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jueves, 6 de noviembre de 2014

India, amarla en Varanasi y odiarla en Lucknow


Llevamos 10 días en India y voy entendiendo por qué éste es un país que fascina. A nosotros nos va enamorando poco a poco. No es un amor idílico, sino de los de verdad, esos en los que aceptas las virtudes y defectos del otro.
Sólo necesitas sentarte en una esquina a observar la vida cotidiana y admirar todo lo que pasa alrededor. No creo que haya un país más sorprenderte que India, bueno Japón compite por el primer puesto.
Ahora, al releer esta entrada y actualizarla con los dos últimos días puedo decir que hemos tenido de todo: 50% amor y 50% odio.

Espiritualidad y turismo
Pasamos tres días en Varanasi, la ciudad más espiritual de India. Aquí viene mucha gente a morir, queman sus cuerpos y esparcen las cenizas en el sagrado río Ganges para finalizar el ciclo de la reencarnación . Todos los días se celebran pujas (ofrendas) en diferentes templos y a todas horas se oyen rezos por los altavoces de alguna celebración.



Por otro lado, es una ciudad muy turística. Casi todos los turistas que visitan India vienen aquí, y se nota porque los vendedores te preguntan “español? hola, qué tal? Cómo estás? De dónde?”. Esto no me gusta.  Hasta los niños más pequeños que venden flores para las ofrendas se saben las cuatro palabras en diferentes idiomas. Los conductores de rickshaws y de tuc-tucs no te dejan ni a sol, ni a sombra. Alex y yo nos proponemos ser lo más amables posibles. Es su trabajo, de acuerdo. A todos les decimos “no, thank you” con nuestra mejor sonrisa. Muchos te entienden y te la devuelven. A veces resulta agobiante cuando te pitan, giran, te cortan el paso y te encuentras rodeado de tres o cuatro. No me puedo ni parar para hablar con Alex. Entonces, soplo y respiro aire.  Para evitarlo, intentamos movernos en autobús siempre que podemos.
Por la noche, la ciudad se muestra  más tranquila.  Paseamos junto al Ganges y nos sentamos en los ghats, escalinatas que conducen desde los templos directamente al río; vemos  a familias y amigos sentados, charlando, o paseando como nosotros y niños jugando con sus cometas.



Varanasi, la ciudad de las vacas
Si Calcuta era la ciudad de los cuervos, Varanasi es la de las vacas. Algunas de un tamaño considerable, que caminan por donde quieren y tienes que tratar de esquivarlas  junto a motos, tuc-tus, autobuses, personas, perros, coches y bicis. Porque aquí, por difícil que parezca, también hay muchas bicis, que usan sobre todo los estudiantes. Y nos quejábamos del peligro de ir con bici por Zaragoza! Esto sí que es peligroso. Sin embargo, parecen armarse todos de paciencia e ir haciéndose hueco. 

Lo que más me ha gustado de Varanasi
Lo que más me ha gustado de aquí ha sido el paseo en barca por el Ganges y  los diferentes “grupos de personas” que te encuentras. Desde los más normales como budistas, hinduistas de a pie o  la minoría musulmana con sus chicas tapadas enteras salvo los ojos (imagen curiosa cuando además van en bici), hasta los más llamativos: 
Sadhus o babas, con sus rastas y telas naranjas que a menudo encuentras fumando. Llevan una vida ascética alejada de todos los placeres de la vida. Aquí hablan de ellos Mirian y Fernán.


Los que llevan el pelo rapado y con una pequeña coletilla, a modo de luto porque se ha muerto un familiar.

Y los que más admiración me causan, los piratas del Caribe. Alex me dice que son de la región de Rajastán,  aunque tengo que investigar o leer más sobre ellos para enterarme bien de qué se cuecen.
Si tuviese que elegir, me iría con estos últimos sin pensarlo. Siempre van en grupete hablando y riéndose y parece que se lo pasan muy bien. Son elegantes, vestidos todo de blanco, con su turbante, sus ropajes con pliegues, su bigote  y algunos con unos aros enormes en las orejas. 

El último día madrugamos para dar un paseo en barca. Se lo prometimos a nuestro amigo las tres noches que nos cruzamos con él. Nos dijo que nos espera, que nos acordásemos de su cara y como se parece a Eddie Murphy Alex le reconoce enseguida.  A primera hora de la mañana puedes ver como la gente se baña en el río, lava la ropa y realiza el primer ritual religioso de la mañana. Alex queda impactado al ver un bebé muerto flotando en el agua, todavía con el cordón umbilical. Yo no quiero mirar.  “It’s a boy”, nos dice Eddie.  


El valor de lo sencillo
 Aquí todo se arregla y eso es algo que echo mucho de menos en España, donde el hábito de usar y tirar se ha instaurado. La ropa y los zapatos se remiendan, los aparatos eléctricos se arreglan, cualquier vehículo sigue funcionando hasta perder su último hálito de vida, y la obsolescencia programada resultaría un insulto frente al empeño que se pone en alargar la vida de cualquier objeto.
La gente hace vida en la calle y los que tienen casa parece que hacen poca vida privada. No se aprecia el individualismo sino que cualquier actividad diaria se comparte. Digamos que la calle es como un inmenso bar al aire libre donde en lugar de cañas se toma chai o simplemente aire fresco. 


Visita a Sharnat
En estos días hemos hecho también una escapada a Sarnaht, donde Buda dio su primer sermón. Es un lugar de peregrinación del budismo y allí  nos sorprenden los rezos y sermones de sus peregrinos, indios, chinos o japoneses, acompañados de flexiones que bien podrían formar parte de un entrenamiento de cross fit.




Pero si el viaje se hace divertido por todo lo que descubrimos, no lo sería tanto sin mi compañero de viaje. Él me guía y me protege. Es mi guía en este viaje, a cambio de 24 horas de compañía. Dormita en la litera de enfrente y le llora un ojo porque ahora es él el que ha cogido catarro. Me gusta verle charlar amable con la gente de aquí, se nota que disfruta y yo con él. Nos reímos, nos frustamos y nos enfadamos dos minutos para reírnos de nuevo.  Hablamos mucho de la vida. Compartir el día entero con Alex alejados de una rutina y vivir cada día tantas novedades es lo mejor del viaje. Porque como dice Alexander Supertram “la felicidad sólo es real cuando se comparte.”

Próximo destino, Lucknow.
Hasta aquí fue lo que escribí el otro día. El amor de India. Estos dos últimos días han sido el odio.

India, amarla u odiarla
Cogimos tren a Lucknow, ciudad a mitad de camino de Delhi porque no había billetes hasta la capital. El trayecto fue por la mañana, de 11 a 19h. Un poco pesado pero sin complicaciones. Llegamos a Lucknow y nos empiezan a agobiar los conductores de rickshaw. Tal es el agobio que tengo que tranquilizar a Alex porque por un momento pienso que va a pegar a alguno que no para de darle golpecitos en el brazo. Todo el mundo nos mira. Sale a socorrernos el dueño de una tienda de electrodomésticos para echarlos. También un chico muy amable nos pregunta si puede ayudarnos. Preguntamos en varios hoteles y no hay habitaciones, qué extraño. Llegamos a uno que nos dice que no hay habitaciones para extranjeros, sólo en tres hoteles. Esto es el colmo. Hartos decidimos dormir en la estación o coger el tren a Delhi que sale en una hora, pero sólo quedan billetes en la clase heavy metal, como le llama Carmen Teira. Decidido, huimos de esta ciudad que nos ha tratado tan mal en heavy metal, es la clase en la que se va sentado sin asientos asignados, todo el mundo apiñado y sin saber si tendremos sitio.
Comemos la segunda samosa del día sentados en el suelo de la estación y observando cómo las ratas se entretienen en el cubo de la basura.
Al llegar al tren no hay sitio en heavy metal. Nos indican que vayamos a sleeper, resignados a dormir en el descansillo junto a los baños. Unos cuantos se acercan a preguntarnos. Nos dicen que el revisor igual nos encuentra un sitio, somos extranjeros y en este caso parece ser un privilegio. El tren está abarrotado. Gente durmiendo en el suelo, compartiendo literas. Cuantísima gente puede transportar este tren. Al final viene el revisor, nos pone la multa pertinente por viajar en otra clase y al cabo de un rato nos consigue una cama para los dos de la que previamente ha despachado a chavalín que le toca dormir con su amigo. Le pedimos disculpas y tratamos de dormir.

Por fin llegamos a Delhi. En ese momento, como cabía esperar, la dos samosas que habían sido nuestro único alimento del día hacen su trabajo y nos ponemos malos. Alex con diarrea y yo vómitos y diarrea. Doblada en la calle echo la última papilla cuando un chico viene a preguntarnos en español por qué lloro. Le digo que no lloro, que estoy mala y nos pregunta si nos gusta India. Sin decirle de dónde somos nos cuenta que estuvo trabajando en la Expo del agua en 2008. Me ofrece agua y medicinas. Gente tan amable te cambia el humor. En el hotel también nos ofrecen ayuda.
Pasamos todo el día en el hotel para recuperarnos y poder visitar la ciudad. Esperamos encontrarnos con Ira uno de estos días.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Lecciones en India


Último día en Calcuta

Madrugamos por la mañana y podemos ver como muchos hombres, ataviados con una tela de cuadros a modo de faldín y una jarrita se dirigen a los surtidores colectivos para bañarse, lavarse los dientes y asearse en general. Otros se cortan el pelo en la calle. La inmensa mayoría son pobres, pero tienen su día a día con su pequeño puesto de venta de lo que sea para ganarse unas rupias que gastarán para comer. Alex y yo reflexionamos sobre el futuro de estas personas. Sin embargo, hay otros aún más pobres, lisiados, niños, muchos niños que viven y duermen en la calle. Con un presente y un futuro muy duros.
Visitamos la congregación de la Madre Teresa de Calcuta, en un edificio donde cada monja parece tener su función, todo limpio y preparado. Vemos la exposición sobre su vida y Alex y yo nos emocionamos. Si no conociésemos el escenario donde vivió y trabajó quizás no nos hubiese llegado tanto, pero viendo las personas que habitan Calcuta aún me parece más impresionante todo lo que hizo. 

Al medio día cogemos un bus para visitar un templo en Belur Math. Llegamos a las 12:30 y está cerrado hasta las 15:30. Parece que hoy no nos hemos levantado con buen pie. Nos volvemos, para ir a la estación con tiempo. En el trayecto de ida y de vuelta en bus vuelvo a ver más suciedad y miseria. Veo a un hombre doblado sacando la basura sólida estancada en una cloaca, hombres meando en cualquier sitio, tirando más y más basura al suelo, parecen resignados a convivir con la porquería. Esta vez me emocionan más esas imágenes de dejadez. Me recuerdan a los personajes de Ensayo sobre la ceguera.

Odisea en la estación de tren
El día anterior reservamos el billete de tren para Varanasi. Leemos que al menos hay que reservarlo con dos días de antelación para asegurarte plaza porque mucha se gente se mueve en tren por India y es temporada alta. Al momento de comprar los billetes sólo quedan unos llamados tatkal que son billetes que sacan para ampliar plazas un poco más caros. Al completar la compra nos indica que estamos en lista de espera 2 y 3. Seguro que conseguimos plaza. Llegamos a la estación a las 17:20h y preguntamos. Nos indican dónde ir. El funcionario de turno nos dice que esperemos un poco. Avanzamos un puesto en la lista, waiting list 1 y 2. Dos plazas de baja y entramos. Comprobamos cada poco en una máquina el estado de nuestros billetes. Pasa una hora y media y seguimos igual. Nos empezamos a poner nerviosos. La gente no para de mirarnos y preguntarse qué hacemos ahí tirados con las mochilas esperando. Un policía que nos observa desde hace un tiempo viene a hablar con nosotros. Nos pregunta qué vamos a hacer y le decimos que esperar. Nos dice que nuestros billetes ya no valen y tenemos que comprar otros. ¿Por qué? ¿No caben dos personas más? No tenemos plaza en el tren de las 20h y tendremos que esperar a ver si hay plaza en el siguiente de las 23:55h. No podemos creerlo. Yo sospecho del policía y le digo a Alex que igual trata de engañarnos para pedirnos dinero. Al final la desconfianza te lleva a dudar de todos. Pero este policía se parece a Andrés, sonríe y anda como él y hasta se parece en el nombre, Umesh. No puede ser mala persona.
Nos rellena el papel de reserva, nos acompaña al lugar donde tendremos que presentar el papel para comprar los billetes. Le pregunta al funcionario. No hay plazas para el segundo tren. Nos explica que esperemos hasta las 20h que se va el primer tren para pedir plaza en el de las 23:55h. Se asegura que le hemos entendido bien y se despide de nosotros con su sonrisa. Me arrepiento de haber desconfiado de él. Otros indios también tratan de ayudarnos en nuestra espera.

Lección 1: paciencia
Algo tenemos que hacer. Tenemos que entrar en el tren de las 20h. Preguntamos en la ventanilla que nos indicó Umesh. Hay cuatro ventanillas de la 69 a la 72. Preguntamos en una y nos manda a la otra, y así hasta pasar por las cuatro. Mientras tanto decenas de indios con prisas se me cuelan en la fila y me cabreo. Los funcionarios no me hacen ni caso y atienden a los otros indios hombres, porque ahí no hay ninguna mujer, por supuesto. Empiezo a quejarme en español y empujar como ellos para nada. Alex insiste en que seguro que si vamos al tren nos hacen hueco aunque sea en el suelo. Pero no tenemos billete y me da miedo tener luego problemas. Cientos de personas que hacen fila para subir al tren, allí no cabe ni un alfiler. Alex intenta hablar con algún encargado del tren y darle pena. Yo le espero sentada en el suelo. Viene a las 19:55h que coja mi mochila y vaya con él. Corremos. Hablamos con un guardia. Nos dice que vayamos a los vagones de sleeper y hablemos con el encargado, que corramos!!. Pero cuántos vagones tiene este tren!! Corremos y el tren empieza ponerse en marcha, con puntualidad inglesa. Entonces me entra el lloriqueo. No tenemos tren y si no tenemos plaza en el siguiente, mañana estaremos en las mismas, sin reserva. Yo quiero ir a Varanasi. Con los ojos llorosos acudo a la ventanilla donde nos indicó Umesh. Esta vez el funcionario se apida de mí y les dice a los que están delante que me dejen pasar. Ya lo dice el refrán, el que no llora no mama. Tenemos plaza en sleeper, tal y como nos había Umesh. Si le hubiésemos hecho caso desde el principio y esperado pacientemente a las 20h, hubiésemos conseguido lo mismo sin cabreos, tensiones y nervios. 

Lección 2: cura de humildad
Bieeen! Estamos contentos. Vamos a cenar.  Y entonces.. empiezo a llorar, esta vez de verdad. Todas las imágenes y emociones se agolpan en mi mente: el niño que me daba toquecitos en el pierna diciéndome “didi, didi” para que le comprase algo mientras su madre le preparaba un plástico en el suelo donde dormir con su hermano más pequeño; personas cubiertas por completo de suciedad con el pelo encrespado y anudado que deambulan por la calle con la mirada perdida, sin destino y con el único futuro de vivir un día más; la pareja de ancianos que pide limosna sujetando una tela verde donde recogen las monedas; gente que duerme en la calle acurrucada; lisiados sin piernas, sin brazos que te llaman con una campanita, ciegos que piden limosna cantando y lo indiferente que he permanecido ante ellos. Me doy cuenta que una cama es un bien que muchas de estas personas jamás conocerán (hasta los empleados del hotel duermen en el suelo), ni saben lo que es ropa limpia o alguien que se preocupe por ti. Y ante la mirada curiosa y asombrada de indios de clase media que cenan a nuestro lado, lloro por lo afortunada que soy y por las desgracias de este país. India me ha tocado muy hondo.
De todo esto no hay fotos.

Espera en la estación
La estación es como otra ciudad. No deja de pasar gente de un lado para otro, corriendo, cargados de paquetes.  La mayoría espera en el suelo tumbados, sobre periódicos o telas extendidas. Comen, duermen y hacen corros en grupos familiares. Nos entretenemos viendo a unos y otros.
Al subir al tren después de tantas horas todo me parece mejor de lo esperado. En nuestro vagón, filas de literas de tres alturas se disponen unas frente a otras de manera horizontal a la marcha del tren y una fila en la otra pared de manera vertical. Tenemos litera baja y media porque se la cambiamos a unos estudiantes para que estuviesenn todos juntos. Dormimos en las de abajo hasta que a las cinco de la mañana viene una familia y me muevo a mi sitio. De todos los trenes en los que he dormido (Tailandia, Malasia y Portugal), este es el que más cómodo me resulta. A las 8:30h nos despertamos. Bajamos mi litera que hace de respaldo y la litera de abajo de asiento. Nos sentamos. 

Lección tres: el valor de la familia
La familia que nos acompaña nos observa. Parecen ser tres hermanos (dos mujeres y un chico) con el padre y la madre más mayor. No paran de comer. Nos invitan a mandarinas y a un desayuno muy dulce y rico. Al rato, más fruta.  Al terminar me dicen que tire el platito por la ventana pero lo guardo en una blosa de plástico. Les hace gracia. Por mucha basura que haya en la calle no quiero contribuir a aumentarla, y como en Japón (en las antípodas de la limpieza con India), tenemos que guardarla en las manos durante mucho tiempo hasta que encontramos una papelera. Son muy amables con nosotros. La madre no para de dormir y comer, se sorprende de que nosotros no comamos. Todos cuidan de ella y se cuidan entre ellos. La familia aquí es muy importante y se mueven juntos como un bloque indivisible. Familia que viaja unida y permanece unida. Me acuerdo de la nuestra.
Tras catorce horas de trayecto, por fin llegamos a Varanasi.