jueves, 6 de noviembre de 2014

India, amarla en Varanasi y odiarla en Lucknow


Llevamos 10 días en India y voy entendiendo por qué éste es un país que fascina. A nosotros nos va enamorando poco a poco. No es un amor idílico, sino de los de verdad, esos en los que aceptas las virtudes y defectos del otro.
Sólo necesitas sentarte en una esquina a observar la vida cotidiana y admirar todo lo que pasa alrededor. No creo que haya un país más sorprenderte que India, bueno Japón compite por el primer puesto.
Ahora, al releer esta entrada y actualizarla con los dos últimos días puedo decir que hemos tenido de todo: 50% amor y 50% odio.

Espiritualidad y turismo
Pasamos tres días en Varanasi, la ciudad más espiritual de India. Aquí viene mucha gente a morir, queman sus cuerpos y esparcen las cenizas en el sagrado río Ganges para finalizar el ciclo de la reencarnación . Todos los días se celebran pujas (ofrendas) en diferentes templos y a todas horas se oyen rezos por los altavoces de alguna celebración.



Por otro lado, es una ciudad muy turística. Casi todos los turistas que visitan India vienen aquí, y se nota porque los vendedores te preguntan “español? hola, qué tal? Cómo estás? De dónde?”. Esto no me gusta.  Hasta los niños más pequeños que venden flores para las ofrendas se saben las cuatro palabras en diferentes idiomas. Los conductores de rickshaws y de tuc-tucs no te dejan ni a sol, ni a sombra. Alex y yo nos proponemos ser lo más amables posibles. Es su trabajo, de acuerdo. A todos les decimos “no, thank you” con nuestra mejor sonrisa. Muchos te entienden y te la devuelven. A veces resulta agobiante cuando te pitan, giran, te cortan el paso y te encuentras rodeado de tres o cuatro. No me puedo ni parar para hablar con Alex. Entonces, soplo y respiro aire.  Para evitarlo, intentamos movernos en autobús siempre que podemos.
Por la noche, la ciudad se muestra  más tranquila.  Paseamos junto al Ganges y nos sentamos en los ghats, escalinatas que conducen desde los templos directamente al río; vemos  a familias y amigos sentados, charlando, o paseando como nosotros y niños jugando con sus cometas.



Varanasi, la ciudad de las vacas
Si Calcuta era la ciudad de los cuervos, Varanasi es la de las vacas. Algunas de un tamaño considerable, que caminan por donde quieren y tienes que tratar de esquivarlas  junto a motos, tuc-tus, autobuses, personas, perros, coches y bicis. Porque aquí, por difícil que parezca, también hay muchas bicis, que usan sobre todo los estudiantes. Y nos quejábamos del peligro de ir con bici por Zaragoza! Esto sí que es peligroso. Sin embargo, parecen armarse todos de paciencia e ir haciéndose hueco. 

Lo que más me ha gustado de Varanasi
Lo que más me ha gustado de aquí ha sido el paseo en barca por el Ganges y  los diferentes “grupos de personas” que te encuentras. Desde los más normales como budistas, hinduistas de a pie o  la minoría musulmana con sus chicas tapadas enteras salvo los ojos (imagen curiosa cuando además van en bici), hasta los más llamativos: 
Sadhus o babas, con sus rastas y telas naranjas que a menudo encuentras fumando. Llevan una vida ascética alejada de todos los placeres de la vida. Aquí hablan de ellos Mirian y Fernán.


Los que llevan el pelo rapado y con una pequeña coletilla, a modo de luto porque se ha muerto un familiar.

Y los que más admiración me causan, los piratas del Caribe. Alex me dice que son de la región de Rajastán,  aunque tengo que investigar o leer más sobre ellos para enterarme bien de qué se cuecen.
Si tuviese que elegir, me iría con estos últimos sin pensarlo. Siempre van en grupete hablando y riéndose y parece que se lo pasan muy bien. Son elegantes, vestidos todo de blanco, con su turbante, sus ropajes con pliegues, su bigote  y algunos con unos aros enormes en las orejas. 

El último día madrugamos para dar un paseo en barca. Se lo prometimos a nuestro amigo las tres noches que nos cruzamos con él. Nos dijo que nos espera, que nos acordásemos de su cara y como se parece a Eddie Murphy Alex le reconoce enseguida.  A primera hora de la mañana puedes ver como la gente se baña en el río, lava la ropa y realiza el primer ritual religioso de la mañana. Alex queda impactado al ver un bebé muerto flotando en el agua, todavía con el cordón umbilical. Yo no quiero mirar.  “It’s a boy”, nos dice Eddie.  


El valor de lo sencillo
 Aquí todo se arregla y eso es algo que echo mucho de menos en España, donde el hábito de usar y tirar se ha instaurado. La ropa y los zapatos se remiendan, los aparatos eléctricos se arreglan, cualquier vehículo sigue funcionando hasta perder su último hálito de vida, y la obsolescencia programada resultaría un insulto frente al empeño que se pone en alargar la vida de cualquier objeto.
La gente hace vida en la calle y los que tienen casa parece que hacen poca vida privada. No se aprecia el individualismo sino que cualquier actividad diaria se comparte. Digamos que la calle es como un inmenso bar al aire libre donde en lugar de cañas se toma chai o simplemente aire fresco. 


Visita a Sharnat
En estos días hemos hecho también una escapada a Sarnaht, donde Buda dio su primer sermón. Es un lugar de peregrinación del budismo y allí  nos sorprenden los rezos y sermones de sus peregrinos, indios, chinos o japoneses, acompañados de flexiones que bien podrían formar parte de un entrenamiento de cross fit.




Pero si el viaje se hace divertido por todo lo que descubrimos, no lo sería tanto sin mi compañero de viaje. Él me guía y me protege. Es mi guía en este viaje, a cambio de 24 horas de compañía. Dormita en la litera de enfrente y le llora un ojo porque ahora es él el que ha cogido catarro. Me gusta verle charlar amable con la gente de aquí, se nota que disfruta y yo con él. Nos reímos, nos frustamos y nos enfadamos dos minutos para reírnos de nuevo.  Hablamos mucho de la vida. Compartir el día entero con Alex alejados de una rutina y vivir cada día tantas novedades es lo mejor del viaje. Porque como dice Alexander Supertram “la felicidad sólo es real cuando se comparte.”

Próximo destino, Lucknow.
Hasta aquí fue lo que escribí el otro día. El amor de India. Estos dos últimos días han sido el odio.

India, amarla u odiarla
Cogimos tren a Lucknow, ciudad a mitad de camino de Delhi porque no había billetes hasta la capital. El trayecto fue por la mañana, de 11 a 19h. Un poco pesado pero sin complicaciones. Llegamos a Lucknow y nos empiezan a agobiar los conductores de rickshaw. Tal es el agobio que tengo que tranquilizar a Alex porque por un momento pienso que va a pegar a alguno que no para de darle golpecitos en el brazo. Todo el mundo nos mira. Sale a socorrernos el dueño de una tienda de electrodomésticos para echarlos. También un chico muy amable nos pregunta si puede ayudarnos. Preguntamos en varios hoteles y no hay habitaciones, qué extraño. Llegamos a uno que nos dice que no hay habitaciones para extranjeros, sólo en tres hoteles. Esto es el colmo. Hartos decidimos dormir en la estación o coger el tren a Delhi que sale en una hora, pero sólo quedan billetes en la clase heavy metal, como le llama Carmen Teira. Decidido, huimos de esta ciudad que nos ha tratado tan mal en heavy metal, es la clase en la que se va sentado sin asientos asignados, todo el mundo apiñado y sin saber si tendremos sitio.
Comemos la segunda samosa del día sentados en el suelo de la estación y observando cómo las ratas se entretienen en el cubo de la basura.
Al llegar al tren no hay sitio en heavy metal. Nos indican que vayamos a sleeper, resignados a dormir en el descansillo junto a los baños. Unos cuantos se acercan a preguntarnos. Nos dicen que el revisor igual nos encuentra un sitio, somos extranjeros y en este caso parece ser un privilegio. El tren está abarrotado. Gente durmiendo en el suelo, compartiendo literas. Cuantísima gente puede transportar este tren. Al final viene el revisor, nos pone la multa pertinente por viajar en otra clase y al cabo de un rato nos consigue una cama para los dos de la que previamente ha despachado a chavalín que le toca dormir con su amigo. Le pedimos disculpas y tratamos de dormir.

Por fin llegamos a Delhi. En ese momento, como cabía esperar, la dos samosas que habían sido nuestro único alimento del día hacen su trabajo y nos ponemos malos. Alex con diarrea y yo vómitos y diarrea. Doblada en la calle echo la última papilla cuando un chico viene a preguntarnos en español por qué lloro. Le digo que no lloro, que estoy mala y nos pregunta si nos gusta India. Sin decirle de dónde somos nos cuenta que estuvo trabajando en la Expo del agua en 2008. Me ofrece agua y medicinas. Gente tan amable te cambia el humor. En el hotel también nos ofrecen ayuda.
Pasamos todo el día en el hotel para recuperarnos y poder visitar la ciudad. Esperamos encontrarnos con Ira uno de estos días.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Lecciones en India


Último día en Calcuta

Madrugamos por la mañana y podemos ver como muchos hombres, ataviados con una tela de cuadros a modo de faldín y una jarrita se dirigen a los surtidores colectivos para bañarse, lavarse los dientes y asearse en general. Otros se cortan el pelo en la calle. La inmensa mayoría son pobres, pero tienen su día a día con su pequeño puesto de venta de lo que sea para ganarse unas rupias que gastarán para comer. Alex y yo reflexionamos sobre el futuro de estas personas. Sin embargo, hay otros aún más pobres, lisiados, niños, muchos niños que viven y duermen en la calle. Con un presente y un futuro muy duros.
Visitamos la congregación de la Madre Teresa de Calcuta, en un edificio donde cada monja parece tener su función, todo limpio y preparado. Vemos la exposición sobre su vida y Alex y yo nos emocionamos. Si no conociésemos el escenario donde vivió y trabajó quizás no nos hubiese llegado tanto, pero viendo las personas que habitan Calcuta aún me parece más impresionante todo lo que hizo. 

Al medio día cogemos un bus para visitar un templo en Belur Math. Llegamos a las 12:30 y está cerrado hasta las 15:30. Parece que hoy no nos hemos levantado con buen pie. Nos volvemos, para ir a la estación con tiempo. En el trayecto de ida y de vuelta en bus vuelvo a ver más suciedad y miseria. Veo a un hombre doblado sacando la basura sólida estancada en una cloaca, hombres meando en cualquier sitio, tirando más y más basura al suelo, parecen resignados a convivir con la porquería. Esta vez me emocionan más esas imágenes de dejadez. Me recuerdan a los personajes de Ensayo sobre la ceguera.

Odisea en la estación de tren
El día anterior reservamos el billete de tren para Varanasi. Leemos que al menos hay que reservarlo con dos días de antelación para asegurarte plaza porque mucha se gente se mueve en tren por India y es temporada alta. Al momento de comprar los billetes sólo quedan unos llamados tatkal que son billetes que sacan para ampliar plazas un poco más caros. Al completar la compra nos indica que estamos en lista de espera 2 y 3. Seguro que conseguimos plaza. Llegamos a la estación a las 17:20h y preguntamos. Nos indican dónde ir. El funcionario de turno nos dice que esperemos un poco. Avanzamos un puesto en la lista, waiting list 1 y 2. Dos plazas de baja y entramos. Comprobamos cada poco en una máquina el estado de nuestros billetes. Pasa una hora y media y seguimos igual. Nos empezamos a poner nerviosos. La gente no para de mirarnos y preguntarse qué hacemos ahí tirados con las mochilas esperando. Un policía que nos observa desde hace un tiempo viene a hablar con nosotros. Nos pregunta qué vamos a hacer y le decimos que esperar. Nos dice que nuestros billetes ya no valen y tenemos que comprar otros. ¿Por qué? ¿No caben dos personas más? No tenemos plaza en el tren de las 20h y tendremos que esperar a ver si hay plaza en el siguiente de las 23:55h. No podemos creerlo. Yo sospecho del policía y le digo a Alex que igual trata de engañarnos para pedirnos dinero. Al final la desconfianza te lleva a dudar de todos. Pero este policía se parece a Andrés, sonríe y anda como él y hasta se parece en el nombre, Umesh. No puede ser mala persona.
Nos rellena el papel de reserva, nos acompaña al lugar donde tendremos que presentar el papel para comprar los billetes. Le pregunta al funcionario. No hay plazas para el segundo tren. Nos explica que esperemos hasta las 20h que se va el primer tren para pedir plaza en el de las 23:55h. Se asegura que le hemos entendido bien y se despide de nosotros con su sonrisa. Me arrepiento de haber desconfiado de él. Otros indios también tratan de ayudarnos en nuestra espera.

Lección 1: paciencia
Algo tenemos que hacer. Tenemos que entrar en el tren de las 20h. Preguntamos en la ventanilla que nos indicó Umesh. Hay cuatro ventanillas de la 69 a la 72. Preguntamos en una y nos manda a la otra, y así hasta pasar por las cuatro. Mientras tanto decenas de indios con prisas se me cuelan en la fila y me cabreo. Los funcionarios no me hacen ni caso y atienden a los otros indios hombres, porque ahí no hay ninguna mujer, por supuesto. Empiezo a quejarme en español y empujar como ellos para nada. Alex insiste en que seguro que si vamos al tren nos hacen hueco aunque sea en el suelo. Pero no tenemos billete y me da miedo tener luego problemas. Cientos de personas que hacen fila para subir al tren, allí no cabe ni un alfiler. Alex intenta hablar con algún encargado del tren y darle pena. Yo le espero sentada en el suelo. Viene a las 19:55h que coja mi mochila y vaya con él. Corremos. Hablamos con un guardia. Nos dice que vayamos a los vagones de sleeper y hablemos con el encargado, que corramos!!. Pero cuántos vagones tiene este tren!! Corremos y el tren empieza ponerse en marcha, con puntualidad inglesa. Entonces me entra el lloriqueo. No tenemos tren y si no tenemos plaza en el siguiente, mañana estaremos en las mismas, sin reserva. Yo quiero ir a Varanasi. Con los ojos llorosos acudo a la ventanilla donde nos indicó Umesh. Esta vez el funcionario se apida de mí y les dice a los que están delante que me dejen pasar. Ya lo dice el refrán, el que no llora no mama. Tenemos plaza en sleeper, tal y como nos había Umesh. Si le hubiésemos hecho caso desde el principio y esperado pacientemente a las 20h, hubiésemos conseguido lo mismo sin cabreos, tensiones y nervios. 

Lección 2: cura de humildad
Bieeen! Estamos contentos. Vamos a cenar.  Y entonces.. empiezo a llorar, esta vez de verdad. Todas las imágenes y emociones se agolpan en mi mente: el niño que me daba toquecitos en el pierna diciéndome “didi, didi” para que le comprase algo mientras su madre le preparaba un plástico en el suelo donde dormir con su hermano más pequeño; personas cubiertas por completo de suciedad con el pelo encrespado y anudado que deambulan por la calle con la mirada perdida, sin destino y con el único futuro de vivir un día más; la pareja de ancianos que pide limosna sujetando una tela verde donde recogen las monedas; gente que duerme en la calle acurrucada; lisiados sin piernas, sin brazos que te llaman con una campanita, ciegos que piden limosna cantando y lo indiferente que he permanecido ante ellos. Me doy cuenta que una cama es un bien que muchas de estas personas jamás conocerán (hasta los empleados del hotel duermen en el suelo), ni saben lo que es ropa limpia o alguien que se preocupe por ti. Y ante la mirada curiosa y asombrada de indios de clase media que cenan a nuestro lado, lloro por lo afortunada que soy y por las desgracias de este país. India me ha tocado muy hondo.
De todo esto no hay fotos.

Espera en la estación
La estación es como otra ciudad. No deja de pasar gente de un lado para otro, corriendo, cargados de paquetes.  La mayoría espera en el suelo tumbados, sobre periódicos o telas extendidas. Comen, duermen y hacen corros en grupos familiares. Nos entretenemos viendo a unos y otros.
Al subir al tren después de tantas horas todo me parece mejor de lo esperado. En nuestro vagón, filas de literas de tres alturas se disponen unas frente a otras de manera horizontal a la marcha del tren y una fila en la otra pared de manera vertical. Tenemos litera baja y media porque se la cambiamos a unos estudiantes para que estuviesenn todos juntos. Dormimos en las de abajo hasta que a las cinco de la mañana viene una familia y me muevo a mi sitio. De todos los trenes en los que he dormido (Tailandia, Malasia y Portugal), este es el que más cómodo me resulta. A las 8:30h nos despertamos. Bajamos mi litera que hace de respaldo y la litera de abajo de asiento. Nos sentamos. 

Lección tres: el valor de la familia
La familia que nos acompaña nos observa. Parecen ser tres hermanos (dos mujeres y un chico) con el padre y la madre más mayor. No paran de comer. Nos invitan a mandarinas y a un desayuno muy dulce y rico. Al rato, más fruta.  Al terminar me dicen que tire el platito por la ventana pero lo guardo en una blosa de plástico. Les hace gracia. Por mucha basura que haya en la calle no quiero contribuir a aumentarla, y como en Japón (en las antípodas de la limpieza con India), tenemos que guardarla en las manos durante mucho tiempo hasta que encontramos una papelera. Son muy amables con nosotros. La madre no para de dormir y comer, se sorprende de que nosotros no comamos. Todos cuidan de ella y se cuidan entre ellos. La familia aquí es muy importante y se mueven juntos como un bloque indivisible. Familia que viaja unida y permanece unida. Me acuerdo de la nuestra.
Tras catorce horas de trayecto, por fin llegamos a Varanasi.

domingo, 2 de noviembre de 2014

India, otro mundo



Tenía una entrada preparada hace unos días que no pude publicar por no disponer de wifi. Aunque sea antigua la comparto, sobre todo porque al releerla me resulta interesante el cambio de emociones e impresiones sufridas en India.

Despedida de Nepal

El último día en Nepal nos alojamos en un hotelito apartado del bullicio, que resulta ser el más limpio, cómodo y económico. Vamos a recoger el pasaporte con el visado de India, y por la tarde-noche quedamos a cenar con nuestras amigas italianas; me sorprendo hablando con Valentina en inglés con bastante fluidez. Son las ganas de contarle todo lo que nos ha pasado estos días. Nos invitan a la cena y nosotros al café, pero quedamos pendientes de su visita a Zaragoza.  A las 22:30h de la noche Kathmandú duerme y tenemos que guiarnos con un frontal por sus calles. Los cortes de luz son habituales y no me gusta la oscuridad. A pesar de la suciedad, de la contaminación y del ruido, le he cogido cariño a esta gente que resulta agradable y pacífica y a este país en el que he vivido experiencias tan gratificantes. Nos despedimos de Nepal con pena. 

Vuelo a Calcuta
Volamos a Calcuta con Air India. Se trata de un vuelo de una hora; nos quedamos sorprendidos cuando nos reparten la comida (Hay que pagarla? No, es gratis!!). Al final del vuelo un “sobrecargo” recorre el avión con un ambientador apuntando al techo  esparciendo el aroma hasta que se acaba. Cómo me gusta analizar las peculiaridades de cada compañía. Sin embargo, lo más curioso se produce antes de subir al avión. Pasamos tres controles de seguridad con el equipaje de mano y tres toqueteos de cuerpo. En cada control la persona que realiza el cacheo firma en nuestro boarding pass. Somos como un producto sometido a estrictos controles de calidad del que se comprueba que tetas y culo (porque es lo que más tocan) están en su sitio; todo correcto, pasajero de acuerdo a los estándares establecidos, nos estampan el sello de calidad y al avión. 

La llegada a India fue un poco problemática. No teníamos hotel reservado en Calcuta y llegábamos ya de noche, por lo que nos preocupaba empezar a buscar con la mochila y a oscuras en una ciudad que desconocíamos. El primer problema en el aeropuerto; no funciona el cajero para sacar dinero. Angustia. Tras varios intentos en varios cajeros por fin lo conseguimos. Cogemos un taxi de prepago para que nos lleve a la zona donde se concentran los hoteles baratos. En el trayecto en taxi me relajo porque hay luz, mucha luz. Acostumbrada a la oscuridad de Nepal, pensaba que no veríamos nada. Y hay semáforos, cruces, aceras y centros comerciales! Aquí hay de todo. Y hay gente, mucha gente en la calle y mucha vida. Me gusta. 

El difícil trabajo de encontrar alojamiento en Calcuta
Llegada a nuestro destino: Sundeer Street.  Comienza el peregrinaje con las dos mochilas en busca de hotel, como para pasar desapercibidos. Se acercan los primeros “comisionistas” a ofrecernos hotel, “no, no, thank you”. En ese momento aparece en nuestras vidas Fernandito. ¿Quién es Fernandito? Ese que dice el refrán “eres más pesado que Fernandito, que se comió un tocino a besos y aún lo seguía besando”. Se nos pega como una lapa y no se separa. Miramos siete o diez o doce, he perdido la cuenta. Y Fernandito al lado de Alex. Tratamos de darle esquinazo y Fernandito que se las sabe todas no nos pierde de vista. Cansada ya le digo que por favor queremos caminar solos, entonces se aleja un par de metros de distancia, pero sigue ahí. Al final, entramos en uno que para suerte de Fernandito también está en su cartera de clientes. No es una maravilla pero para una noche puede pasar. Mañana será otro día. Una ducha y una pequeña vuelta para ver la primera impresión de India.

Primera impresión de Calcuta 

Humedad y calor, y estamos en invierno! Gente, mucha gente en la calle. Notamos los primeros olores a pis procedentes de los urinarios públicos. En Nepal esto no pasaba. Había suciedad y polvo, pero no olores desagradables. Hay muchos puestos callejeros que son permanentes porque sus dueños literalmente viven allí, en la calle. Preparan la comida en la calle, tienden la ropa y se bañan en los surtidores de agua. En Nepal había pobreza, pero aquí vemos más miseria, que se hace más notoria en contraste con la clase media adinerada.  Es de noche y tampoco me impresiona. ¿Me estaré volviendo una insensible? Me fijo más en la ciudad que en su gente. Después tendré ocasión de profundizar más en las personas.
Al día siguiente, vuelta a buscar hotel. Muchos hoteles llenos, otros indescriptibles y aún así caros. Es fiesta en Calcuta y hay mucho turista indio, pocos occidentales. Entre todos, encontramos uno que está muy bien! Negociamos para quedarnos dos noches. Me doy cuenta de que a estos indios no les gusta hacer negocios con mujeres, y que siempre se dirigen a Alex. Así que a partir de ahora yo haré de apuntador y Alex a negociar. Es un pequeño lujo para nuestro presupuesto pero es lo mejor que encontramos relación calidad-precio. Me gusta el edificio pintado de rosa y tenemos un montacargas como el de la película Origen, que nos transporta a la tercera capa del sueño para descubrir lo que nos depara Calcuta. Ya sólo por eso merece la pena. Pareces retroceder en el tiempo con estos dos peculiares señores que viven allí. 

De día Calcuta tiene otro color. Me gustan los taxis de aquí y los tuc-tucs, le dan un encanto especial en todo esa jauría de vehículos desordenados que compiten entre pitidos a ir más rápido. Los policías con su traje blanco. Aún se puede adivinar la majestuosidad que Calcuta tuvo en otro tiempo, con edificios grandes y elegantes. Otros, son sombra de lo que fueron ennegrecidos y decadentes, casi destruidos y muchos invadidos por la propia suciedad y pobreza de la cuidad, fiel reflejo de sus habitantes.

Remansos de paz y festival de Calcuta
Visitamos la catedral de Saint Paul, donde una pareja india nos cuenta que quieren casarse allí y nos preguntan qué tienen que hacer; como si nosotros lo supiésemos.  Paseamos largo rato por los jardines del Reina Victoria, y descansamos en un banco a la sombra del calor y del ruido de la ciudad.  Hay muchos turistas indios y parejas de jóvenes que vienen a festejar tímidamente, algunos ocultos tras un paraguas. El escenario no puede ser más idílico. Alex se convierte en Forrest Gump pero sin su caja de bombones; a su lado en el banco se  sienta un indio para charlar con él, le dice que es guapo, al cabo de un rato otros tres. Fotos, fotos. Esta es la fama que nos habían contado Miriam y Fernán.  




 Los indios son muy curiosos, nos miran fijamente y no les importa girar el cuello 180º para no perderse detalle de nosotros; la mayoría nos sonríen si les miras o te preguntan (bueno, a Alex). Son bastante machistas con respecto a sus vecinos nepalís y algunos gastan un genio fino. Menudas discusiones y gritos. También seremos partícipes de esto más adelante.
Por la tarde oímos tambores. Un grupo de personas cruza la calle. La policía les da preferencia. Debe ser algo importante. Los hombres tocan un tamborcillo, las mujeres con sus mejores saris, bailan en un despliegue de color y brillos, me encantan; algunas llevan pintada la cabeza de naranja y cada poco tiempo se echan en el suelo bocabajo. El resto del grupo les toca como si tuviesen poderes. Incluso vemos a una que pasa por encima de los niños que han dispuesto en el suelo, a modo de bendición. Y vienen más grupos como estos, y también camiones con un montón de gente cantando, pintando. Y más, y más. Pero ¿de dónde ha salido tanta gente? Algunos nos llaman para que les saludemos, para que nos acerquemos a darle la mano. Nos indican hacia donde van y decidimos seguirles. 


 Nos acoplamos a una de esas peñas y les acompañamos un largo tramo disfrutando del espectáculo sin saber a dónde van. Todos nos miran curiosos, alegres, nos sonríen, nos hablan y nosotros tan contentos nos paramos de reírnos y disfrutar con ellos del pasacalles. Llegamos a una explanada donde aparcan los camiones y baja la gente. Si en Calcuta viven 14 millones de personas, aquí por lo menos hay 7. Llevan un montón de fardos con comida. Un hombre le cuenta a Alex que se celebra una fiesta en honor al dios del sol y que la gente va al río a ver amanecer. Así que decidimos volver porque pasar toda la noche allí sería demasiado para nuestro cuerpo. De vuelta seguimos viendo camiones que se dirigen allí.

Al día siguiente nos pegamos una buena caminata hasta un bonito templo hindú. Parece que no hay mucho turista occidental por Calcuta, no nos cruzamos con ninguno. Es temprano y muchos todavía siguen durmiendo en la calle, echados sobre una tabla que luego será el mostrador de su puesto. Pasamos por una zona donde hay pequeños monitos atados con cadenas a unos postes y un montón de niños gatean por el suelo entre la suciedad. Ahí se nos encoge el corazón. Unos metros más allá, un centro comercial con tiendas de Gucci y Burberry. El contraste es tan brutal que no te deja indiferente.


La humedad y calor nos agotan. Visitamos el cementerio que también es un lugar relajante, con grandes mausoleos donde descansan capitanes ingleses del siglo XVIII y XIX. Gracias a estos pequeños lugares en los que los oídos y el resto de sentidos pueden relajarse, descansamos y volvemos a la carga.

Por la tarde, queremos visitar un templo un poco alejado de Calcuta. Cogemos un bus hasta la estación de trenes. El bus vuela; aún destartalado, está en mejor estado que los de Nepal. El conductor pita insistentemente, de continuo. Hay que subir en marcha, no hay tiempo que perder. Llegamos a la estación de trenes y nos quedamos tan aturdidos que decidimos volvernos. Si ayer había 7 millones celebrando el festival, los otros 7 se concentran aquí. Todos corriendo, calor, filas. Nos ha venido bien echar un ojo porque mañana cogemos tren a Varanasi y tendremos que venir con tiempo. 

Puestos callejeros 

Volvemos un rato caminando para cruzar el puente a pie y fijarnos en su gente. Esto sí es pobreza. Hombres delgaduchos con fardos a la cabeza que les doblan en peso. 

Mercadillos, miles de puestos de cualquier cosa. El puesto de las fotocopias, de las llaves, de las pinzas, cualquier cosa que podamos imaginar se vende allí. Todos agrupados por temática. Los carniceros con toda la sangre y las vísceras a la vista al más puro estilo Tarantino; los de las ruedas, los de las bocinas (que aquí las queman en dos días), los de las gallinas muertas. Y basura, muchísima basura. Imagino el trabajo tan grande que habría que hacer en este país para solucionar el tema de la basura, empezando por la conciencia ambiental. Pero ¿qué le vas a contar a alguien que no tiene literalmente donde caerse muerto sobre el medio ambiente? No quiero imaginar cómo puede ser esto cuando llueva, o en verano superados los 40ºC. 

Calcuta es la ciudad de los cuervos. Miles de cuervos comen de la basura. Hay alguna vaca, pocas y alguna cabra. Y como en su vecina Nepal muchos perros tirados en la calle con muchas heridas. Por la mañana medio muertos, dormidos, y por la noche con sus peleas callejeras. Dan pena sí, pero es que hay humanos están incluso peor.

Comida
Olvidamos todas las precauciones y sucumbimos a la comida callejera. Huele tan bien y está tan rica que no puede sentarnos mal. También aquí hay puestecillos de todo: de mandarinas, plátanos, que pesan con balanzas de pesos, frutos secos que tuestan al momento, palomitas, rollos, samosas, hojaldres, de zumo de caña de azúcar con un exprimidor de hace un siglo. Y sobre todo de té. Aquí se bebe más té que agua, en unos cuenquitos de barro muy curiosos. El puesto de té y pastas es de mis preferidos con botes de cristal de diversos tipos de galletas y bizcochos que te entregan envuelto en un trozo de periódico.