martes, 12 de septiembre de 2023

Japón en mini camper

Llevamos más de una semana en la mini camper y son tantos los estímulos diarios, tantos lugares y sensaciones que se van agolpando en el cerebro como los pasajeros del metro de Bombay en hora punta. Unos encima de otros. Tenemos que poner un orden o bajar el ritmo para asimilarlo todo. 


Conduciendo por Japón


Tal y como esperábamos y anhelábamos, desde el primer momento en que nos subimos a la mini camper, el entorno cambió. Con ella puedes acceder a sitios más remotos, a escenas del día a día, a paisajes naturales increíbles, al Japón más alejado, a veces, decadente, a veces, como un espectador invisible del Japón real. 

Pero conducir en Japón no es fácil. Alex dice que sí, y me lo ha demostrado porque conduce mejor que algunos japoneses. Siempre le he dicho que conduce muy bien y aquí lo sigue haciendo porque a pesar de tantos cambios (conducir por la derecha, con coche automático, con el estrés de no cometer errores por las multas que ponen, con toda la información en japonés, con lluvia, de noche, con peligro de que aparezcan jabalís, ciervos u osos), parece que lo haya hecho toda la vida.

Por el contrario, yo todavía sigo dudando por dónde vienen los coches y sigo subiéndome por el lado del conductor.

Los límites de velocidad son tan bajos que cuesta el doble de tiempo llegar a los sitios. Cierto que así es mucho más seguro pero a veces desespera un poco. Lo bueno es que puedes apreciar mucho más el paisaje que, al fin y al cabo, es una parte muy importante del viaje. 



Me apunta Alex que el 70% de Japón son bosques y sorprende verse rodeado de enormes pinos, arces, campos de arrozales, agua. Naturaleza tan inconmensurable que a veces me asusta. Me ocurría en Nueva Zelanda cuando me sentía rodeada solo por naturaleza tan imprensionante, tan inmensa que me agobiaba (supongo que en psicología tendrá un nombre, si no, podría bautizarlo como el síndrome de Rebeca). La diferencia es que en Nueva Zelanda había poca vida humana, y entre pueblo y pueblo estaba esa naturaleza que te absorbía. Sin embargo en Japón, los núcleos de población están más dispersos, hay más vida y entonces deja de asustarme. Sobre todo cuando aparentemente en medio de bosques inmensos aparece una tienda de conveniencia, ya sea un Lawson, un Seven Eleven o un Family Mart y en cualquier esquina, máquinas expendedoras de refrescos.






Y viajar así es muy bonito. Te acostumbras a pasar por esos pueblecitos con sus casas características, sus productos locales, su comida típica y lo preferimos a pasar por grandes ciudades.

Viajar por Japón es muy cómodo. Es como si hubiesen adaptado todo su país a las necesidades de la población pero sin alterar la naturaleza misma. Cientos de baños públicos (por supuesto muy limpios) por todos los sitios, con 1209 áreas de servicio, que hacen que visitarlas sea mayor atractivo que el propio destino. Todo lo que pueda decir en cuanto a limpieza y orden seria poco.



                          Área de servicio 

 

El día a día en la camper


Nuestra mini camper es pequeñita pero está diseñada para aprovecharse al máximo. Lleva nevera, cocinilla, utensilios de cocina, la cama con doble colchón muy cómoda, ventilador, 6 usb, bandeja para dejar los zapatos, mesa, sillas. 

Sin embargo, viajar de esta manera requiere algo de disciplina (que a veces no tenemos) para solventar la falta de ciertas comodidades, adaptarse al espacio, al orden y a la basura. Porque hay que tener en cuenta que en Japón no hay papeleras. Así que si empiezas a acumular gomi (basura en japonés) luego andas desesperado por encontrar lugares donde poder depositarla.

 Una de las comodidades a las que me refiero es el tema de la ducha, especialmente con estos días de calor y humedad que estamos viviendo todavía. 


El club


Por suerte o por cabezones, conseguimos lo que ha supuesto un plus en nuestro viaje. 

Nos hemos hecho de un club. Se trata de una cadena de cibercafés donde puedes ir a leer manga, ver revistas de tetas, alquilar una sala de karaoke, pasar unas horas, dormir, poner la lavadora (de pago) y otros extras, también según la sucursal.



 Nosotros solemos elegir el kit básico que consiste 30 minutos con derecho a un asiento para leer cualquier manga o revista de las que hay (miles!),  tomar todas las bebidas que quieras y/o helado suave. (Ese maldito helado que está riquísimo con una textura tan cremosa). Peeero, y esto es lo más importante, con derecho a ducha gratuita, toallas, secador, a veces incluso, plancha de pelo. El coste final de esos 30 minutos oscila entre 1,34 y 1,47€. También puedes alquilarlo para más horas y hay personas que lo usan para dormir. 

Por si fuera poco, ese club tiene sucursales en todas las prefecturas, así que nuestro ritual viajero consiste en buscar cada día, además de la ruta, una sucursal del club y un área de servicio donde dormir. Es muy divertido descubrir qué tendrá el nuevo club y la nueva área. Solo hace falta vernos provistos de nuestro carné y nuestra bolsita con la ropa y el neceser y sentirnos dios al entrar en el club.

Por las mañanas nos preparamos un café con Aeropress, acompañado de una  tostada con anko, tofu con soja,  o un melocotón o un plátano y/o yogur. Para mí es uno de los momentos que más disfruto del día. La comida y la cena la solemos tomar fuera porque compensa por el precio. Si nos permitimos el capricho de algún restaurante más caro, a veces compramos la cena en un supermercado que es otra opción buenísima y que nos encanta. Ir al súper a la hora de los descuentos, viendo a todos revolotear por la zona de comida preparada hasta que el encargado pone los precios rebajados. Y es que puedes encontrar platos preparados de bastante buena calidad y a muy buen precio.

 

Turismo de consumo versus turismo de vivencias 


Para sobrevivir, es necesario hacer un ejercicio de contención inmenso. Sobre todo en Japón donde en cualquier sitio, tienes miles de tentaciones, en comida, en detalles, todo tan bien envuelto, tan bonito. También contención a la hora de seleccionar los lugares turísticos. Cuando viajas por un periodo largo hay que saber medirse.

A veces, nos han pedido alguna recomendación de viaje con la coletilla de “yo no viajo de mochilero y no me importa pagar más”. Nuestra mentalidad no es esa. Lo fue cuando viajamos por un año porque cualquier ahorro significaba alargar el viaje. Hora, cuando queremos darnos un capricho nos lo damos, como comprarnos una botella de sake o ir a un buen sitio de sushi, pero sabiendo elegir qué merece la pena. Al fin y al cabo, disponemos de lo más valioso, tiempo. Es lo que más les impresiona a los japoneses que nos preguntan por nuestro viaje. Cuando dispones de poco tiempo, no te importa gastar más porque la idea es aprovechar al máximo, ver todo lo que puedas, comer todo lo quedas, hacer todas las fotos que puedas, pagar por lo que sea y acabar extenuado. Es un viaje más de consumo. 



Pero cuando viajas por largo tiempo, si no eres millonario, hay que saber gestionar muy bien tu presupuesto y centrarse en los momentos, en las vivencias, que es lo que quedará en ti. Aún así llega un momento en que ves tantos templos, o algunas cosas parecidas que no las aprecias o no puedes recordar. Y suele ser los momentos de excursiones en la naturaleza, los que requieren esfuerzo, aquellos que recuerdo con más satisfacción. O las situaciones a las que nos hemos tenido que enfrentar, las anécdotas curiosas, la charla con algún desconocido, en fin, el camino te va enseñando.

 

Nuestro recorrido




Comenzamos en Tokio y nuestro principal hito es llegar hasta Kotanbetsu, en la isla de Hokkaido, para visitar la tumba de nuestro querido Aoki san.

Aunque Alex ha marcado muchos puntitos en el mapa, es imposible visitarlos todos, así que vamos elegiéndolos sobre la marcha.

Hasta ahora el tiempo no nos lo ha puesto fácil porque ha habido días de lluvia con mucha humedad y cuando no, el sol es fuerte y acabas agotado y sudando todo el tiempo. Es un inconveniente que esperamos que vaya desapareciendo a medida que subimos al norte y llegue el otoño.

Por seguir un poco la ruta, hemos visitado la prefectura de Ibaraki, Fukushima, Miyagi e Iwate. 






Gran parte del recorrido ha sido por la costa este. Esa costa que sufrió los daños del tsunami que también hemos podido presenciar y ver cómo se ha reconstruido todo. Cerca de Sendai visitamos el colegio que permaneció en pie y en el que se salvaron los estudiantes al subir a la azotea. En Iwate hicimos una parada en el museo conmemorativo en el que te explican cómo se forman los tsunamis, cómo afectó allí y las medidas que han tomado para protegerse. Muy impresionante y educativo. Vimos la ciudad costera donde muchos japoneses quieren vivir al jubilarse por su tranquilidad. Allí el actor Ken Watanabe ayudó a la reconstrucción después del tsunami y montó un pequeño café.

También disfrutamos mucho de su gastronomía, sobre todo del pescado y de los productos típicos de cada zona. En la prefectura de Fukushima, los momos (melocotones), en Ibaraki son típicos los boniatos, en Sendai la zunda (pasta de edamame), como el batido de edamame(riquísimo!), los fideos de fideos soba con negi  en un pueblito de Fukushima, atún rojo, bonito, cada zona tiene su especialidad y todo gira en torno a ello; souvenirs, comidas, merchandising.

Hacemos una excursión a un volcán todavía activo. Es curioso cómo huele a azufre al llegar, nos sorprende la edad de los excursionistas y su buen estado físico, visitamos las playas, dos parques naturales. La naturaleza es impresionante. Y lo bien preparado que está cada lugar para su visita es una gozada.






Disfrutamos del festival en una ciudad que nos coge de camino, compramos sake en la bodega más antigua (y nos reímos con el dueño al tratar de comunicarnos), vemos templos preciosos, con toriis, disfrutamos de la tranquilidad que se respira en los destinos turísticos donde solo hay japoneses, le echamos valor para poder solventar la barrera del idioma; disfrutamos con la comida, con la bebida, viendo y reconociendo todos esos platos que hacíamos nosotros. Hacemos fotos, vídeos, pero cada día se acumulan más datos, más anécdotas y me resulta imposible resumirlo aquí. No quiero hacer una lista de lugares. Intentaré hacer un mapita con nuestro recorrido pero prefiero no quitarme tiempo de observación y aprendizaje así que utilizo este espacio para dar un poco de señales de vida, describir cómo es nuestro viaje en estos momentos y poco más. 




Quizás cuando podamos adoptar un poco más de rutina viajera, pueda centrarme en detalles del recorrido. De momento, seguimos subiendo hasta el norte entrando hoy en la prefectura de Aomori.

Pronto tendremos que coger un ferry para pasar a la isla de Hokkaido. Pero seamos pacientes, mañana toca otra visita de sake y perderse por la ciudad de Hachinohe y su mercado de pescado.




 Nota. Las fotos están desordenadas en el tiempo y el texto. Limitaciones de la tecnología a mano. Gomenasai.

 

sábado, 2 de septiembre de 2023

Punto de partida. Zaragoza - Tokio

Punto de partida

En este punto de nuestra vida, te das cuenta que tienes dos maneras de vivirla. Hacer lo que quieres o hacer lo que quieren. Si eliges la segunda opción, serás aceptado socialmente, por tu familia, tus amigos y tus compañeros de trabajo que estarán contigo y te darán una palmada en la espalda por haber seguido el mismo camino que ellos. Aunque tengas que hacer cosas que no te gusten, podrás consolarte con el mal de muchos, la lotería o el sueño de la jubilación, pequeños ansiolíticos que te harán la vida más llevadera.

Si eliges la primera opción, tendrás la responsabilidad y la diversión de andar tu propio camino, también de equivocarte, de dudar, pero lo más difícil será tener que enfrentarte a toda esa gente que eligió la segunda opción y que camina en dirección contraria, obstaculizándonte el paso, reprobando tus decisiones, molestándose porque eres diferente y tratando de convencerte de que la equivocada eres tú. En ese grupo a la contra, también puedes encontrar personas muy queridas y eso es lo que más duele. Al final te das cuenta de que no merece la pena rebelarte contra ellos, y acabas aceptando que el silencio es la mejor arma para protegerte, alejarte de aquellos que no te toleran y seguir caminando. Y para nada es fácil seguir este otro camino.



Normalmente, en situaciones difíciles, es cuando te replanteas tu camino. Y así es como hemos llegado a donde estamos. Ha sido un año muy difícil en muchos aspectos (trabajo, salud, familia), tanto para mí como para Alex y también para mis padres, pero nos hemos apoyado mutuamente y gracias a ello otra vez volvemos al punto de partida.  Otra vez a empezar de cero.

Ya ni me molesto en dar explicaciones a aquellos que se piensan que son unas vacaciones. Sabemos todo el esfuerzo que ha supuesto llegar hasta aquí, tomar grandes decisiones, volver a convivir con grandes dosis de incertidumbre sin saber qué nos esperará mañana. Un esfuerzo que sin embargo merece la pena. Al menos para nosotros. 

Aquí es donde iremos plasmando algunos de nuestros pensamientos, de nuestros descubrimientos y de nuestra ruta. Sin prisa, sin orden. En esta época en el que todo se rige por lo instantáneo, las imágenes y los vídeos, escribir se ha convertido en algo terapéutico, relegado para aquellos que disponen del tiempo y de la tranquilidad en los que poder poner en orden las ideas. Y eso es lo que espero poder hacer; si no es aquí, al menos en papel.  


Hanói

Primera parada en el continente asiático.

No lo habíamos pisado desde febrero de 2015. Entonces lo recorrimos de sur a norte y al revés, en pleno año nuevo Tet. Yo volví en otras dos ocasiones (una acompañada por Alex) pero visitándolo desde el sur, Saigón. Y dado que es un país tan largo, no llegué hasta tan arriba. Es un país que cada vez que visito me gusta más. Sin embargo, nunca antes habíamos sufrido tantísimo por el clima. Temperaturas casi invariables entre 28 a 34º grados durante todo el día con un 80% de humedad como mínimo, te hacen ir envuelto en un baño de sudor que dificulta cualquier actividad cotidiana.

La vida se sigue viviendo en la calle, y la moto es una extensión de su cuerpo. No solo sirve como medio de transporte de toda la familia, sino también para el negocio, como cama para dormir la siesta. Cada vez que vamos a Vietnam nos reímos compartiendo en qué es lo más increíble que vemos en la moto. Esta vez uno transportando un frigorífico, una familia de cinco en la moto (hasta ahora habíamos visto un máximo de 4), un hombre condiciendo la moto con la mano de derecha y llevando en la otra una bandeja de camarero con "cosas...


Mujer con su negocio de flores en la moto.

No hay mejor lugar para observar la vida pasar que sentada en alguno de sus cientos de cafés, tomando un café vietnamita con leche y hielo, o un café con coco, o la especialidad de Hanói, el café con huevo. 

Cafe con coco.






En competencia con el café tenemos la comida. Con esa combinación tan rica de verduras, carnes braseadas, salsas medio dulces y fideos de arroz.

Bún cha.



Comida budista.

Bún bò cao.


Dando un paso más allá en nuestra “inconformidad” viajera, y después de haber conocido los principales atractivos turísticos, nos entretenemos en conocer lugares más especiales. 

Y Vietnam lo especial no está a pie de calle. Está en sus callejones ocultos, que recuerdan a los hutongs de Pekín, o en las alturas. A veces un pequeñísimo letrero entre dos comercios, te indica que en medio de los dos, subiendo las escaleras y pasando por una casa hay otro negocio.


Entrada de uno de los callejones. Lo normal es que no sean tan bonitos como este. 

Club de jazz.



Así encontramos un restaurante budista con la comida más deliciosa y sana, un café de especialidad, un club de jazz, etc.


Antes de volar a Tokio, hacemos una pequeña excursión a Bát Tràng, pueblo dedicado a la cerámica, en colores blanco y azul que me encantaba e incluso vendimos en Toho.



Después de unos días por la capital de Vietnam, volamos a Tokio. 


Tokio

Deseábamos llegar aquí esperando que el calor diese una tregua. Nada más aterrizar comprobamos que la situación era parecida a Vietnam. Quizás un poco menos de humedad, pero de igual manera agotador. También hay muchísimos turistas. Como recomendación, no viajar a Japón en verano.


Primera anécdota en el aeropuerto cuando una señora mayor que comprueba si hemos rellenado todos los datos del formulario de entrada se sorprende por el tiempo que vamos a estar. De manera muy onomatopéyica, como hacen los japoneses, muestra su sorpresa y alegría mientras dice "sugoi, sugoi".

Es la primera vez que veníamos a Japón después de Toho, para bien y para mal. 

Para bien, conocemos muchísimas cosas, podemos adivinar otras, hasta con el idioma nos enteramos un poquito en algunos casos. ¡Echábamos tanto de menos el orden, la limpieza, la educación¡



Para mal, hay cosas que desilusionan un poco. Aunque suene pretencioso, después de estos años dedicándonos profesionalmente a la comida japonesa e intentar hacerla lo más auténtica posible, ya no nos vale cualquier comida por muy de Japón que sea. Ya no todo está buenísimo y somos más exigentes. Ahora un onigiri del seven eleven no nos parece tan bueno, o un meronpan que no sea de una buena panadería. Ya no me apetece comer un taiyaki y hasta el sushi no nos impresiona tanto y hay que saber elegirlo bien. Aún así, qué importa cuando hay miles de cosas por probar y descubrir.


Nos vamos a comer un ramen de estrella Michelin por 1600 yenes, equivalente a 10,20€; nos vamos a bar de sake para hacer una cata, eligiendo incluso cuáles nos apetecen; nos escapamos al mercado de las pulgas, vamos a nuestro café favorito, visitamos la academia de Alex, Tsukiji, paseamos por el barrio, me hago unas gafas nuevas, como de costumbre cuando viajamos a Tailandia o Japón, Alex me enseña la librería de un único libro, vemos una reunión de luchadores de sumo.


Ramen de estrella Michelín.

     Cata de sakes.



Mercado de tsukiji.

Intentamos estar al margen del bullicio y sobrellevar como podemos este calor. Tokio está genial y hay de todo, pero ya tenemos ganas de emprender el viaje en la mini cámper japonesa y comenzar nuestra ruta. Alejados de los lugares más turísticos, y visitando prefecturas más desconocidas, más rurales y conduciendo por Japón.

Alex va marcando puntos en el mapa y dudo si nos dará tiempo de visitar todos. Le oigo reírse y sorprenderse viendo los lugares que visitaremos mientras yo prefiero que me sorprenda y me dedico a teclear y poner en orden la tecnología.

Qué suerte tener un compañero de viaje como él. Y qué suerte los dos con el mismo punto de locura.


Tenemos experiencia con la cámper cuando recorrimos Nueva Zelanda. Allí también se conduce por la derecha y Alex ya ha conducido en Japón, por lo que es un plus. Pero sabemos cómo son los japoneses, y esperamos que no cometamos ningún gran error de gaijin (extranjero para los japoneses). 

Allá vamos.

Gambatte kudasai.

lunes, 25 de julio de 2022

India de nuevo. Cuarto viaje

Llevamos 19 días en India, sin embargo, bien podrían ser 2 meses o un año. Cuesta llevar la cuenta. No sé si es por la intensidad con que todos los sentidos quedan abordados desde que aterrizas, pero es como entrar en otro estado de espacio y tiempo que nada tiene que ver con las medidas de occidente. Siento que hay algunos conceptos de occidente que no encajan aquí y viceversa. No hay otra explicación.

Es nuestro cuarto viaje a India, sin embargo, para mí, parece el primero. Alex llevó mejor su periodo de adaptación y estaba más preparado para lidiar con el día a día de este país. A mí me ha costado mucho más. No recordaba cuánto al límite te pone el país, cuantísima paciencia se necesita y lo frustrante que puede llegar a ser incluso tomar decisiones tan simples como comprar un billete de tren, coger un taxi o tuk tuk. Hemos tenido que bajar mucho el ritmo para poder ir asimilando todo. 



 

El primer impacto

La llegada a Delhi fue brutal. Habían pasado casi siete años desde la última vez que pisamos Paharganh, el barrio mochilero al lado de la estación de tren y cerca del metro, que por su ubicación y cantidad de hoteles es muy práctico. Todo seguía igual, o peor. Ruido, olores, suciedad, más suciedad. Solo había un elemento nuevo, alguna persona con mascarilla. Muchos menos extranjeros y muchísimo calor. Asfixiante. Tanto que casi se nos hizo imposible movernos en los 3 escasos días que estuvimos allí. Nuestra amiga Ira nos escribió para que fuésemos a su casa, pero ya teníamos el hotel pagado, así que quedamos en vernos al volver a Delhi.

En 2019 habíamos viajado al estado de Sikkim, que forma parte de India desde 1975.  Allí la India es más descafeinada, más limpia, más tranquila, incluso con agricultura totalmente orgánica desde 2016. Fue difícil moverse en transporte, pero no convivir.

Esto era otra liga y había que actuar rápido para sobrevivir. 

 

Nos vamos al sur

Volamos directos hasta Coimbatore, en el estado de Tamil Nadu y a 2500 km de la capital. Todo es exagerado en India, hasta las distancias.

Teníamos el buen recuerdo del sur por su tranquilidad, su naturaleza, su deliciosa comida y su gente más agradable.



Mientras Zaragoza sufría una ola de calor, aquí la temperatura era mucho más confortable, fresco incluso por la noche. Eso nos hizo revivir.

La ciudad no tiene mucho atractivo, pero sí un interés concreto para nosotros. Visitar el ashram de Sadghuru, a unos 30 km. Conocido como Isha Foundation, es un complejo de yoga dirigido por voluntarios y que tiene como objetivo brindar bienestar físico, mental y espiritual para todos. Así lo definen en su web. La idea era quedarnos allí unos días, aunque tienes que hacer la petición de alojamiento y que te la concedan, y hacerlo con al menos 15 días de antelación ante tanta demanda.

El centro se encuentra rodeado de los ghats occidentales, una cordillera de montañas, que delimitan los estados de Kerala y Tamil Nadu. Es un lugar estratégico elegido por su energía y su entorno, con una extensa vegetación, miles de cocoteros, plantas. No en vano, el lema de la fundación es Save de Soil, salvar la tierra.

Nos acercamos un día a visitarlo y quedamos tan impresionados que nos propusimos volver para alojarnos unos días, aunque supusiese tener que irnos y volver para cuando el alojamiento estuviese disponible.

 





 

 

Visita a Kerala, Kochi

Es julio, y en esta época del año acechan los monzones por el este y oeste del país. Eso dificulta trazar una ruta clara y nosotros la vamos improvisando sobre la marcha. 

Queríamos visitar Munnar, una ciudad montañosa con campos de té y café.  Tuvimos que descartarlo cuando vimos que la temperatura era de 16ºC y lluvias; no estábamos equipados para ello. 

En su lugar fuimos a Kochi, que estaba conectado por tren desde Coimbatore. Allí pasaríamos unos días hasta poder volver al ashram. 

Era nuestra tercera visita a Kochi, en el estado de Kerala. En teoría también afectado por el monzón, pero se tradujo en lluvias por la mañana y por la noche que refrescaban el ambiente y se estaba muy bien.



Café en Kochi


Necesitábamos una pequeña burbuja para superar el choque de Delhi. 

En 2014, conocimos allí a nuestro amigo Dean, que estaba trabajando en la construcción del metro. Se terminó en 2017 y esta vez pudimos usarlo.

Nada más llegar a Kochi recibimos un correo de él que nos preguntaba por nuestro paradero. ¿Cómo pudo saber que estábamos allí cuando la red de trenes mueve 23 millones de pasajeros diarios? Cosas de India. Nos quedamos con la duda y decidimos no responderle después de un malentendido que tuvimos anteriormente. No era momento de añadir más sorpresas a nuestro viaje.

Alojados en Fort Kochi, destino de vacaciones de indios de clase media-rica, con cafés, comida de todo tipo. Fueron días de tranquilidad y adaptación.

 

Retiro en Isha Foundation

Tal como planeamos, aunque aquí los planes no siempre se cumplen, volvimos a Coimbatore para pasar cinco días en el ashram de Sadghuru.

Al llegar y hacer el registro, nos colocaron unas pulseritas de residentes. A partir de ese momento, la gente te saludaba con un namaskar, las manos juntas y una sonrisa o la mano tocando en el corazón. Éramos parte de ellos y nos diferenciaba de los visitantes.

Desde la carretera ya se atisba el enorme busto de 112 pies, como las 112 posturas de yoga, equivalente a 34 m de altura y con 500 toneladas de peso; la escultura busto más grande del mundo, dedicado a Adiyogui o Shiva, el primer yogui del mundo que apareció hace 15000 años, o eso es lo que cuentan. Impresionante. 




Existe otra parte donde están los templos a la que solo se puede acceder sin móviles si eres visitante y está prohibido hacer fotos. Allí se encuentran dos grandes piscinas, una para hombres y otra para mujeres donde puedes darte un baño para aumentar la receptividad espiritual y mejorar tu bienestar físico y psicológico. Yo no me bañé pero Alex sí lo hizo.







El lugar más especial es la Dhyanalinga, un espacio de meditación donde se encuentra un elipsoide de granito negro que se convierte en un almacén perenne de energía. Fue el lugar donde más fácil me resultó meditar y aunque no estaba muy predispuesta a ello, sí noté una gran energía. Un día acudimos a una sesión con música y fue espectacular. 

Además de tiendas, restaurantes y cajeros automáticos, existen otras instalaciones que lo convierten en un lugar con una paz increíble. Todo limpio, todo en calma. Pájaros cantando, dos pavos reales que pasean a sus anchas, un lago con flores de loto, unos porches que recuerdan a baños termales romanos. Muchas personas se quedan a vivir años y de todas las nacionalidades del mundo.  

lago


La zona de alojamiento sí que era de acceso exclusivo para los residentes. Existen diferentes bloques de habitaciones desde más sencillas como la nuestra, pero con todo lo necesario para tu estancia, hasta otras más lujosas, y dormitorios para los voluntarios. 




Te ofrecen dos comidas diarias comunitarias, a las que acudimos un par de veces. Todo un ritual que recuerda a las comidas de los templos sigh. Unos voluntarios te sirven la comida, otros organizan la sala, las esterillas del suelo, los platos. Antes de comer, se canta y se agradece por la comida; se come en silencio. Después lavas tu plato y tu vaso.

Algunas familias, acuden a pasar allí unos días de vacaciones. Los ves llegar con maletas enormes y carritos como los de los aeropuertos. Otros, van a estudiar yoga, a recibir algún tratamiento de salud, a mejorar sus conocimientos, a vivir en paz, a meditar. No he visto nunca tanta gente meditando al mismo tiempo, en cualquier esquina. Y si querías, podías asistir a diversas actividades que había durante todo el día. Clases de yoga cada media hora. 

Es un pequeño mundo, donde todo parece en consonancia. Nosotros salíamos de nuestro bloque por la mañana para ir a desayunar y parecía que comenzase un nuevo día en el Show de Truman, o el Show de yogui. 

Incluso para no nosotros que no íbamos con ninguna intención de practicar yoga, ni de involucrarnos demasiado, nos resultó tremendamente agradable. Nos llenó de energía y paz y dudamos en quedarnos más tiempo. 



El último día reservamos un taxi para nuestra salida. Al hacer la reserva nos preguntó el voluntario cuál era nuestro vuelo. Le dijimos que nos íbamos en tren. En ese momento pensé, ¿cuántos extranjeros vendrían exclusivamente a pasar un tiempo en este lugar y después volvían a su país? ¿Habrían estado en India? No. La India de verdad nos esperaba ahí fuera, con todos sus defectos e incomodidades, pero también con sus virtudes. Por fin estaba preparada para afrontarla de nuevo.  


 Desde la ventana del tren esperando a que el tren arranque.

viernes, 19 de mayo de 2017

Seguro de viajes vuelta al mundo

Esa es una de las preguntas más importantes que siempre me hago cuando emprendo un viaje, especialmente si va a ser un viaje de larga duración. Acudo a Google a buscar información. Busco, comparo, leo miles de opiniones, hago números y al final estoy más confusa que cuando empecé. Y no negaré que alguna vez contraté un seguro de viaje pensando “este mismo, y que sea lo que dios quiera” y “que no lo tenga que utilizar”.
 
Como finalmente la experiencia de tener que usar un seguro de viaje es lo que más vale, no me entretendré mucho en los seguros que no tuve que utilizar. Si no que lo haré en los que (por desgracia) tuve que utilizar. 
Aquí os dejamos una comparativa de seguros que estudiamos contratar antes del viaje, y nuestra experiencia con los que finalmente contratamos y que por desgracia, tuvimos que utilizar, World Nomads y Ocaso.


Equipaje para el trekking del campo base del Annapurna.