Llevamos 10 días en India y voy entendiendo por qué éste es un país que fascina. A nosotros nos va enamorando poco a poco. No es un amor idílico, sino de los de verdad, esos en los que aceptas las virtudes y defectos del otro.
Sólo necesitas sentarte en una
esquina a observar la vida cotidiana y admirar todo lo que pasa alrededor. No
creo que haya un país más sorprenderte que India, bueno Japón compite por el
primer puesto.
Ahora, al releer esta entrada y
actualizarla con los dos últimos días puedo decir que hemos tenido de todo: 50%
amor y 50% odio.
Espiritualidad y turismo
Pasamos tres días en Varanasi, la
ciudad más espiritual de India. Aquí viene mucha gente a morir, queman sus
cuerpos y esparcen las cenizas en el sagrado río Ganges para finalizar el ciclo
de la reencarnación . Todos los días se celebran pujas (ofrendas) en diferentes
templos y a todas horas se oyen rezos por los altavoces de alguna celebración.
Por otro lado, es una ciudad muy
turística. Casi todos los turistas que visitan India vienen aquí, y se nota
porque los vendedores te preguntan “español? hola, qué tal? Cómo estás? De
dónde?”. Esto no me gusta. Hasta los
niños más pequeños que venden flores para las ofrendas se saben las cuatro palabras
en diferentes idiomas. Los conductores
de rickshaws y de tuc-tucs no te dejan ni a sol, ni a sombra. Alex y yo nos
proponemos ser lo más amables posibles. Es su trabajo, de acuerdo. A todos les
decimos “no, thank you” con nuestra mejor sonrisa. Muchos te entienden y te la
devuelven. A veces resulta agobiante cuando te pitan, giran, te cortan el paso
y te encuentras rodeado de tres o cuatro. No me puedo ni parar para hablar con
Alex. Entonces, soplo y respiro aire.
Para evitarlo, intentamos movernos en autobús siempre que podemos.
Por la noche, la ciudad se
muestra más tranquila. Paseamos junto al Ganges y nos sentamos en los
ghats, escalinatas que conducen desde los templos directamente al río;
vemos a familias y amigos sentados, charlando,
o paseando como nosotros y niños jugando con sus cometas.
Varanasi, la ciudad de las vacas
Si Calcuta era la ciudad de los
cuervos, Varanasi es la de las vacas. Algunas de un tamaño considerable, que
caminan por donde quieren y tienes que tratar de esquivarlas junto a motos, tuc-tus, autobuses, personas,
perros, coches y bicis. Porque aquí, por difícil que parezca, también hay
muchas bicis, que usan sobre todo los estudiantes. Y nos quejábamos del peligro
de ir con bici por Zaragoza! Esto sí que es peligroso. Sin embargo, parecen
armarse todos de paciencia e ir haciéndose hueco.
Lo que más me ha gustado de Varanasi
Lo que más me ha gustado de aquí
ha sido el paseo en barca por el Ganges y
los diferentes “grupos de personas” que te encuentras. Desde los más
normales como budistas, hinduistas de a pie o la minoría musulmana con sus chicas tapadas
enteras salvo los ojos (imagen curiosa cuando además van en bici), hasta los
más llamativos:
Sadhus o babas, con sus rastas y
telas naranjas que a menudo encuentras fumando. Llevan una vida ascética
alejada de todos los placeres de la vida. Aquí hablan de ellos Mirian y Fernán.
Los que llevan el pelo rapado y con
una pequeña coletilla, a modo de luto porque se ha muerto un familiar.
Y los que más admiración me
causan, los piratas del Caribe. Alex me dice que son de la región de
Rajastán, aunque tengo que investigar o
leer más sobre ellos para enterarme bien de qué se cuecen.
Si tuviese que elegir, me iría
con estos últimos sin pensarlo. Siempre van en grupete hablando y riéndose y
parece que se lo pasan muy bien. Son elegantes, vestidos todo de blanco, con su
turbante, sus ropajes con pliegues, su bigote
y algunos con unos aros enormes en las orejas.
El último día madrugamos para dar
un paseo en barca. Se lo prometimos a nuestro amigo las tres noches que nos
cruzamos con él. Nos dijo que nos espera, que nos acordásemos de su cara y como
se parece a Eddie Murphy Alex le reconoce enseguida. A primera hora de la mañana puedes ver como
la gente se baña en el río, lava la ropa y realiza el primer ritual religioso
de la mañana. Alex queda impactado al ver un bebé muerto flotando en el agua,
todavía con el cordón umbilical. Yo no quiero mirar. “It’s a boy”, nos dice Eddie.
El valor de lo sencillo
Aquí todo se arregla y eso es algo que echo
mucho de menos en España, donde el hábito de usar y tirar se ha instaurado. La
ropa y los zapatos se remiendan, los aparatos eléctricos se arreglan, cualquier
vehículo sigue funcionando hasta perder su último hálito de vida, y la
obsolescencia programada resultaría un insulto frente al empeño que se pone en
alargar la vida de cualquier objeto.
La gente hace vida en la calle y
los que tienen casa parece que hacen poca vida privada. No se aprecia el
individualismo sino que cualquier actividad diaria se comparte. Digamos que la
calle es como un inmenso bar al aire libre donde en lugar de cañas se toma chai
o simplemente aire fresco.
Visita a Sharnat
En estos días hemos hecho también
una escapada a Sarnaht, donde Buda dio su primer sermón. Es un lugar de
peregrinación del budismo y allí nos
sorprenden los rezos y sermones de sus peregrinos, indios, chinos o japoneses,
acompañados de flexiones que bien podrían formar parte de un entrenamiento de
cross fit.
Pero si el viaje se hace
divertido por todo lo que descubrimos, no lo sería tanto sin mi compañero de
viaje. Él me guía y me protege. Es mi guía en este viaje, a cambio de 24 horas
de compañía. Dormita en la litera de enfrente y le llora un ojo porque ahora es
él el que ha cogido catarro. Me gusta verle charlar amable con la gente de
aquí, se nota que disfruta y yo con él. Nos reímos, nos frustamos y nos
enfadamos dos minutos para reírnos de nuevo.
Hablamos mucho de la vida. Compartir el día entero con Alex alejados de
una rutina y vivir cada día tantas novedades es lo mejor del viaje. Porque como
dice Alexander Supertram “la felicidad sólo es real cuando se comparte.”
Próximo destino, Lucknow.
Hasta aquí fue lo que escribí el
otro día. El amor de India. Estos dos últimos días han sido el odio.
India, amarla u odiarla
Cogimos tren a Lucknow, ciudad a
mitad de camino de Delhi porque no había billetes hasta la capital. El trayecto
fue por la mañana, de 11 a 19h. Un poco pesado pero sin complicaciones.
Llegamos a Lucknow y nos empiezan a agobiar los conductores de rickshaw. Tal es
el agobio que tengo que tranquilizar a Alex porque por un momento pienso que va
a pegar a alguno que no para de darle golpecitos en el brazo. Todo el mundo nos
mira. Sale a socorrernos el dueño de una tienda de electrodomésticos para
echarlos. También un chico muy amable nos pregunta si puede ayudarnos.
Preguntamos en varios hoteles y no hay habitaciones, qué extraño. Llegamos a
uno que nos dice que no hay habitaciones para extranjeros, sólo en tres hoteles.
Esto es el colmo. Hartos decidimos dormir en la estación o coger el tren a
Delhi que sale en una hora, pero sólo quedan billetes en la clase heavy
metal, como le llama Carmen Teira. Decidido, huimos de esta ciudad que nos
ha tratado tan mal en heavy metal, es la clase en la que se va sentado sin
asientos asignados, todo el mundo apiñado y sin saber si tendremos sitio.
Comemos la segunda samosa del día
sentados en el suelo de la estación y observando cómo las ratas se entretienen
en el cubo de la basura.
Al llegar al tren no hay sitio en
heavy metal. Nos indican que vayamos a sleeper, resignados a dormir en el
descansillo junto a los baños. Unos cuantos se acercan a preguntarnos. Nos
dicen que el revisor igual nos encuentra un sitio, somos extranjeros y en este
caso parece ser un privilegio. El tren está abarrotado. Gente durmiendo en el
suelo, compartiendo literas. Cuantísima gente puede transportar este tren. Al
final viene el revisor, nos pone la multa pertinente por viajar en otra clase y
al cabo de un rato nos consigue una cama para los dos de la que previamente ha
despachado a chavalín que le toca dormir con su amigo. Le pedimos disculpas y
tratamos de dormir.
Por fin llegamos a Delhi. En ese
momento, como cabía esperar, la dos samosas que habían sido nuestro único
alimento del día hacen su trabajo y nos ponemos malos. Alex con diarrea y yo
vómitos y diarrea. Doblada en la calle echo la última papilla cuando un chico
viene a preguntarnos en español por qué lloro. Le digo que no lloro, que estoy
mala y nos pregunta si nos gusta India. Sin decirle de dónde somos nos cuenta
que estuvo trabajando en la Expo del agua en 2008. Me ofrece agua y medicinas.
Gente tan amable te cambia el humor. En el hotel también nos ofrecen ayuda.
Pasamos todo el día en el hotel
para recuperarnos y poder visitar la ciudad. Esperamos encontrarnos con Ira uno
de estos días.