Decidimos quedarnos algo más de dos semanas en la capital. Queríamos asistir a un par de ferias de interés y además estudiar algunas posibilidades de negocio. Volvimos al barrio mochilero de Paharganj, porque hay mucha oferta hotelera, está céntrico y hay de todo, a pesar del ruido. Dedicamos un día entero a la búsqueda de un buen hotel donde asentarnos, y perdimos la cuenta de todos los que vimos, para finalmente acabar en el que siempre nos hospedamos. En estas ocasiones siempre me acuerdo de mi padre que dice que la primera opción es la correcta. En el hotel nos ayudaron a sentirnos más cómodos; nos dejaron la habitación más grande que se convirtió en nuestra casa temporal y donde pasamos más tiempo del que hubiéramos imaginado.

Ana, nuestra inspiración

Quedamos con Ana, la chica colombiana que conocimos el año pasado. Nos lleva a una preciosa terraza en el barrio bohemio de Hauz Khas y charlamos de nuestro viaje, de Colombia, de Japón y por supuesto de India. De su negocio. Me gusta mucho conversar con Ana, con su tranquilidad colombiana, sin prisas, eligiendo las palabras más adecuadas y  dándoles más valor a lo que se dice. Me relaja escucharle. Y nos animó mucho, nos inspiró y ese día Alex y yo nos volvimos a casa ilusionados, con más energía.
Tarde de inspiración con Ana.


España en India

El fin de semana quedamos a cenar con Ana y Amit y sus amigos María, Tim y Carmen. María (española) está casada con Tim (indio) y es hermana de Carmen. Disfruté un montón de esta cena multicultural, comprobando una vez más que la diversidad cultural enriquece más que aleja y viendo cómo parejas de distintos países conviven con tanta armonía. Nos contamos anécdotas, experiencias en India, opiniones, sentimientos…resultó una cena muy, muy agradable.
Cena hispano-india.


La búsqueda

Comenzamos la búsqueda. ¿De qué?
Visitamos  tiendas, mercados, ferias. Casi, casi hicimos una rutina de trabajo. Encontramos el sitio perfecto para desayunar y comentar lo que haríamos durante el día. Pero no estábamos convencidos, y si bien no conseguimos encontrar nada en estos días, al menos nos sirvió para dejar claro qué no queríamos. 

De feria.


Teníamos dos ideas en mente que no acabábamos de considerar y charlando un día con un español en un restaurante nepalí, él mismo nos apuntó a esas dos ideas. Él se dedica a hacer negocios en India y nos dio unos cuantos consejos. Nos encontramos dos veces más por el barrio y cada vez nos decía algo que cobraba interés para nosotros, como el que te echa las luces en la carretera para avisarte de que hay un control de policía más adelante.

Demasiado Paharganj

Estar en Paharganj es como la película Atrapado en el tiempo. Cada día te levantas, es un día nuevo para ti, sin embargo ahí abajo en la calle, todos los días ocurre lo mismo. El mismo conductor de tuc-tuc nos ofrece llevarnos hasta la estación de metro y marihuana; el chico que pinta las manos con henna se levanta de su asiento para enseñarme sus diseños, sin percatarse que llevo aquí más de dos semanas y que le he dicho que no una media de dos veces diarias; un hombre hace volar un helicóptero de juguete para atraer nuestra atención; el niño que se arrastra en una tabla con cuatro ruedas cruza la calle para pedirnos dinero, también la mujer de la cara quemada con su niña al lado. Es como si hubiésemos recién llegado a Delhi y constantemente se repitiese lo mismo. Solo alguno se percata de que somos los mismos que día tras día pasamos por allí, y con alguno hasta nos paramos a charlar.
Una ventana a Paharganj.



A la espera del cliente.
Pilota

Conocemos a Pilota, un chavalín de 18 años que habla muy bien español. Cada día lleva una camisa nueva. Le preguntamos si tiene 365 camisas y nos comenta su filosofía de trabajo. Dejó de estudiar a los 10 años, así que lleva años de experiencia. Si gana 1000, gasta 500, pero se guarda otros 500 para el futuro. Es igual que otros muchos que están en la calle ofreciendo los servicios de su agenda. Él comparte un local que hace la función de oficina con otros muchos chicos y su hotel está al lado del nuestro. Nos dice que engaña pero poco. 

Todos los días nos encontramos tres o cuatro veces y charlamos un poco. Nos dice que en estas fechas llegan los españoles con dinero, no los de verano que llevan menos presupuesto, y me pasa el teléfono para que hable con su clienta Vanesa, una española que vive en Bangalore y le ha pedido presupuesto a Pilota para recoger a su familia en coche y hacerle un tour de tres días.
Quedamos en tomar unas cervezas antes de marcharnos y despedirnos.

Subrrealismo en Paharganj

Y es que Paharganj es cuando menos, pintoresco. En él se juntan los turistas extranjeros, los turistas indios, los que viven del turismo y los que justo les viene para vivir. Pero el grupo más pintoresco lo conforman los extranjeros afincados aquí. No son llamativas las largas melenas con rastas que algunos jóvenes. Me llaman la atención aquellos que parece que hayan hecho de Paharganj su lugar de retiro. Nos cruzamos con una rusa de pelo rojo, sonrisa en la cara, bindi en la frente, sonriente, paseando descalza con los pies naranjas; cenamos con un hombre al lado, con grandes surcos en su cara que denotan su avanzada edad; casi no puede caminar con un tobillo vendado y se apoya en un bastón lleno de gomas de pelo de colores; para cenar saca de una bolsita de piel sus palillos de madera y su cuenco tibetano. Una mujer de espesa melena blanca que recuerda a la pitonisa Lola, degusta su chai sentada en un bar, mientras un hombre de más de 65 años a su lado se coloca la mochila al hombro. Su única vestimenta un pantalón pirata y un chaleco, con el torso desnudo al descubierto.
Lástima que no tenga documentación gráfica de los extranjeros que resultan más llamativos que ella.

En la entrada del callejón que lleva a nuestro hotel hay un urinario público. Siempre que paso no respiro o me tapo la nariz con el pañuelo. Sin embargo, lo que a mí me parecería el peor sitio para mi negocio, es ideal para el hombre que hace sándwich de tortillas. Y tan buen lugar debe ser, que no sólo se pone a vender un hombre con su carrito, sino que hay otro más que se disputa con él la clientela.

Es el lugar donde más culpable me he sentido al tomarme un helado porque justo al lado un niño sin piernas que se mueve sobre una tabla con ruedas me hace señas desde casi el suelo para que le dé unas monedas.

Y es el lugar donde nos sentamos a comer en un bar, y la pareja de enfrente está formada por indio y una japonesa que charlan en japonés mientras él juega con su bebé preciosa de ojos oscuros semirasgados y de piel casi blanca. Imagino el choque cultural de esas dos culturas tan extremas.

Nuestro momento de relax

Un día, llevados por la curiosidad, entramos a un templo al final de la calle principal, al lado de la parada de metro que lleva su nombre. Ramakrishna ashram. Cuenta con varios edificios e instalaciones, incluida una biblioteca y farmacia. Allí todo está limpio, el césped está perfectamente cortado e impera el silencio. Este se convierte en nuestro lugar de paz dentro de Paharganj.

Entrada al templo.
Entramos al templo que se ubica en el centro de parcela. Dejamos nuestros zapatos en la habitación de la derecha y subimos la escalera para ser recibidos por la estatua de su deidad principal en la posición de loto, con la foto de dos mujeres a su lado. No sé quién es ni me importa. Sólo sé que eses es un lugar tranquilo donde me apetece estar.

En las paredes laterales están colgadas las fotos de cada uno de los que han sido dirigentes, me recuerdan a los retratos presidenciales y como única decoración de la sala, dos trozos de moqueta roja separados por un pasillo central donde se colocan a la izquierda las mujeres y a la derecha los hombres. Al final, dos bancos para quien tenga dificultad para sentarse.


Llegamos y Alex y yo nos sentamos en el lado que nos corresponde. Hay días que consigo meditar, no todos, pero los que lo consigo me llenan de tranquilidad. Hay otros en los que me resulta imposible y me dedico a estudiar a la gente a mi alrededor. ¿Por qué se me duerme la pierna y esta gente lleva rato sin cantearse? Ellos llevan toda su vida doblados; para ir la baño, para sentarse, en su puesto de trabajo; algunos se acercan al altar y se tumban en el suelo; una mujer echa limosna, la comparo como la señora que va a misa de 8; ¿seguirá los mismos rituales? Y ratos cuando hay cantos y me es imposible abstraerme, me despisto entendiendo palabras en español de sus rezos en sánscrito como mariposa o zapato.

A la salida, comentamos Alex y yo lo que hemos pensado o conseguido en ese rato de paz. Cuando consigo meditar Alex me pide que se lo describa. Y lo intento, advirtiéndole que no sé si es lo correcto o no, que igual estoy equivocada y eso no es meditar, pero que a mí me sirve. No quiero contaminarme con prácticas externas y menos las que van dedicadas solo a extranjeros.  Y esto es lo que le cuento:
Momento de meditación en el río Li, Yangshou (China).
Intento relajarme, sentirme cómoda sin que nada me despiste o me moleste; intento dejar de pensar, vaciar la mente, oigo los ruidos externos como parte del exterior; y de repente noto que ya no estoy dentro del cuerpo; mi cuerpo sigue ahí pero lo veo desde fuera; soy solo mi interior, que se siente feliz de formar parte de ese gran universo; a veces siento una gran energía en el cuerpo, calor; en ese momento nada me da pena ni me preocupa; no necesito nada más ni a nadie; simplemente estoy feliz de existir, de sentir esa inmensidad  y me llena de tranquilidad. Luego vuelvo a la realidad, al ruido, a la gente, a la calle, con la esperanza de que otro día pueda volver a alcanzar ese estado.  

Seguir el camino

Decidimos seguir nuestro camino hacia el sur, nuestra salud nos lo agradecerá. Sin embargo esta vez Delhi no quiere que nos olvidemos tan pronto de ella y de regalo nos enfermamos con la Delhi belly, o diarrea del viajero. Después de presumir que el año pasado estuvimos 2 meses y medio en India sin problema, esta vez nos coge una diarrea fuerte a los dos. ¿La causa? Pueden ser tantas.
Pudo ser esto.

O también esto.
Desde luego no es por el picante, pero ahora que observamos con detalle cada comida, no pondría la mano en el fuego por la seguridad alimentaria de ningún sitio. Simplemente ese día la bacteria nos tocó a nosotros. Así que cansados de tanto reposo y de tantas visitas al baño y de tanto Paharganj, decidimos que ya es hora de irnos a la playa en busca de aire fresco.

¡Si es que nos pegamos todo el día buscando!
¿En la buena dirección?

viernes, 28 de noviembre de 2014

De McLeod y Delhi con gente maravillosa



Recibiendo y dando abrazos

Subiendo por la escalera a la terraza del hotel para poner la ropa a secar, me viene a la mente las canadienses que conocimos en Dubai y el abrazo que me dio una de ellas. “El primer abrazo del viaje”, me dijo Alex. Lo recuerdo porque venimos de hablar con popo Gonchi, del que también me he despedido con un abrazo.  Pienso en los abrazos que he dado y he recibido en este mes y medio largo, con personas que hemos ido conociendo por el camino. Y qué bien me han sentado todos! Está claro que lo importante en este viaje no son los monumentos ni las ciudades que visitamos, sino las personas con las que interactuamos. A veces, brevemente, como el chico que ha comido a nuestro lado en el restaurante y con el que ayer hablamos un rato en la montaña. O Claudia, una mejicana que llevaba mis zapatillas, comentamos lo bien que van y que nos da sus datos para contactar con ellas sin decidimos viajar a México. Un saludo amable, unas palabras y el deseo de continuar un buen viaje y disfrutar. Otras veces, tenemos la ocasión de conocer más a fondo a una determinada persona que influye en nosotros y creemos que también nosotros en ella.

El rincón de las estrellas
El otro día fuimos a uno de nuestros rincones preferidos donde “my friend” tiene un garito en el que vende chai, bebidas y algo de comida. En frente junto a la carretera, la amiga de Indi prepara los mejores momos de la zona, con una salsa de tomate triturado y cebolla exqui-sita!. Hemos ido allí varias veces con Indi, que les conoce de hace años. Nos dice que “my friend” antes había sido guía en el montaña. Me sorprende lo dispuesto que es ese hombre, que no para. Nos recibe con un apretón de manos y un medio abrazo. Al lado hay una caseta con mensajes de cuidado al medio ambiente. Hacen campañas para limpiar y cuidar el monte y buscan voluntarios, los “wastewarriors”. Y en esa caseta, “my friend” tiene un cuartito donde se queda a dormir cuatro días a la semana. Un día por la noche que vamos a ver las estrellas con Indi nos enseña su cuarto y nos cuenta que su hijo se casa en diciembre; nos invita a la boda, pero no estaremos.

Reflexionando sobre la vida.

Hasta se puede ver alguna estrella con la cámara.

Al día siguiente volvemos Alex y yo por la noche. Alex descarga una aplicación en el ipad para poder identificar las constelaciones. Se ve todo tan claro! Desde aquí sientes cómo pertenecemos al universo! Nos echamos cada uno en un banco  y viene de nuevo “my friend”. Le ayudamos con unas garrafas de agua. Lleva unas cervezas y nos invita a su cuarto. Nos cuenta más sobre la boda, las costumbres, los invitados,  de todo lo que tiene que preparar, está preocupado. Se pone triste. Supongo que para un hombre tan humilde debe suponer un gran esfuerzo económico. Al despedirnos casi no nos suelta la mano y después me da un abrazo que sostiene durante un largo rato. Pobre hombre. 

De vez en cuando, Grumer y Gusy también nos sacan a pasear. Como esta excursión hasta Triund Hills de 8horas que nos recordó a nuestros días en Nepal. Pero mereció la pena el esfuerzo.





Querido Popo Gonchi

Y seguimos conociendo gente sorprendente. Esta vez a Popo Gonchi. Hemos ido a nuestro café preferido y estaban todas las mesas ocupadas, así que la hemos compartido con él. Es japonés, y hemos empezado a charlar sobre Japón, lo que nos gusta, nuestro viaje allí, la comida. Pero poco a poco la conversación ha sido más profunda. Cada año visita un par de veces McLeod Ganj porque su misión es ayudar a la población tibetana. Nos habla de este pueblo y nos anima a conocerlo más a fondo. Pienso en Marina, cuánto disfrutaría de esta conversación. Hablamos de las religiones, de la espiritualidad. Dice que en occidente tenemos mucho conocimiento pero poca práctica. Nos cuenta que hace diez años tuvo un derrame cerebral que superó. Y nos explica cuál es su misión en la vida, su propósito. Nos pregunta por el nuestro y no sé qué contestarle. Le digo que la finalidad del viaje es conocerlo. Sigue contándonos sobre el pueblo tibetano, cómo ha evolucionado en los años que lleva viniendo. También hablamos de los indios, de su cultura y manera de ver la vida. Nos dice que le leyó la mano a un tibetano y le dijo que veía en su futuro que se montaría un negocio. El tibetano le preguntó; qué era un negocio. 



El futuro en nuestras manos
Entonces le extiendo mi mano para que la lea. Nunca he creído mucho en ello, pero tengo curiosidad. Me acuerdo de Mercedes, cuando nos leía las cartas en Nochevieja. Primero me describe cómo soy, lo que he vivido; lo hace con tanto detalle y tanto acierto que me emociono y tengo que aguantar las ganas de llorar. Después me habla de mi futuro, me pregunta de nuevo cuál es mi propósito en la vida, con qué soñaba de pequeña. Otra vez no puedo responderle. Me ha dejado totalmente impresionada. A continuación coge la mano de Alex. Me asusto porque se sorprende mucho de lo que ve. Trata de explicarnos, y nos aconseja.  Dice que su futuro está por definir y ve una línea indecisa.  Que tengo que cuidarle mucho. De su propósito en la vida le dice que tiene que reflexionar mucho y que puede que en este viaje encuentre de repente la inspiración. Que entonces volvamos a España. Nos dice que tenemos que hablar mucho entre nosotros sobre lo que queremos en el futuro, y nos repite varias veces que somos “a lovely couple” y que estamos en una edad muy buena.
Su misión en la vida es influir y hacer feliz al menos a una persona en la vida, y lo ha conseguido con su mujer. Alex le dice que también lo ha conseguido con nosotros, que nos ha llegado al corazón con sus palabras. Es un hombre encantador y muy gracioso. En el rato que estamos se reí a menudo. Nos dice que después de la experiencia en la que casi muere, ahora se siente muy feliz. Nos hace reflexionar mucho y nos recomienda que meditemos sobre la vida.
Este café también es su preferido y viene todos los días, como nosotros. El camarero se sorprende porque no paramos de hablar. De repente popo Gonchi mira el reloj y son las 12!! Habíamos entrado a las 9:30, así que después de 2:30h de conversación nos despedimos de él, y él se queda comiendo.
Salimos del café muy tocados emocionalmente. Me siento como un péndulo que estaba en reposo y de repente alguien golpea y desestabiliza. Sin embargo, el mensaje de popo Gonchi ha sido positivo. Tenemos el futuro en nuestras manos y nos tenemos el uno al otro. Y nos ve felices.

Visita a la clínica tibetana
Comemos en el restaurante japonés y después paseamos un rato. Nos encontramos de nuevo con la monja budista y esta vez no pierdo oportunidad de pedirle una foto para recordar su mirada. Me dice que está cansada y hoy se ve más vieja. Es cierto que se le ve cansada, pero sigue transmitiéndome tranquilidad. Va a visitar la clínica tibetana para comprar unas cremas y nos recomienda visitar al médico para hacernos un chequeo para el viaje, nos propone  acompañarle y lo hacemos. Pero la doctora nos dice que es mejor que  volvamos a la mañana siguiente con la orina.
Por la tarde, cenamos con Indi y le contamos nuestra experiencia con popo Gonchi y la monja. Le decimos que tiene que conocer al japonés, seguro que si se encuentran tienen mucho de qué hablar. Indi nos dice que antes de conocernos no le atraía para nada la cultura japonesa. Pero con nosotros ha cambiado totalmente su opinión. Nos alegra.
Esperando en la consulta.
Con mi amiga budista de la mirada relajante.


En nuestro último día en McLeod Ganj vamos al médico. Cogemos un cuadrado de madera donde está escrito el número  y nos sentamos a esperar. Somos los segundos. Empieza a venir gente, la mayoría mujeres tibetanas muy mayores con el traje típico y algún monje también mayor. En teoría a las 9h empieza la consulta, pero el personal llega un poco tarde y entran todos en una sala a rezar durante 15 minutos. Después la doctora entra en la consulta, se aclara la garganta, echa un escupitajo y comienza a pasar lista.
Cuando entramos a la consulta, pasan dos monjes mayores a pedir recetas. Me hace gracia la similitud con la seguridad social. Le entregamos la orina a la doctora. Yo la he llevado en una botella de agua de 1L y Alex en una de 2L. Nos reímos los tres al entregárselas. Primero analiza visualmente la orina, agitando la botella y luego nos estudia a través del pulso. Todo lo que nos dice es cierto. Tengo que cuidarme las lumbares, algún problema de estómago, tensión baja y tengo que beber más agua (por si no me lo repetía Alex bastantes veces). Nuevamente sorprendidos. Nos receta unas pastillas tibetanas como tratamiento y prevención que saben a rayos y culebras.


Las pastillas tibetanas que saben a rayos.

Aprendiendo a decir adiós

Por la tarde, nos despedimos de Indi y cogemos un autobús a Pathankot; desde allí tomaremos un tren a Delhi. Durante el camino estoy triste por la pena que me produce dejar McLeod Ganj y despedirnos de Indi, con el que hemos compartido tantos momentos felices. Unos días antes de iniciar el viaje, Miriam me envió el enlace de un artículo con 10 consejos zen para viajar. Recuerdo uno de ellos: no te arraigues, “porque (en el viaje) nos veremos obligados a despedirnos de forma cíclica, sólo para hacer espacio para nuevas amistades”. Y llorando en el autobús trato de asumirlo. Delante de nosotros viaja Leo, un chico francés que lleva 2 años trabajando en Australia con la Working Holiday Visa y cuyo inglés me cuesta entender, a pesar de su perfecto acento. Viaja solo y no pierde ocasión de hablar con todo el mundo que se sienta a su lado en el bus. También con nosotros que estamos detrás. Se me pasa un poco la tristeza y me doy cuenta que estamos cambiando. Que ahora nos abrimos mucho más a la gente y es cuando más estamos disfrutando. En una parada, Leo compra unas samosas (vade retro satanas!). No puedo ni verlas desde el día que me sentaron mal. Me dice que él come comida callejera y yo le cuento que comemos de todo, e incluso bebemos agua sin embotellar, pero con las samosas no puedo.
Paramos en Pathankot donde cogeremos el tren a Delhi. Nos despedimos de Leo que sale desde otra estación. La estación de tren y el tren están extrañamente vacíos.  Tratamos de dormir y me cuesta porque paso mucho frío. Llegamos a Delhi y es como volver a India. Entre Rishikesh y McLeod, habíamos estado alejados de la pura India. Hace más frío, me da la sensación de que hay menos gente y la veo más limpia. Todo me resulta más amable, hasta los conductores de tuc-tuc. Incluso negociar el precio del hotel nos resulta más fácil. 
 
Amigos en el tren de Pathankot.
Reencuentro con Ira

Compramos unos pasteles para la noche, que cenaremos con Ira y unos amigos. Nos recibe a las 19h en su casa. Y charlamos con ella un rato hasta que llegan sus amigos, una pareja formada por Ana (colombiana) y su marido Amit, que es de Delhi. Después se incorpora un compañero de piso de Ira, que está preparando el mismo examen que Ira. Me encanta escuchar a Ira cómo nos cuenta sobre la vida en India, cómo son las casas, cómo viven las familias. Es tan inteligente y resulta tan interesante todo lo que nos cuenta que ojalá pudiéramos pasar más tiempo con ella porque disfrutamos de su charla. 
Les contamos nuestra visita a la clínica tibetana, de cómo realizaba el diagnóstico, y nuestro encuentro con el japonés. Cómo nos leyó la mano y cuánto nos sorprendió. Ira me dice que ella también lee la mano desde hace 17 años.  Se la extiendo y me dice casi exactamente lo mismo que el japonés. Pero en este caso, tengo oportunidad de preguntarle en más detalle y me lo explica muy bien. Me habla sobre mi manera de ser.  Incluso me dice que estos días he estado más sensible. Me deja sin palabras. Hablamos sobre el futuro, cómo se construye sobre lo que ahora vivimos. Comentamos  cómo el viaje nos está cambiando y que lo mejor de viajar es la gente que te encuentras en el camino. Compartiendo mesa con cinco personas que nos hemos conocido hace poco y en tan buena armonía me siento afortunada por todo lo que el viaje nos está regalando. 


Resultaría gracioso vernos, pues durante la cena hablamos en inglés, español e hindi. Sobra decir que la cena es exquisita. A Ira también le gusta cocinar y quedamos en que cuando acabe su examen me pasará las recetas.
Ira está preparando uno de los exámenes más difíciles del mundo. Lo tiene en 15 días y se puede decir que es de todo. Nos enseña las decenas de libros y apuntes que tiene que estudiar: economía, física, medio ambiente, leyes, nuevas tecnologías, los últimos avances, y no sólo de India sino de todo el mundo! Me parece increíble que pueda retener todo eso en su cabeza. Ojeo el libro de medio ambiente y el temario es completísimo.
Nos despedimos deseando volver a vernos y sus amigos nos acompañan hasta la estación de metro. Son las 11h de la noche y sigue habiendo gente por el metro, por la calle. Cómo me gusta India.
Al día siguiente vamos a Jaipur. En el desayuno me como una pancake de chocolate a la salud de Miriam, como le prometí. Coincidimos con unos argentinos que llevan también tiempo viajando. Nos damos los datos de contacto y nos dicen que les llamemos cuando vayamos por allí. Es increíble la cantidad de viajeros que nos cruzamos, y todos de larga duración. El mundo parece pequeño. Ahora es cuando más estamos disfrutando de India, del viaje, de la vida. Nos damos cuenta que no sabemos en qué día vivimos, no nos regimos por un calendario, sólo a la hora de reservar el tren. Porque cada día es especial y lleno de sorpresas. 

Viaje en tren a Jaipur
El tren a Jaipur dura 6h, que finalmente son 7:30h. Sale a las 17:35h y se presenta como un viaje largo y aburrido. Pero nada más lejos de la realidad.
Durante el viaje pasan los Hare Krihsna vendiendo libros, el de las botellas de agua, el del té, uno con caramelos, otro con una caja de helados, otro que vende un revoltillo de lentejas secas a modo de snack, el de la sopa de tomate, otro con thali empaquetado (nuestra cena). Y se repiten en cada estación, gritando el nombre de lo que venden por los pasillos del tren.
Compartimos asiento con un matrimonio con un niño que tendrá un añico, pero es más majo y gracioso que me entretengo jugando con él. Otro chico que está en la litera de en frente empieza a hablar con Alex y le recomienda sitios para visitar en India. El niño de los asientos contiguos ve a Alex con el ipad y se sienta a observar. Alex le saluda y él le hace un saludo militar.  Le hago un cisne y casco guerrero de origami. Y orgulloso va a enseñárselo a sus padres. Tenemos a todos nuestros vecinos observando. 


De repente me acuerdo de las camisetas de la Federación de Peñas del Real Zaragoza, que le vendría bien de talla a este niño. Le pregunto tres veces pero no logro entender su nombre. Alex le pone la camiseta y se pone tan feliz que va corriendo a decírselo a sus padres. Luego vuelve de nuevo y nos dice “thank you”.  Sobre las 22h el niño pequeño se duerme con su padre y yo subo a la litera de arriba a descansar. Hablo desde el móvil con Joyce en Kuala Lumpur, Jose en Chile y Harjeet en India. Y oigo cómo Alex y el marido hablan sin parar sobre miles de cosas. Me dan ganas de bajar de lo interesante que parece. 

A la 1h de la mañana llegamos a la estación. En las escaleras nos acorralan varios conductores de tuc-tuc. Hablamos con un par de chicos jóvenes y les decimos la zona que queremos y un hotel barato. Nos reímos por el camino y nos quedamos en el primer hotel. Qué diferencia con la experiencia de Lucknow. Pero está claro que los que hemos cambiado somos nosotros y ahora empatizamos con todo el mundo. 
Antes de irnos, ya estamos echando de menos India.